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ADVERTENCIA: Los textos de este blog contienen serios errores de ortografía, gramática, sintáxís, etc, como así mismo, pobreza de vocabulario y expresiones poco felices… ni hablar de las ideas expuestas en los mismos. Por favor, en lo posible no se los administre a niños en edad escolar. Gracias.

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El Peñón de XiXi

-¡Quembé, quembé! – los escucho gritar furiosos.  Luego, sobre el tronar de las olas que se estrellan contra el Peñón logro distinguir el crepitar de la antorcha. Un humo azul y denso envuelve la pira. Grito inútilmente. Grito con todas mis fuerzas. Ya siento las lenguas de fuego lamiéndome la espalda desnuda.

Luego de doce días de agonía, Capoñato, el Jefe de la tribu más importante de la laguna finalmente moría. Había recibido una pedrada en la cabeza mientras participaba de un ritual junto con algunos dignatarios de las demás familias. Era la primera vez que sucedía algo así.

El maamaché se oficiaba para que los dioses del mar entraran a la laguna. Las cinco tribus habían vivido en torno a ese enorme espejo de agua salada desde el inicio de los tiempos. Durante siglos de devenir las olas habían horadado un enorme pasaje en la pared de piedra que los separaba del mar. Justo frente a esa entrada, como un guardián, se alzaba el Peñón de XiXí. A la distancia me recordaba a la giba de un dromedario. En sus terrazas desnudas era que los dioses protectores de las aldeas se entretenían viendo a estos hombrecitos jugar su juego sagrado.

Capoñato  utilizaba estas prácticas más allá de lo deportivo e incluso de lo religioso. Eran la excusa perfecta para reunirse con los demás jefes y concertar sobre los asuntos de su tierra. Estos curiosos hombres dedicaban un buen rato a arrojarse la pelota los unos a los otros -en realidad lo que se arrojaban era una piedra redondeada a la que llamaban totúmulo- luego se retiraban a los edificios principales y pasaban varias horas debatiendo y filosofando sobre los destinos de sus pueblos. Finalmente comían, bebían y gozaban de las jóvenes más hermosas de la aldea. Capoñato brillaba en estos encuentros no tanto por sus habilidades atléticas aunque si como estratega político. Su figura superaba muy ampliamente la media intelectual de los habitantes del lugar.

El maamaché era siempre una fiesta pero esta vez algo había salido mal y uno de los jugadores había destrozado la nuca de Capoñato  con el totúmulo. En el transcurso de los días varios brujos y curanderos desfilaron por la aldea para intentar salvarlo pero pese a las trepanaciones y otras prácticas desesperadas nunca lograron despertar al líder.

Siempre me interesé por aquellas tribus que aún se hallaban aisladas del mundo moderno. En un principio suponía que en realidad las poblaciones de pigmeos que habitaban la laguna marina de Xanambó, al noroeste de Ecuador, no existían, que simplemente eran un mito. Pero cuando mi editor me comentó que existía la posibilidad de abrir un canal de comunicación con uno de los clanes para hacer un relevamiento de sus costumbres no dudé un instante en ponerme a su disposición.

Las cinco tribus que vivían en torno a la laguna mantenían sus costumbres precolombinas prácticamente intactas. Debido a que ocupaban un territorio selvático virtualmente inexpugnable y alejado a miles de quilómetros de la ciudad más próxima habían podido llevar un estilo de vida pacífico y natural como casi ningún otro pueblo del planeta. Se los consideraba un fósil social viviente, sobre todo teniendo en cuenta que habían desarrollado una subsistencia ordenada, respetándose a ellos mismos y a su entorno.

Una vez en el avión que me llevaba hacia allá repasé mentalmente el itinerario. Serían varias jornadas de marcha dura hasta llegar al lugar. De todos modos nuestro contacto no nos daba garantías de que pudiéramos tener éxito. Fueron muchas las expediciones que debieron regresar con las manos vacías pues los nativos no les permitieron quedarse. Ni siquiera el mismísimo Charles Darwin logró hacerlo cuando a principios de siglo intentó fondear su barco en la laguna. Entre los aventureros y los científicos circula un mito que dice que en realidad Darwin huyó de allí luego de que los indígenas intentaran hervirlo vivo. En un principio supuse que esto no era posible. Poco y nada sabían estos pueblos del fuego. Es más, sus especialidades eran rústicas comidas basadas en frutos de mar macerados en vinagres y jugos de lumpamiel. Hoy tengo evidencias para pensar que en realidad todo aquello podría haber sido cierto.

Eventualmente el líder Capoñato  aceptó tenerme un tiempo bajo su tutela. Apenas llegué al final del interminable sendero que me condujo al poblado, él en persona se acercó a recibirme. Lo primero que hizo fue tomar mis manos y examinarlas con cuidado. Pronunció una serie de palabras por ese entonces incomprensibles. Hoy sé que dijo que yo era el portador del fuego y esas palabras, aunque olvidadas por un tiempo, fueron definitivas en esta historia.

Aunque la hospitalidad era una de sus principales virtudes eran reticentes a practicarla con el hombre blanco; aun así decidieron que me recibirían por cuatro quebecs, o sea casi un año. Pese a la cordialidad de la bienvenida debí entregarles mi cámara para poder quedarme. Por lo demás solamente se me permitía anotar algunas cosas en un cuaderno aunque de todos modos decidí simplemente confiar en mi memoria para no entorpecer mi relación con los indígenas. Me limité a escribir palabras sueltas que me ayudaran a comprender mejor el dialecto suave y dulzón con el que se comunicaban allí.

El clima en la aldea se enrareció apenas corrió la noticia de la muerte del líder. Supuse que convocarían a algún consejo de ancianos o algo así pero las horas pasaban y todos permanecían inmóviles en torno al cadáver. Por precaución me retraje todo lo que pude. Pese a que a duras penas podía comprender el idioma noté que había una enorme sensación de desconcierto aún entre los más encumbrados consejeros. Aunque siempre se mostraron pacíficos y amables conmigo ahora dudaba si eso en realidad obedecía a su bonhomía o a mi buena relación con el líder muerto. Las costumbres locales eran decididamente contrarias a los forasteros.

Nadie durmió aquella noche. Finalmente, al día siguiente, con la llegada del líder del poblado contiguo surgieron novedades. Un chamán que lo acompañaba dijo saber sobre antiquísimos relatos que afirmaban que si un jefe moría durante el maamaché se lo debía trasladar al Peñón de XiXí luego de tres días de honras fúnebres. Ante la incredulidad de su audiencia ensombreció la voz y agregó que su cuerpo debería arder allí mientras se ponía el sol. Solamente de ese modo su espíritu descansaría en paz.

Todos permanecieron en silencio. La revelación del chamán les resultó por lo menos inquietante. Jamás habían cremado un cuerpo y menos aún al de un líder tan carismático y trascendental como Capoñato. Luego de un rato decidieron convocar al brujo más anciano de la tribu, Beretrino Traca. Su palabra sin dudas traería solaz.

El viejo llegó luego de unos minutos que parecieron eternos. Entró escoltado por varios hombres. Algunos de ellos lo ayudaron a sentarse en el suelo. Mientras entraba en trance los larguísimos mechones de pelo blanco que colgaban de su cabeza barrían la arena del suelo con cada vaivén. De pronto se quedó inmóvil y permaneció así por largo rato.

Luego de hartarse de esperar en silencio uno de los nobles presentes se atrevió a decir en voz muy baja que le parecía descabellado quemar el cuerpo de Capoñato. Animado por este comentario, otro más opinó lo mismo. Solamente pensar en eso les resultaba inadmisible. Un camposanto bastante precario situado a unos kilómetros de la aldea recibía a los muertos comunes mientras que a los nobles los depositaban en los subsuelos del sumunel, una especie de templo bajo construido casi al ras del suelo y que se hallaba más próximo al poblado. No encontraban razón para romper esta tradición.

Finalmente comenzaron a discutir de nuevo. El aire se volvió a llenar de palabras oscuras. De pronto se escuchó un alarido que los hizo enmudecer. Beretino Traca había salido del trance y se erguía entre todos ellos con una vitalidad inusitada.

-El fuego consumirá a Capoñato  al anochecer del tercer día. Esa es la voluntad de los dioses del mar- dijo con una voz cavernosa y profunda.

-¿Pero cómo vamos a hacerlo? Nadie se atreverá –dijeron casi a coro algunos de los que lo rodeaban.

-Tine, tine, depica tine – dijo el anciano girando la vista hacia donde estaba yo- Tine, tine, depica tine. –Insistió nuevamente. Luego, con la ayuda de un jovencito, volvió a sentarse.

El visitante ayuda, pensé yo. Eso era lo que decía Beretino Traca. Ahora todos me miraban en silencio.

-Tine, tine, depica tine-  dijo uno de ellos, y se me acercó casi hasta que pude sentir su respiración nerviosa y efervescente sobre mi rostro. Otra vez comenzó el griterío.

Tardé bastante en darme cuenta a que se referían. El visitante ayuda, pensé, y un escalofrío me heló la espalda. Finalmente me rodearon por completo. Ahora todos repetían las palabras del viejo. Inmediatamente dos de ellos me tomaron de los brazos y me sacaron fuera de la choza. Casi a la rastra me condujeron hacia donde se encontraba el cadáver del líder.

El cuerpo de Capoñato  yacía desnudo boca arriba sobre un catre en una de las recámaras del jaumín donde vivían su esposa y sus otras concubinas. No era la primera vez que yo entraba ahí. Solíamos compartir allí las tardes de lluvia. Él me citaba para beber té de jajala mientras me contaba sobre las tradiciones de su pueblo. Luego de un rato se retiraba y yo me quedaba con una de sus amantes quien estaba a cargo de enseñarme su dialecto y aprender el mío. Era notable la naturalidad con la que la mujercita estaba aprendiendo el español. Al poco de empezar con nuestros intercambios ya podíamos mantener conversaciones rudimentarias pero sumamente entretenidas. Era muy joven e increíblemente hermosa. Su nombre era  Vilipán, que en XiXítán significa una entre todas.

Aquel hombre muerto justo allí frente a mí y toda esa gente a mis espaldas configuraban una situación incomprensible en aquel momento. No podía dejar de mirar el enorme chichón que le sobresalía del costado de la cabeza.

Tine, tine, depica tine –me dijo consternado uno de sus consejeros mientras me señalaba el cuerpo. –Quembé, quembé -me repetía con insistencia. Luego volvieron a tomarme de un brazo y me condujeron a la recamara contigua donde descansaban la esposa y las amantes de Capoñato. Vilipán se puso de pie y me invitó a sentarme entre ellas. Pese a la penumbra de la choza pude notar que su aflicción no era fingida y sumía del mismo modo a las cuatro mujeres.

-Quieren que los ayudes a quemar el cuerpo -me dijo- Tu sabes cómo hacerlo. Eso dicen los dioses- afirmó. La voz de Vilipán era lo único que podía oírse en la lúgubre recamara.

-Yo soy solamente un fotógrafo –intenté explicarles en vano; aunque sabía bien que mi profesión no significaba nada para ellos. –Respetaba mucho a Capoñato también voy a echarlo de menos, pero no encuentro el modo de ayudarlos. No sé cómo cremar a un muerto. Vilipán, ayúdame por favor. No sé cómo hacerlo –le supliqué finalmente tomándola de las manos con desesperación. Jamás antes me había atrevido a tocarla hasta ahora.

-Tú sabes. Eres el indicado. Lo dicen los que vinieron antes… y lo dijo él mismo. Sabían que tú vendrías. Ya has visto esto antes –me respondió mirándome con una infinita ternura a la vez que con delicadeza corría su mano de la mía -debes intentarlo pues una vez muy lejos de aquí ya viste el fuego-concluyó.

Me hundí sobre mi mismo mientras la mirada oscura de Vilipán me envolvía. Cerré los ojos y pensé en qué sería de mí ahora. Toda esta situación podía tornarse peligrosa si persistían con la descabellada idea de que yo podía cremar al muerto. Luego de mucho tiempo volví  a recordar las palabras con las que me recibió Capoñato cuando llegué a la aldea. ¿Sería posible que todo esto fuera más que una coincidencia? ¿Y si lo que dijo el líder fuera cierto? De pronto recordé algo. Mi expresión debió cambiar pues cuando volví a abrir los ojos vi en sus rostros una expectativa renovada. Vilipán sonrió.

En uno de mis primeros viajes a África pude presenciar cómo la Cruz Roja cremó a una pareja de recién casado muertos de una extraña fiebre que se los llevó en unos días. Recuerdo que los recostaron sobre una especie de camastro construido con troncos y luego de cubrirlos con aceites y más troncos y ramas los hicieron arder durante horas. No sé si lo que hicieron aquella vez puede considerarse una pira funeraria pero al fin de cuentas pude verlo y fotografiarlo. Cerré los ojos nuevamente  y pensé en aquella fotografía. Recordé que inclusive logré venderla bastante bien y se publicó en alguna revista. Era de noche. Ahora el recuerdo era un poco más claro y todo aquello comenzaba a revelarse nuevamente. Al fin y al cabo no podía ser tan difícil construir una pira funeraria. ¿Si los de la Cruz Roja habían podido hacerlo por qué yo habría de fallar? Cuando abrí los ojos nuevamente me encontré con la mirada desconsolada de la viuda. Sin saber muy bien que era lo que hacía asentí con la cabeza. Un instante después estallaron en vítores y me condujeron nuevamente al exterior de la choza.

Desde ese momento Vilipán no se separó de mi lado y me servía de interprete dondequiera que fuera. Lo primero que hice fue decirles que necesitábamos conseguir mucha madera. Esto no era un problema debido a que los bosques de tates y manguales abundaban. También pedí que recogieran unas algas que crecian junto a las rocas y las pusieran a secar sobre la arena. Una vez mustias ofrecerían un colchón áspero y crujiente el cual imaginé que ardería con mucha facilidad. Teníamos dos días de trabajo arduo. Las honras fúnebres ya habían comenzado y de a poco empezaban a llegar los jefes y nobles de las otras aldeas. Mientras tanto nosotros acopiábamos los materiales necesarios en un rincón alejado de la playa.

Finalmente tuvimos todo lo que necesitábamos. Algunas mujeres sumamente voluntariosas habían trenzado varios metros de xintijali, que era una especie rastrera de hojas largas que serviría perfectamente para unir los troncos de la pira. Ahora lo que restaba era resolver como llevar todo aquello al Peñón de XiXí. Si bien la laguna era mansa, las barcas de las que disponíamos nunca habían transportado más que pescadores. Resolvimos el asunto uniéndolas de a dos en dos. Una vez que nos hicimos de todo lo que necesitábamos, incluidas tres enormes ánforas de aceite, partimos hacia el Peñón.

El viaje fue mucho más duro de lo que esperábamos. Lo que normalmente no llevaría más de una hora de remo constante terminó extendiéndose por más del doble de ese tiempo. Apenas estuvimos boyando junto a uno de los flancos del Peñón sentí un estremecimiento en todo el cuerpo. Nuevamente todo aquello me pareció una locura y lamenté que en realidad las tribus de la laguna de Xanambó no hubieran sido solo el invento de algún naturalista trasnochado.

Nunca creí que el Peñón pudiera ser tan grande. Lo que de lejos parecía una forma roma y gentil, de cerca presentaba filos y bordes por donde se lo mire. Las paredes de roca negra amenazaban con destrozar las barcas al más mínimo encontronazo. Los botes subían y bajan sobre las olas, el Peñón parecía respirar.

Lentamente algunos de los hombres que nos acompañaban treparon a la roca y comenzaron a posicionarse para iniciar la descarga. Llevar los troncos y el aceite hacia la terraza que elegimos pare erigir la pira consumió ocho horas completas. Pese a que los hombres estaban exhaustos volvieron a asegurar los botes y luego comenzaron a trabajar bajo mis órdenes. Por primera vez en mucho tiempo deseé haber tenido mí cámara conmigo. Desde la altura del Peñón podía ver la laguna a un lado y la inmensa bastedad del océano Pacífico al otro. La pared rocosa que separaba a todos aquellos seres dulces y taciturnos del furor del océano había estado allí desde siempre y les garantizaba la vida de quietud y contemplación que llevaban. A varios cientos de metros de la entrada abierta por las marejadas, el Peñón se encargaba de derrotar las olas que intentaban pasar desmoronándolas en dos ríos de espuma que se internaban como una lengua blanca y bífida hacia el interior de la laguna. El agua en la playa, en su quietud, ignoraba la batalla eterna que se libraba mar arriba. Desde esa altura la extraña configuración geográfica del lugar tomaba otra perspectiva. La laguna de Xanambó era un sitio prácticamente imposible y como tal había moldeado la existencia de todos esos seres de un modo sumamente singular.

Junto a nosotros viajaron varios consejeros. Aún estando en los botes decidimos colocar la pira en  una de las terrazas laterales desde la cual podía verse la totalidad del paisaje. Mientras algunos de nosotros construimos la parte inferior, los demás ensamblaron la tapa y prepararon el relleno de algas para los huecos que pudieran quedar. Finalmente nos aseguramos de proteger las ánforas de aceite y el resto de los materiales que habíamos dejado allí para la ceremonia final.

Luego de casi un día de trabajo ininterrumpido volvimos a las barcas. Increíblemente nadie había resultado herido. Los dioses nos favorecían. Era la primera vez que me veía forzado a dejar atrás mi rol de espectador en ese pequeño universo prestado. Por primera vez podía experimentar la enorme gratitud que me profesaban todos esos desamparados.

Cuando volvimos la aldea ebullía de actividad. El funeral estaba en su plenitud. Los poblados vecinos habían quedado casi desiertos y todos rendían tributo al malogrado Capoñato.

Pese al cansancio decidí dirigirme hacia donde exhibían el cuerpo. Los restos del líder descansaban sobre una litera adornada con todo tipo de flores y a su lado se apostaban seis guerreros. El olor era nauseabundo. Capoñato  llevaba muerto casi dos días. Afuera los hombres se apiñaban en racimos y no dejaban de beber guiñote. Desde los caminos que conducían al pequeño poblado no cesaban de llegar las comitivas de las demás aldeas. Estaba intentando calcular cuántos se agolpaban allí cuando Vilipán se me acercó y me ofreció un cuenco con bebida. Apenas tragué un sorbo sentí como me ardían hasta los huesos. Vilipán sonrió.

-Fue un día largo –le dije mientras me enjuagaba el sudor de la frente con el antebrazo. Ella asintió con la cabeza y bajó la mirada. La vi alejarse entre todos aquellos seres diminutos y me pregunté qué sería de ella de ahora en adelante.

El sol de la mañana me sorprendió durmiendo en la arena. No podía recordar bien como era que había llegado hasta ahí. Probablemente había bebido más de la cuenta. A lo lejos alguien gritó mi nombre. Era Papacho, uno de los locales que habían ayudado con la construcción en el Peñon. Era por mucho el más fornido de todos ellos. Medía casi lo mismo que yo y sus brazos forjados en el acarreo de troncos triplicaban fácilmente el volumen de los míos. Con mucha dificultad me dio a entender que esa misma tarde trasladaríamos a Capoñato. Apenas hubiera bajado el sol debíamos proceder con la cremación. Otra vez volví a experimentar el enorme peso de la responsabilidad que me habían asignado, aunque esta vez luego de un momento me sentí aliviado pues todo estaba saliendo mejor de lo que imaginaba. Decidí mantenerme alejado de todos por unas horas pero me fue imposible. Unos minutos después se me acercó Vilipán y me entregó un karpac reluciente. Me explicó que una de las doncellas lo había confeccionado para mí mientras estábamos en el Peñón. Se me quedó mirando. –tirica mia karpac –me urgió. Quería que me cambiara ahí mismo. En vano intenté pedirle que aunque sea mirara para otro lado.  –tirica mia karpac –volvió a repetir con insistencia. Encogiéndome de hombros le di la espalda y me desnudé completamente.

El karpac es la prenda más común entre los nativos, pero como yo era ligeramente más alto que ellos, la falda que se suponía debía cubrirme hasta las rodillas apenas llegaba a la mitad del muslo. Giré hacia Vilipán mientras que con dificultad intentaba bajar un poco aquel extraño vestido.  Vilipán rió a carcajadas y me pidió que la siga.

Al caer la tarde se había reunido una verdadera multitud en torno a la choza del difunto. Sin dudas yo era el primer hombre blanco que podía arriesgar una cifra sobre la cantidad de habitantes que tenía la laguna. Uno de los consejeros se acercó y me dio a entender que el final del funeral era inminente. Mis hombres aguardaban en la costa con todo listo para trasladar el cuerpo. Pese a que el desfile del cuerpo de Capoñato por los lugares sagrados de la aldea sería un acontecimiento histórico para la tribu, decidí que iba a perdérmelo pues mí lugar estaba en la playa, donde me necesitaban en los preparativos finales.

Cuando llegué a los botes pude ver que la laguna estaba extrañamente encrespada. Las lenguas de espuma que surgían de los lados del Peñón llegaban casi hasta la costa. Un viento frío había comenzado a soplar desde el océano y los pescadores que iban a acompañarnos estaban un poco nerviosos pues no solían a navegar de noche. Debíamos prepararnos para partir apenas llegara el cuerpo del muerto. El bote que iba a trasladarlo estaba cubierto con flores y una larga soga de xintijali lo unía a otro bote ubicado varios metros más adelante. Capoñato viajaría solo hacia su última morada. Debí caminar un buen trecho con el agua hasta la cintura para alcanzar mi lugar en la embarcación. La laguna parecía un caldo caliente y espeso.

Finalmente el cortejo llegó a la playa y en medio de lamentos y letanías depositaron el cuerpo del líder entre las flores que cubrían el fondo de madera. Dos soldados movieron gentilmente la embarcación de atrás hacia adelante hasta liberarla de la arena húmeda. El bote fúnebre se bamboleó suavemente sobre la superficie hasta quedar completamente inmóvil. El cuerpo de Capoñato, envuelto en una mortaja de telas ásperas, estaba por iniciar su último viaje. Los hombres comenzaron a remar muy lentamente mientras desde la costa seguían llegando el pesar de su gente.

Mientras atravesábamos el crepúsculo en medio de un silencio cerrado pude ver en aquellos hombres las mismas miradas de desconcierto que se intercambiaban el primer día en que navegamos al Peñón. Nuevamente se daban lugar a dudar si era que estaban haciendo lo correcto. Yo en cambio sentía una seguridad desconocida hasta entonces. Estas gentes habían confiado en mí y de algún modo ya me sentía parte de ellos.

Mientras nos acercábamos al Peñón los hombres que había dejado allí el día anterior preparaban los aparejos para subir el cuerpo. Habíamos previsto que lo envolverían en telas al momento de sacarlo de su choza del mismo modo en que solían hacerlo con todos los difuntos. Además, en el bote que lo transportaría habíamos dejado oculto bajo las flores un arnés construido con unas cañas delgadas pero muy fuertes que nos permitirían izar el cuerpo hasta lo alto. Todo funcionó tal cual lo esperabamos y justo cuando el sol comenzaba a ponerse depositamos el cuerpo de Capoñato sobre la pira.

Luego de una última oración cubrimos el cuerpo con las algas y los aceites que teníamos allí arriba y lo tapamos con la madera que restaba. Pedí a todos que se movieran hacia atrás pues ignoraba la magnitud de las llamas que pudieran producirse. A un costado el muchachito que sostenía la antorcha que habíamos traído encendida desde tierra miraba todo aquello con los ojos abiertos de par en par; sus piernas temblaban como dos juncos. Finalmente se la entregó a uno de los nobles que nos habían acompañado. Todos oraban en voz muy baja. Yo me moví discretamente a un costado. Desde donde estaba ahora podía oír perfectamente como abajo, luego de una caída de varias decenas de metros, el mar se estrellaba contra las rocas. El hombre que portaba la antorcha me buscó con la mirada y se me acercó. Todos hicieron silencio.

–Ahora comprendemos por qué te aceptó. Eres el portador del fuego –me dijo a la vez que me entregaba la antorcha. Lo miré incrédulo. Se corrió a un costado y me señaló la pira. Por un instante me quedé inmóvil. Ya estaba todo dicho y hecho, solamente faltaba encenderla. Me acerqué lentamente. Me temblaba todo el cuerpo y debí respirar profundamente varias veces para calmarme. Una vez que  estuve frente a la estructura de madera comprendí que luego de aquel momento ya nada sería igual. Lentamente introduje la antorcha entre los troncos. Casi inmediatamente las algas comenzaron a crepitar mientras soltaban un humo negro y dulzón. Apenas di dos pasos hacia atrás el aceite se inflamó y la pira quedó envuelta completamente por las llamas. Debí girar sobre mi mismo para evitar todo aquel calor.

Así, mezclada con el humo que subía, sentí que se me iba la vida tal cual la había conocido hasta ese momento. Cuando levanté la vista vi algo inolvidable. Infinitas llamas, una junto a la otra, comenzaban a encenderse siguiendo la línea costera de la laguna. De pronto ante nosotros se desplegaba un semicírculo de fuego gigantesco. Sentí a todas las almas de esos pueblos de seres pequeños y gentiles arder junto al cuerpo de su más amado líder. Era la mejor fotografía que jamás hubiera podido tomar.

Luego de un instante sugerí salir de allí. Comenzaba a sentirse el olor desagradable de la carne quemada. El descenso a los botes fue rápido. Mientras nos alejábamos volví la vista al Peñón. La niebla que venía del mar a duras penas nos dejaba ver las llamas de la pira que ardía como un cigarro en medio de la oscuridad. Luego de un momento ya nada se vio. Solamente podía oír el crujir de los remos contra los flancos ásperos del bote. El agua nos envolvía muda.

–¿Volveremos por las cenizas? –le pregunté al noble que me había cedido la antorcha. Respondió que no. El viejo hechicero había dicho que el viento debía llevárselas y que a partir de ese momento el Peñón les sería un lugar vedado. Su voz sonaba lejana en medio de la noche. Aunque estaba sentado frente a mí no llegaba a verlo. La niebla nos rodeaba por completo.

Recordé la última vez que pude hablar con Capoñato. Fue quizás dos o tres noches antes de su muerte. Me dijo que a veces convenía vivir el presente como si fuera un recuerdo. El pasado es el único tiempo real, decía, y cuando quieras corregir lo que ya no has hecho será demasiado tarde. Si hoy te ves como en un recuerdo de lo que vendrá, entonces tendrás la posibilidad de corregir el rumbo y vivir una vejez sin arrepentimientos, como la mía. El viento, que los conocía a todos ellos desde siempre, empezaba a traernos los ecos de los festejos que comenzaban en aquella tierra todavía invisible.

Debí tomarme del brazo de uno de los remeros para no caer de boca cuando el bote quedó atrapado en la arena de la costa. Aún con las palabras del viejo en mis oídos volví la vista al Peñón pero no pude ver nada. La noche no dejaría escapar un solo destello esta vez.

Un grupo numeroso vino a recibirnos. Se los veía alegres. Bailaban y cantaban antiguas danzas. Se sentían a gusto de celebrar la vida de Capoñato. Vilipán apareció entre todos ellos y me tomó de la mano. Me condujo hasta donde estaba la viuda del líder. La mujer me regaló una enorme sonrisa de gratitud. Antes de pedirnos que fuéramos a bailar el kelke real en honor a su marido muerto le dijo algo al oído a Vilipán. La joven me pidió que la esperase un momento. Cuando volvió traía consigo mí cámara. Tuve que inclinarme un poco para que pueda colgarla en mi cuello. La miré a los ojos y debí contener mis deseos de abrazarla. Vilipán se veía radiante. Jamás había podido apreciar su belleza como aquella noche mientras girábamos y girábamos a la luz de las miles de antorchas que atiborraban la playa.

El tiempo pareció detenerse. Pese a recuperar mí cámara decidí no tomar fotografías esa noche.

Vilipán me condujo al corazón de la celebración y permaneció siempre conmigo. Bebí todo tipo de alcoholes e infusiones. Los más deliciosos manjares iban y venían entre las pipas de jilote y minilo. Hombres y mujeres bailaban danzas en torno a fogatas que llenaban el aire de chispas. Los niños correteaban entre todos ellos persiguiéndose los unos a los otros. Las ascuas no tenían descanso y revivían en llamas en la medida que las alimentaban con madera nueva. Me vi arrastrado por un frenesí que hasta entonces me había sido desconocido. Todos me sonreían y me tomaban de las manos. Y los ojos de Vilipán, negros como la noche misma, me abrazaban cada vez que se cruzaban con los míos.

No sé bien cuando fue que perdí totalmente el gobierno de mis sentidos. Todo era confusión, tanto como lo es ahora. De pronto me vi arrastrado entre las chozas más alejadas del poblado. Vilipán caminaba adelante, sus dedos enredados en los míos. Luego de andar un momento más entramos a una cabaña donde nos esperaban dos jovencitas completamente desnudas. Sus cabelleras largas y negras centellaban a la luz tenue de un candil del mismo modo en que chispeaban las fogatas de la playa. Instintivamente me dejé caer sobre un ote que ocupaba el centro de la estancia. Vilipán se desnudó lentamente. Su piel era dorada y suave como un desierto. Se movió lentamente hacia mí pero apenas estuvo cerca la tomé de un brazo y colocándola bajo mi cuerpo la poseí casi ferozmente. Una vez que hube saciado aquel deseo que parecía ser interminable caí extenuado sobre ella. Las otras dos mujeres se acercaron lentamente y con paciente exactitud me acariciaron hasta que perdí la conciencia. Al otro día, cuando desperté, pude ver que Vilipán ya no estaba. Apenas intenté levantar la cabeza una de las muchachitas me obligó a volver al camastro con un movimiento suave y gentil. Otra vez volví a dormirme y me perdí en un devenir de sueños y alucinaciones.

Apenas puedo respirar. Desesperado intento mover los troncos que me rodean pero es imposible. El golpe en la cabeza debió destrozarme el cuello porque definitivamente no puedo sentir las piernas. Sofocado intento tomar una bocanada de aire fresco pero lo único que logro es llenarme los pulmones de humo caliente. Ya no hay nada más que hacer.

Otra vez volví a despertarme sobresaltado pero ahora solamente me acompañaba Vilipán. Verla allí me reconfortó profundamente. Con una enorme sonrisa me ofreció un trozo de xinsulitama recién recolectada de la laguna. Su sabor entre salobre y amargo siempre me recordaba al de las lágrimas. Me entretuve un buen rato acariciando su piel joven hasta que me incorporé y salí del jaumín. La luz del mediodía me encegueció por un momento.

El poblado retomaba la actividad. Los pescadores iban y venían cargando sus aparejos listos para internarse nuevamente en la laguna. Giré la vista hacia el Peñón pero su cima apenas sobresalía entre la niebla que aún persistía a lo lejos. Luego de un rato volví a entrar.

En esos días comenzaría a definirse el futuro político de la aldea. Capoñato no había dejado herederos y otra vez los viejos serían consultados para definir la situación. Por un momento fantaseé con que de nuevo la providencia pudiera sorprenderme y tuviera acceso también a algo de su poder. Todo aquello era imposible aunque no debía desdeñar de mí suerte; me había quedado con la más hermosa de sus amantes. De pronto recordé que  no faltaba mucho tiempo para que mi estadía en aquel paraíso perdido llegara su fin. Había recogido suficientes experiencias como para escribir un libro, sobre todo con lo sucedido luego de la inesperada muerte de Capoñato. Si era lo suficientemente discreto, ahora que había recobrado mi cámara, podría documentar todo lo que había visto como nunca nadie había podido hacerlo antes. Súbitamente me invadió una enorme desazón. Pese que hasta quizás pudieran darme un premio por mi aventura llegaría el día en que todos mis pequeños amigo debieran quedar atrás. Extrañaría sus costumbres y también a Vilipán, esa especie de fruto prohibido que se me había ofrecido en su plenitud luego de que tuviera que encargarme de cremar el cuerpo de su antiguo amante.

Una vez adentro busqué la busqué en la penumbra de la choza. Estaba a un costado, dándome la espalda. Espiaba en puntas de pie a travez de una ventanita encajada en una de las anchas paredes de barro de la choza. De pronto giró alarmada y en voz baja me dijo que espere ahí, que ella se encargaría de todo. Desde afuera comenzaban a llegar voces cada vez más fuertes y cercanas. No lograba entender lo que decían y decidí hacerle caso a Vilipán pero apenas intentó salir, dos de los hombres que entraban la apartaron violentamente de su camino y comenzaron a increparme a los gritos. Era la primera vez que los nativos tenían este tipo de reacción hacia mí. Vilipán había caído a un costado e intentaba levantarse cuando por la puerta avanzó hacia nosotros Papacho. Estaba furioso. Su piel morena se veía erizada. Tampoco pude comprender que me decía. Utilizaba palabras que yo nunca había escuchado antes. Vilipán, comenzó a llorar. Intenté acercarme a ella pero la joven dio un paso atrás y luego de un instante corrió fuera de la choza. Quise seguirla pero Papacho me tomó de un brazo. Hasta ese momento no había visto que en su otra mano sostenía una especie de bastón que utilizaban para moler potomo. El golpe fue certero y me derribó irremediablemente.

Algo había salido mal la noche de la cremación. No sabría decir que fue y ahora ya no tiene sentido pensar en eso. La hija de un pescador había encontrado el cuerpo de Capoñato en la costa. Estaba semiquemado y los peces que habitaban la laguna no habían sido precisamente respetuosos con lo que quedaba de él. Cuando volví en mí pude ver los despojos del anciano en todo su esplendor. Me sostenían por los brazos y bajaron mi rostro hasta que quedó justo encima de la cara mutilada del viejo. Apenas si pude reconocerlo en ese estado. De mi cuello aún colgaba mí cámara. Pronto vendrán a buscarme de la revista y todo esto se aclarará, pensé. Sin dudas Vilipán va a ayudarme. Luego me soltaron y noté que mis piernas ya no me respondían. Me desplomé sin remedio y volví a perder el conocimiento.

No sabría decir cuanto tiempo pasó hasta que me desperté nuevamente. Ahora mi cámara descansaba sobre mis muslos desnudos. Me quedé mirándola por un instante. Aunque casi no podía girar la cabeza pude oír como las pequeñas olas de la laguna golpeteaban el flanco del bote. Pronto todo volvería a la normalidad. Sin dudas navegábamos hacia el océano abierto donde mi gente estaría esperándome en otra embarcación mucho más grande y segura. Allí iban a atenderme apropiadamente. Otra vez intenté levantar la vista y volví a sentir un dolor punzante y profundo en la nuca. Los dos nativos que remaban justo delante de mí me miraban con desprecio. Con mucho esfuerzo tomé la cámara con una mano y alcancé a realizar un par de disparos. Uno de ellos, visiblemente molesto dejó su puesto en los remos y de un tirón me la arrebató y la arrojó al fondo del bote.

A un costado navegaban también varios botes más, algunos de ellos atados de dos en dos. Iban cargados de maderas, algas y una enorme ánfora como la que habíamos utilizado para llevar el aceite que hizo arder a Capoñato. Adelante, como el testuz del diablo, comenzaba a verse la cima redondeada del Peñón de XiXí.


Tia Maria

Afuera llovía fuerte. Cuando ella entró, toda cargada de paquetes, el viento hizo temblar los ventanales. Enseguida lo buscó con la mirada por todo el bar aunque de sobra sabía que él siempre se sentaba en el mismo sitio, allá lejos, en el rincón que daba a calle Libertad. Como pudo avanzó entre las mesas. Saludó a algunos conocidos pero sin detenerse. Las bolsas que traía colgando parecían querer anclarla a las sillas y a las esquinas puntudas de las mesas. Finalmente llegó a su lado. Con un gesto de fastidio dejó todo lo que traía en el suelo. Luego se sacó el enorme piloto beige, lo dejó en el respaldo de una silla contigua y se dejó caer pesadamente sobre la suya. El la miró como siempre, en silencio, por encima del marco grueso de sus anteojos perennes. Por detrás la seguía Eugenio, el mozo habitual.

– Un americano solo -le pidió ella. Sin azúcar. Él simplemente asintió con una sonrisa imperceptible y señaló a la mesa, donde sobre una servilleta de papel descansaba su vaso vacío. Luego volvió a perder la vista más allá del vidrio.

– Que locura que es la calle, ¡Por Dios! ¿Venís del diario? ¿Te enteraste lo que pasó, no? Y si, se veía venir. Ahora que se jodan. Yo se los dije pero no me quisieron escuchar. Y bueno, ya son gente grande. Te juro que me tienen harta con ese tema. La verdad que cada vez me dan menos ganas de ir. Recién estuve con tu hermana. De casualidad nos encontramos en el subte. Hacía mucho que no la veía. La noté bien. En algo debe andar. Estaba toda arreglada. Y con auriculares. Yo venía para acá. Ella ni idea a dónde iría. Me contó que se casa alguien pero no me puedo acordar quién. En Marzo. Algo sencillo nomas, sin iglesia, dijo que era. Le conté lo de la madre de Mario. A propósito de Mario, ¿Te enteraste? Y si, está complicado ese pobre muchacho. Bah… en realidad que se joda por escribir pelotudeces. Yo le dije mil veces que se cuide. Ahora anda en la redacción como un perrito mojado. Le dijeron que si no se calmaba lo mandaban a hacer el horóscopo. Gracias. ¿Te molesta si te pido un vasito con soda? ¡Ay que divino que sos! Ya me lo trajiste. Sos un santo. Gracias querido. No entiendo cómo es que este muchacho sigue sólo después de tantos años. Hablando de años ¿Vos cuando vas a dejar de tomar esa porquería? Son las once del mediodía y ya vas por el segundo o el tercero. ¿Cuántos se tomó Eugenio? Decime la verdad. Desde que te conozco que tomás lo mismo. ¿Cuánto hace ya? ¿Sabes que Eugenio? Dejá la botella. Hoy te va a llamar dos veces más seguro. Cuando llueve se toma una más, o dos quizás. ¡Si lo conoceré! Como si lo hubiera parido lo conozco. Lo he visto envejecer y siempre dije yo que esa era bebida de viejo. De todas maneras hoy voy a hacer una excepción y no sé si no me tomo una yo también. Siempre que llueve se pone melancólico y la verdad que le queda lindo. Si yo tuviera una agencia de viajes, los días de tormenta como hoy traería turistas japoneses a que vengan a sacarle fotos del otro lado del vidrio. Le queda bien la lluvia. Le da un aire Columbo, todo despeinado y misterioso. ¿Sabes qué? Ni te saludé… ¿Cómo estás vos? Vení, dame un beso…

Él la miró a los ojos, meneó la cabeza y sonrió. Luego apenas se levantó de su sitio y estirándose un poco correspondió al abrazo que ella le ofrecía por encima del café y el licor. Eugenio dejó la botella sobre la mesa y volvió en silencio hacia el mostrador.

– Che, me parece que voy a dejar Yoga -continuó ella mientras encendía un cigarrillo. Se están poniendo bastante pesadas con eso del desapego y yo en realidad lo que quiero es que se me pasen los calambres en las piernas. Hay noches que ni puedo dormir. Anoche pude descansar un poco, pero la verdad que hay días que no puedo pegar un ojo. Un garrote se me pone acá. Resulta que están con ese tema de que a todo hay que dejarlo ir, que hay que despojarse para ser feliz y no se que más. Que se vayan a vivir a Cuba si se quieren despojar de todo. Bien que después le gusta cobrar del uno al diez. De todos modos yo sé bien que no se refieren estrictamente a lo material. Igual la estúpida soy yo que encima que le pago me dejo llenar la cabeza con cosas raras. En realidad termina la clase y me tengo que ir rápido. Si te quedás charlando un rato enseguida te hacen sentir culpable. ¿Te acordás cuando me convencieron de que me alimentaba mal? De tanto que me insistieron casi dejé de comer carne. No te voy a negar que no me sentía mejor. Me regularicé bastante pero empecé a tener remordimientos por las vacas que me había comido y para colmo los calambres estaban cada vez peor. Y siguieron avanzando. Fueron por el cerdo, los mariscos, el pescado. Llegué a pasarme una noche entera calculando cuantos pollos me había comido en mi vida. No tenemos problemas que comas animales, me decía una, en la medida que los mates vos con tus propias manos y luego agradezcas a la naturaleza por todo lo que te provee. Ni te imaginas la cantidad de pollos que manda a matar una en su vida. ¿Sabías que si tuvieras que generar vos mismo todo lo que lleva un sanguche primavera con jamón y queso, antes de poder comértelo tendrían que pasar como mínimo un año y medio y harían falta el trabajo de once personas, entre ellas como cuatro sicarios? Ahora igual estoy usando unas cremas y pareciera que el dolor en las piernas está aflojando un poco, asique me parece que a la próxima que me vengan con que no hay que comer nada que haya tenido padres las mando al carajo. Mirá… la vida es una sola y es corta asique hay que hacer lo que te haga feliz. ¡Uy che! ¡Mirá la hora que es! Se me pasó la mañana volando. Me tengo que ir. Tengo mil cosas que hacer todavía. ¿Vos a que hora cortás hoy? Che que cara tenés. No le sacaste la vista a la botella ni un segundo. ¿Estás preocupado por algo? ¿estás seguro que estás bien vos? No te quiero joder pero la verdad es que ya tenés cara de viejo en serio. Tenés que empezar a ponerte un poco las pilas. Igual no te preocupes. Si lo que te angustia es el laburo, hay que esperar un tiempito nomás a que todo se estabilice. Además hace una punta de años que trabajas ahí. Estás inventariado ya. No van a echar a nadie. No tienen estructura. No te pelées ni te hagas mala sangre que en seis meses de esta lacra no se acuerda nadie. Bueno querido, te dejo. Nos vemos más tarde. Aprovecho a irme ahora que daría la sensación que paró un poco. ¡Que va a parar! Mirá lo que llueve. Me voy a mojar toda. Igual es agua nomás, no pasa nada, es una bendición diría mi profesora de yoga. Seis litros por día toma la vieja. No se cómo carajo no se mea encima. Tiene como setenta años y la piel de una pendeja. Bueno, me fui. Chau querido, nos vemos después que se me hizo tardísimo.

Afuera seguía lloviendo a cantaros. Recostado en el ventanal la miró hasta que se perdió entre la gente con sus paquetes y todo. Luego de un momento volvió a mirar a la botella ahí en el centro de la mesa , suspiró con resignación y llamó al mozo.

– Eugenio, decime que te debo, por favor.

– Ya te digo.

– Escuchame. No te vayas. Esperá. Te hago una pregunta antes: ¿Cuántos años hace que vengo acá y me siento en esta misma mesa?

– Y… como mínimo quince. Yo hace catorce que trabajo acá y vos ya estabas cuando empecé.

– Mas de cuarenta años hace que vengo acá todos los días Eugenio. Trabajé treinta años en la redacción. Empecé barriendo, a los doce. Me jubilé hace dieciocho e inmediatamente me ofrecieron el contrato y me quedé. En total hace más de cuarenta años que vengo a esta misma mesa a tomar siempre lo mismo. Siempre. Parece mentira pero a veces pasan cosas que a uno lo siguen sorprendiendo querido. Cuarenta años levantándome a las dos de la mañana de los cuales como mínimo veinticinco los pasé leyendo el diario de punta a punta buscando faltas de ortografía y errores de redacción y mirá de lo que recién hoy me vengo a dar cuenta –dijo él mientras tomaba la botella de licor y se la mostraba al mozo. Tia Maria. Las dos veces sin acento.


El Cuento del Tío

A Marcelo Quintana, por enseñarme que el humor es una manera valida de vincularse y de expresar afecto y respeto.

El tío Evaristo era un viejo jodido. Siempre fue un tipo difícil y para colmo, cuando era joven, se quedó rengo en un accidente de moto. Fue una noche volviendo del campo. Recién al otro día lo encontró un paisano tirado en el fondo de una cuneta al borde de un camino vecinal. Hacía ya casi un día que estaba tirado ahí, entre la podredumbre.

Jamás en su vida fue al médico. Luego del accidente una de las piernas le quedó bastante comprometida y ya nunca más pudo caminar con normalidad. A partir de entonces en el pueblo comenzaron a decirle el rengo y como era de esperar se volvió casi intratable.

Pese a todo el tío Evaristo tenía un sentido del humor muy particular. A eso lo aprendí tarde, con el paso del tiempo. Durante gran parte de mi niñez lo odié ciegamente. La verdad tengo que reconocer que un poco de ese odió me lo inoculó mi vieja. Ella tampoco lo quería. Se tenían un desprecio mutuo, cordial y silencioso. Así y solo así era que se vinculaban. Ninguno de los dos desperdiciaba cualquier oportunidad para malograrle el día al otro.

–Bueno… una cosa menos-  dijo el tío en voz alta cuando salían del cementerio el día que enterraron a mi abuela. Si bien ella lo tenía entre ceja y ceja desde el mismísimo momento en que lo conoció, esas palabras desencadenaron una sucesión de ataques y contraataques que se iteraron por más de cuarenta años. Nunca eran golpes mortales, pero eso sí, certeros. Su guerra de guerrillas consistía en molestar al otro casi hasta su límite pero dejándolo con vida para que hubiera lugar a nuevos y cada vez más sofisticados ardides.

En este instante me viene a la cabeza el incidente de los huevos fritos. Aquello me reveló por primera vez la naturaleza bizantina de esa contienda. Sucedió la vez que se cayó del techo de mi casa. Había subido a acomodar la tapa del tanque que cada tanto se corría con el viento. El agua empezaba a salir con porquerías y mi viejo estaba afuera por lo tanto no hubo más remedio que pedirle ayuda a él. ¡Que golpazo se pegó, pobre viejo! Todavía no entiendo como no se mató. Lo escuchamos rodar por el techo. Luego pasó como una exhalación por la ventana de la cocina que daba al patio. Cayó de espaldas en el piso de cemento. Cuando llegamos a ver qué le había pasado estaba culo para arriba buscando la boina entre los malvones del cantero. Aunque tenía un huevo enorme en la nuca nunca acusó recibo del golpe. Mi vieja se apiadó de él y esa noche lo invitó a cenar. Justo ese día volvía mi viejo después de un mes de trabajar afuera. Cuando ya estábamos casi todos sentados a la mesa el tío Evarísto levantó su vaso y lo miró a contraluz con desprecio. Finalmente lo cambió por el que había a un costado, en el lugar de mi papá. Ya de grande se abandonó pero todavía en esa época tenía la maldita costumbre de escrutar los cubiertos antes de comer. Mi vieja tenía la casa siempre impecable y cada vez que él hacía eso a ella se le subían los colores a la cara y le comenzaba a palpitar una venita acá, en la sien. Esa vez ella estaba de espalda pero supongo que de alguna manera percibió lo que él acababa de hacer. Cuando le trajo el plato con los huevos supe que algo iba a suceder. Sin decir una palabra lo dejó caer delante de él y se le sentó enfrente. El tío era de los que le agregan sal a la comida sin siquiera probarla. Por un instante se quedó mirando fijamente el plato y dejó escapar bien por lo bajo un par de palabrotas en vasco. Luego, con sus ojitos saltones, oteó la mesa buscando el salero. Mi vieja, visiblemente fastidiada, se levantó a buscar la sal. Cuando volvió intentó dársela en la mano.
-Dejala ahí-. se limitó a decir él, señalando con desprecio hacia el mantel. Sabiéndolo muy supersticioso, más de una vez intentó tomarlo por sorpresa pero el viejo era muy astuto y siempre advertía la maniobra con anticipación.

Ya estaba todo listo y empezamos a comer. Como de costumbre el viejo comenzó a sacudir el salero sobre el plato pero esta vez del recipiente no salió nada. Parecía estar tapado por la humedad. Otra vez farfulló algunas palabras tan ásperas como ininteligibles a la vez que golpeaba el fondo del recipiente con la palma de la mano. Apenas si cayeron unos pocos granitos. Inmediatamente lo volvió a golpear pero con un poco más de fuerza. Ahora la tapa metálica se desprendió completamente y toda la sal cayó sobre el plato. Los huevos quedaron totalmente cubiertos por una montañita blanca. Mi vieja, sin desviar la vista de su plato, apenas dejó asomar una sonrisa entre dientes mientras el tío bajaba a todos los santos del cielo para putearlos a los gritos.

Más allá de la influencia que pudo tener en mí esa pequeña guerra fría que había entre ambos, yo tenía mis propios y muy íntimos motivos para haberle dedicado los pensamientos más abyectos que un niño pudiera tener. De todos modos ahora que yo también soy viejo y que puedo ver las cosas desde otro punto de vista me doy cuenta que para el tío Evaristo aquellos comentarios filosos, las pequeñas maldades que solía hacer y ciertos malos hábitos que jamás se molesto en cambiar, eran de alguna manera su único modo de expresión.

Era muy mentiroso. Vivía inventando historias. Le encantaba bolacearnos a nosotros, los más chicos. A un primo segundo mío que nos había venido a visitar por primera vez le hizo creer durante todo el verano que cuando él era joven había trabajado en el astillero y que como ni siquiera había baños y los jefes les estaban todo el día encima tenían que  correr los barcos con la mano para poder mear en el agua. Cada vez que lo veía le contaba lo mismo y mi primo, de altanero y desconfiado que era, no sabía si creerle o no. Resulta ser que parte de lo que contaba efectivamente era cierto. Cuando era joven había trabajado en el astillero. Aún le quedaban algunos amigos allí y cuando los visitaba aprovechaba para acercarse hasta los amarraderos y se quedaba por horas junto a los barcos que esperaban reparaciones. Me sorprendió mucho con el afecto que lo despidieron los empleados más jóvenes el día que lo enterramos.

En medio de una de las tantas siestas lánguidas y repetidas de aquel verano en que mi primo se vino al pueblo le dijo que tenía ganas de ir a mear al astillero. Lo subió al manubrio de la bicicleta y tomó por la calle de tierra que conducía al río. Cuando llegaron no había casi nadie. Al regreso mi primo nos contó azorado como lentamente se fueron acercando a una mole que estaba amarrada en una de las dársenas. Todo el borde de la plataforma estaba flanqueado por cubiertas en desuso que servían para amortiguar el roce constante entre las embarcaciones y el muelle. Luego, muchos metros más abajo, el río, negro y alquitranado, se revolvía en lentas volutas oscuras. El viejo se acercó despacio al mastodonte y le apoyó una mano en el costado como quien acaricia a un elefante. Se tomó su tiempo. Miró hacia un lado y el otro varias veces. Finalmente, enarcando las cejas con aspereza, se recostó un poco sobre la enorme pared metálica. Inmediatamente el barco comenzó a moverse. Apenas se hubo separado unos centímetros del muelle el viejo sotreta se desprendió la bragueta y con las piernas bien abiertas meó por el hueco durante un minuto que pareció interminable. Abajo, el sonido cristalino del agua alborotaba crecía en ecos metálicos y se perdía en el calor insoportable de la tarde. Luego, haciendo equilibrio al borde del muelle, se subió el cierre del pantalón con la mano libre. Finalmente se corrió hacia atrás y clavando sus uñas gruesas, filosas y renegridas en uno de los remaches del casco, volvió a traer la nave a su posición inicial con la misma naturalidad con la que cualquier hijo de vecino le baja la tapa al inodoro. Mi primo no podía creer lo que había visto. Luego de limpiarse las manos en el pantalón, de un tirón lo tomó del brazo y lo arrancó de su embeleso para llevarlo casi a los empujones hacía donde habían dejado la bicicleta. A la noche, cuando durante la cena mi papá le contó que esa era una broma que solían jugar en el astillero a los incautos, mi primo se puso rojo de rabia. De todos modos, esa vez, lejos de molestarme, me regocijé un poco. Mi primo se lo merecía, pero esa es otra historia.

Como dije, era bravo el viejo. Y rápido. Era filosísimo para ponerle motes a la gente. Cuando me hice adolescente comenzó a llamarme piano embrujado y tengo que confesar que nunca me pude enterar por qué. El viejo me vivía jodiendo con eso. Se mataba de risa solo cada vez que me lo decía. Hasta para morirse fue hincha pelotas. Nunca supe cuantos años tenía cuando se fue, pero era viejísimo. Sus últimos años los pasó  en un local en el que había funcionado una mercería. Allí vivía él en medio de una austeridad monástica. Todas las comodidades que tenía se reducían a un baño minúsculo, una cocinita apenas oculta tras un biombo, un ropero prácticamente vacío, una mesa, una silla y un catre sin patas en un rincón. Nunca había trabajado más de lo necesario pero había podido jubilarse. Con eso podía costearse ese reducido espacio el cuál se hallaba siempre sumido en la penumbra. Recuerdo que al principio, cuando recién se había mudado allí, algunas veces solía levantar la pesada cortina metálica del frente. Luego de un tiempo dejó de hacerlo, finalmente la cortina se anquilosó y quedó permanentemente inmóvil.

Lo encontraron muerto luego de unos días. De casualidad se asomó una viejita que a veces le hacía los mandados y lo vió en el suelo, desparramado sobre el biombo. Nunca supimos que pasó. Solamente sé que estaba caído boca abajo, con la cabeza atrapada entre la cocina y el ropero. Cuando lo fueron a buscar para velarlo se dieron cuenta que la camilla no pasaba por la pequeña puertita de la cortina metálica y tuvo que venir un herrero a abrir un boquete más grande. Lo vi cuando se lo llevaban tapado con una sábana. Me dio mucha tristeza porque para esa altura yo ya era casi un hombre y hacía tiempo que lo había perdonado.

….

Mi primer amor fue la señorita Claudia, mi maestra de segundo grado. Me había enloquecido su pelo largo hasta la cintura. Cuando caminaba entre los pupitres inundaba el aire con perfume a chicle de tutti fruti. En realidad todos estábamos enamorados de ella. Una vez mi compañero de banco apareció con la novedad de que la noche anterior se le había caído un diente. Lo tenía en una cajita de fósforos y se lo mostraba a todo el mundo. Ese día, cuando lo exhibió ante la señorita, ella lo examinó detenidamente sin sacarlo de la cajita, luego lo dejó sobre el escritorio y tomando a mi compañero por el mentón le pidió que sonriera. Él, extasiado, le regaló una enorme sonrisa a la vez que metía la punta de la lengua en el pequeño huequito negro que le había quedado en la boca. A partir de entonces no pude esperar en paz a que se me empezaran a aflojar los dientes de leche. Estaba decidido a llevarlos a la escuela uno tras otro para impresionar a mi maestra.

Finalmente el milagro comenzó a suceder. Un mañana noté que uno de ellos se movía. Horas y horas me pasé mirándole el pelo mientras escribía en el pizarrón. Con la lengua movía el diente flojo de aquí para allá y soñaba con ofrendárselo en una caja de fósforos el día que finalmente se cayera.

Los días pasaron con una tremenda lentitud hasta que una mañana de sábado, apenas desperté, noté que lo que yo tanto esperaba sucedería de un momento a otro. Debía conseguir urgentemente una cajita de fósforos para preservarlo. Corrí a pedirle una a mi mamá pero me dijo que era imposible. La única caja que había en casa en ese momento, además de ser enorme, estaba recién comprada, por lo tanto llena. Si la quería iba a tener que esperar. Me quedé pensando un momento mientras miraba como abultaba la caja roja sobre la mesada de granito. De alguna manera debía solucionar aquello. Seguramente el diente no tardaría más de un día en desprenderse. Mi vieja, apurada como todas las mañanas, me apartó a un lado y salió de la cocina por la puerta que daba al patio.

-¿Para qué quiere la caja de fósforos sobrino? dijo de pronto una voz a mis espaldas. El tío Evaristo estaba sentado junto a la heladera. Yo ni siquiera lo había notado.

-Para el diente tío –le respondí pensativo- Para llevarlo a la escuela.

Se me quedó mirando. Supe que tramaba algo, pero nunca me hubiera imaginado que podía ser capaz de hacer lo que me hizo.

-Mirá, yo tengo una- dijo mientras revolvía uno de los bolsillos de su bombacha de campo- Ves, acá está.

Recuerdo que el corazón me dio un salto cuando vi la cajita. Era exactamente igual a la de mi compañero de banco. Apenas me estiré para alcanzarla la volvió a guardar.

-Yo te la voy a dar, pero con una condición…

-¿Cuál?- le pregunté receloso.

-Es simple: yo te doy la cajita pero vos me tenés que dejar sacarte el diente.

-¿Qué?- le pregunté incrédulo mientras me retiraba un paso.

-Que te doy la caja pero si me dejas que te saque el diente. Lo único que tenés que hacer es traer el costurero de tu vieja y quedarte piola- dijo tranquilamente.

Justo en ese momento mi mamá volvió a entrar a la cocina y ambos guardamos silencio. Me quedé mirándolo. No sabía qué hacer. Pensé que el viejo estaba loco, pensé en contárselo a mi mamá, pensé en la señorita Claudia.

Apenas mi vieja volvió a salir de la cocina fui corriendo a buscar lo que me había pedido. A tientas pasé las manos sobre la máquina de tejer hasta que encontré la caja de madera donde mi mamá guardaba los hilos y las agujas.

-Quédese tranquilo sobrino- me dijo cuando le di las cosas- le prometo que no le va a doler.

Casi litúrgicamente desenrolló un trozo de hilo blanco y le hizo un nudo flojo justo al centro. Me pidió que me acerque y que abra bien la boca. Obedecí aterrado. Pude sentir el roce de sus dedos ásperos en la barbilla mientras acomodaba el lacito justo alrededor de ese mínimo istmo de carne que unía al diente con resto del cuerpo. Sin siquiera prevenirme tiró de ambos extremos en seco. Sentí un brevísimo sacudón e inmediatamente me llevé las manos a la boca. El me tomó de los hombros y por un instante nos miramos fijamente. Comencé a sentir el sabor dulzón de la sangre que lentamente brotaba del hueco que había dejado el diente. Con la punta de la lengua me cercioré de que ya no estuviera ahí. Él tenía una expresión brillante en la mirada, como si hubiera vuelto a ser un niño otra vez. Finalmente buscó en uno de sus bolsillos y extendió su mano árida con la cajita de fósforos. La verdad que ya ni me acordaba cómo había comenzado todo aquello. De pronto me di cuenta que algo andaba mal. Me imaginé el rostro de desazón de la señorita Claudia. El corazón me apretaba la garganta y no pude contener el llanto ni un segundo más: el diente no estaba, me lo había tragado.

-No llores. No es nada- me dijo con una sonrisa ladeada y socarrona. Aún me sostenía de un hombro y me miraba fijamente a los ojos. En ese instante se me aflojaron las piernas y en contraposición a su cara añeja y arrugada solo pude a ver el rosto ensombrecido de mi maestra.

Lo odié con toda mi alma.

-Soltame viejo hijo de puta- le grite furioso- Me hiciste tragar el diente –le reproché dejando de llorar súbitamente. La furia del momento me dió una sensación de dignidad que creo nunca volví a tener en mi vida. Estaba rojo de rabia y me dolían los puños de tanto apretarlos.

– No se preocupe hijo –me dijo tratándome nuevamente de usted- le voy a dar la revancha–

Lentamente volvió a tomar la bobina de hilo. Esta vez desenrollo un trozo un poco mas largo, le hizo un nudo en la punta y se lo ató a los incisivos. Antes de dármelo lo probó con un par de tirones fuertes. Me dijo que un hombre que se equivoca tiene la obligación de dar revancha.

-Ahora te toca a vos. Me vas a arrancar un diente por lo que te acabo de hacer. Ojo por ojo ¿Me entendés? No se preocupe que me lo merezco sobrino…tiene razón… soy un viejo hijo de puta- remató.

Otra vez el corazón comenzó a latirme como si tuviera un pájaro atrapado entre las costillas.

-Vamos, tire, hágase hombre -me azuzó.

Nuevamente pensé en ella y sentí un calor intenso y profundo que me subía en oleadas desde la entrepierna hasta la nuca. Respire profundamente y pese a que era un asco de mocos y lágrimas, por un instante sentí con una nitidez embriagadora aquel perfume a chicle de tutti frutti.

Di un tirón tan fuerte, con tanto odio y con tanto dolor que terminé caído de espaldas en el piso. Los dientes del viejo volaron por el aire y fueron a parar debajo de la mesa. Sentí un asco inenarrable, una repulsión extrema. Mientras tanto él se retorcía a un costado.

Luego de un segundo comenzó a reírse a carcajadas dándome la espalda. Finalmente comenzó a girar lentamente y quitándose las manos del rostro me reveló sus encías babosas y desnudas.

Así fue como me enteré que el hijo de mil putas del tío Evaristo había usado dentadura postiza toda su vida.


3 de enero

Recién salíamos del cine y ya estaba totalmente arrepentido de haberla invitado. No había parado de hablar un minuto. Solamente dejó de cuchichear para responder los seis o siete mensajes de texto que le entraron durante la película. Me jodo, pensé. Invitar a alguien al cine es como invitarlo a cagar a tu casa. No tiene sentido: hay cosas que es mejor hacerlas sólo.

−¿Podes guardarme un secreto? -me preguntó mientras cruzábamos la plaza rumbo al café del pasaje.

¿Qué remedio?, pensé, si ni siquiera vas a esperar a que te conteste para empezar a hablar. Dicho y hecho, empezó a hablar. Comenzó con un “para que entiendas”, lo cual parecía justificar que el relato vuelva atrás en el tiempo casi a cuando el primer pez decidió salir del agua. ¡¿Con tanto prolegómeno, cómo saber hasta donde se extiende lo secreto del relato?! De todos modos si he aprendido algo en la vida es que la mejor manera de callar algo es olvidándolo, especialmente si esto sucede mientras te lo están contando. Para colmo estoy entrando en una edad en la que no me puedo dar el lujo de recordar muchas cosas nuevas. Daría la sensación de que de un tiempo a esta parte cada vez que tengo que aprender algo nuevo debo olvidarme primero otra cosa que ya sabía de antemano.

Entramos al café y ella todavía no estaba ni remotamente cerca de llegar al meollo de la cuestión. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Necesitaba poder mirar para afuera. Un instante después ya teníamos al mozo encima. Yo pedí lo de siempre y ella un gaseosa light. Si bien el relato ya se acercaba amenazadoramente a la revelación final, yo aún no podía vislumbrar que sería aquello tan comprometido que iba a confiarme. Lejos, más allá de la plaza, tras la línea de edificios, se adivinaba el resplandor de los relámpagos. Se venía el agua.

−¿Me lo prometes? –me preguntó de repente, sacándome de mis cavilaciones.

−¿Qué cosa? –le dije, un poco a la defensiva.

−¡Que no le vas a contar nada a nadie! –reprochó ella.

−¡Pero sí! Ya te dije que sí…. –insistí, volviéndole la vista. La tormenta estaba cada vez más cerca.

−No bobo, no me dijiste nada… dame bola, un ratito nada más, dejame que te cuente –me dijo dulcificando un poco el tono. Luego hizo silencio y me mostró una sonrisa delicadísima. La verdad me desarmó un poco. Era linda, muy linda. Ahí recordé por qué la había invitado al cine. Inmediatamente retomó la conversación y yo me agazapé esperando a que llegue mi momento. Un remolino de viento barrió la vereda de punta a punta y enarcó un poco hacia adentro el enorme ventanal que daba a la avenida. Me acordé de mi hermano. Hacía muchísimo que no lo veía. Como pasa el tiempo, la puta madre, me dije a mi mismo. Ella hizo silencio y cuando volví a mirarla me encontré de frente con sus ojos grises, casi transparentes. Había llegado el mozo. Dejó sobre la mesa mi gin tónic y su gaseosa. Apenas él se retiró, ella continuó con su historia. Me dejé llevar por el hilo de su voz aniñada mientras sorbía lentamente el primer trago de mi bebida. Del otro lado de la calle, justo frente a nosotros, una parejita se sentaba en un banco de la plaza. Se me antojó que desde la vereda de enfrente, nosotros ahí, pegados a la ventana, nos veríamos como las burbujas transparentes de mi bebida. Dejé el vaso de trago largo sobre la mesa y con el reverso del dedo le di un golpecito en el costado. Un ramillete de burbujas se soltó del fondo y ascendió hasta la superficie. Minúsculas gotitas, mínimas y efervescentes, estallaron silentes. Fue entonces que recordé algo. Algo de muy atrás y de muy adentro. Algo que nos sucedió hace bastante más de treinta años a mi hermano, a mi viejo y a mí en un viaje a la costa.

Estábamos recién llegados a la casa de unos familiares a los que visitábamos religiosamente todos los veranos inmediatamente después de las fiestas. Apenas bajamos las cosas del auto y nos acomodamos un poco, mi viejo nos pidió que lo acompañemos al supermercado de la otra cuadra. Íbamos a comprar algo para el almuerzo pues ya era casi el mediodía y habíamos viajado toda la mañana. El día era inmejorable. Llenos de entusiasmo salimos en ojotas los tres a la calle. La peatonal rebullía de gente. Aquello era una mezcla de veraneantes que volvían de la playa para almorzar en el centro y de las gentes que vivían allí, quienes intentaban continuar con su trajín diario entre todos aquellos relajados forasteros.

Caminábamos entre todos ellos mirando vidrieras. Identificábamos los negocios clásicos que abrían todas las temporadas y tratábamos de recordar qué era que había el año anterior en los sitios que nos parecían nuevos. Veníamos muy entusiasmados por las vacaciones que recién comenzaban. Ir a visitar a los tíos de la costa era una experiencia inigualable, especialmente para mi hermano que era él menor de la familia y éste era uno de sus primeros viajes al mar. El era muy chiquito, y cuando digo esto me refiero a su edad y a su talla. En ese entonces tendría quizás seis o siete años recién cumplidos pero su cuerpito menudo representaba siempre un poquito menos.

Finalmente llegamos al supermercado. El local era bastante amplio y adentro se repetía la misma situación de la vereda: mujeres y hombres, con sus pareos ellas, con sus mallas holgadas ellos, desplazándose tranquilamente de góndola en góndola mientras se aprovisionaban de víveres. El ambiente olía a bronceador. Junto a una gigantesca pirámide de latas de gaseosa que llegaba casi hasta el techo habían instalado un puesto donde obsequiaban muestras gratis de protector solar y diversos productos para la playa. Como pudimos comenzamos a avanzar entre la gente. Yo me empeciné en llevar el carrito pero mi papá no me lo permitió. Moverse por esos pasillos tan concurridos requería de carácter. Luego de un rato de cargar mercadería debimos detenernos tras un señor mayor que trataba de descifrar el precio de una lata de arvejas a la que sostenía con su mano derecha mientras forzaba el brazo al límite de su extensión, las gafas en la punta de la nariz. Así nos tuvo un buen rato esperando pues –absorto en su tarea− no había notado que bloqueaba totalmente la circulación de aquel pasillo. La gente en la cola comenzaba a impacientarse. No falta prácticamente nada, dijo mi papá y se quedó pensando por un momento, luego se volvió a mi hermano y le pidió que fuera corriendo a buscar algo para tomar mientras nosotros íbamos directamente a la caja a hacer la cola. Inmediatamente, mi hermano se escabullo  por entre las piernas del anciano y un instante después desapareció entre la gente.

Luego de unos segundos más, por fin este buen hombre se decidió a llevar la lata que tenía en la mano y otra vez la fila que se había formado detrás de él comenzó a moverse. Avanzamos penosamente por ese pasillo hasta que unos metros más adelante pudimos salir del embrollo hacia uno de los laterales. Fue ahí cuando oímos un estruendo proveniente de la entrada del local. Era un sonido raro. Cosas que caían. Un siseo. Golpes. Pasos atolondrados. Corridas. Carcajadas. Más cosas cayendo. Un zumbido incesante. Otro estruendo como el primero, aunque esta vez acompañado por exclamaciones de todo tipo. Por delante nuestro pasó corriendo un empleado del supermercado. Lo seguían dos más y luego otros dos. Continuaban cayendo cosas y ese zumbido tan extraño no paraba de crecer. Naturalmente nos apresuramos en dirección a la turba que ya se había amontonado unos metros más adelante. No fue hasta que estuvimos a unos pasos que finalmente pudimos ver lo que había sucedido: La pirámide de latas de Coca Cola que se erguía junto al puesto de bronceadores se había desplomado completamente. Parecerá desatinada la comparación, pero recuerdo que veinte años después, cuando vi por televisión la caída de las torres gemelas, lo primero que se me vino a la mente fue aquella pirámide de latas viniéndose abajo.

En la medida que golpeaban el suelo, algunos de los envases lisa y llanamente explotaban. Otros apenas si se rompían y empujados por un chorrito de espuma marrón y globosa,  giraban sobre si mismos como si fueran autitos chocadores. Algunos aceleraban hacia delante hasta que algo los detenía y otra vez cambiaban de rumbo. Ya casi no quedaban latas en pie. Las que habían caído al principio se desangraban lentamente encharcando el piso cerámico mientras que las recién caídas, con sus bríos casi intactos, realimentaban una reacción en cadena tan constante como inexorable. Finalmente sólo unas pocas quedaron en pie. No soy bueno con los números, pero seguramente más de mil latas yacían en el hall de ingreso del supermercado en medio de un charco marrón y pegajoso. No sé si será porque la mayoría de los que estaban allí venían de la playa, pero la reacción final de la gente fue aplaudir. Finalmente, por una puerta totalmente espejada, apareció una mujer. Había llegado corriendo y estaba totalmente desencajada. Avanzó lo que pudo hacia la rivera de la laguna y comenzó a insultar a dos o tres empleados que le quedaron a mano. Alternativamente miraba el líquido gomoso que lentamente se colaba bajo las góndolas, se tomaba la cabeza y le gritaba a sus subalternos. Jamás volví a ver a alguien con la cara tan de color  bordó.

Fue entonces que lo vimos. Mi hermano estaba ahí, a un costado, justo por detrás de está mujer iracunda, invisible a los ojos de todos, inmóvil, imperturbable, como siempre, con esa expresión que sólo nosotros conocíamos. Apenas nos bastó mirarnos a mi padre y a mí para saber que era lo próximo que debíamos hacer.

No estuvimos más de dos minutos en la vereda cuando lo vimos salir del supermercado. Pobrecito, le costó un poco deshacerse de la multitud que, en sentido contrario, intentaba entrar a ver el estropicio. Apenas libre hizo una mínima carrera y como si nada llegó hasta donde estábamos nosotros. Sin decir una palabra mi papá le tomó la mano y en silencio comenzamos a caminar hasta que encontramos otro lugar donde hacer las compras. Esa noche, mientras comíamos enormes trozos de sandía lo vimos todo en el noticiero local. Efectivamente habían sido más de mil latas. Ni siquiera nos miramos. No fue necesario aclarar que aquel sería nuestro primer gran secreto.

 


Una Cronología Escrita Sobre la Marcha

A mis amigos de la Banda de Música de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

He aprendido allí mucho con todos ellos…

 

 

3 de Febrero de 1813. San Lorenzo, Santa Fe.

A espaldas del convento San Carlos Borromeo en la ciudad de San Lorenzo se libra la batalla homónima. Gana San Martín. Curiosamente esta es la única batalla que el padre de la patria pelea en suelo argento. Al igual que Messi, el general hizo casi toda su carrera afuera.

Cuando niños leíamos el Billiken. Entonces a uno lo introducían a los conflictos armados como si estos fueran la única solución posible a toda divergencia de intereses. San Lorenzo había sido la madre de todas las batallas. En ella se nos presenta quizás al primer héroe telúrico que pudiéramos tener los niños: el Sargento Cabral. Este suboficial se hace célebre por salvar a San Martín de una muerte segura sacrificando su propia vida. Ipso facto se impone como ejemplo para el alumnado. Los niños con esas lecturas no podíamos darnos el lujo de permitirles a nuestros héroes  descansar en paz. En esos tiempos jugábamos todo el día con soldaditos que no se morían nunca.

Cuando llegaba el aniversario de la batalla de San Lorenzo el Billiken traía un póster central en el que aparecía de un lado Don José y del otro una especie de croquis en el que podía apreciarse cómo se habían desarrollado las escaramuzas de la batalla. Aquello se trataba de un mapa donde se representaban los desplazamientos de las tropas mediante líneas punteadas, cruces y círculos. En los números de antaño de la revista El Gráfico solían explicar los goles con recursos similares. Me sobran los motivos para afirmar que en la actualidad las revistas han perdido prácticamente todo su poder de fuego.

En algún momento de mi vida dejé de jugar con soldaditos y, entre otras cosas, comencé a interesarme por las artes. Desde entonces uno de mis pintores favoritos es Cándido López. En sus obras la guerra era un poco más sangrienta que en el Billiken. López pintaba a los soldados muy pero muy pequeñitos. Él se dedicó a retratar todo el paisaje de la batalla, como si observara aquello desde una colina lejana, a salvo de los cañonazos. Sus obras eran de proporciones notables y en ellas podían contarse por cientos los numerarios de un ejército y del otro, había barcos, cañones, mástiles, tiendas y hospitales de campaña. La magnificencia espacial era tan elevada como la profusión de los más mínimos detalles de la vida cotidiana de las tropas. Desde su perspectiva, imagino a  López también como a un niño que juega con soldaditos.

Si se observa con cuidado, en muchos de sus cuadros pueden verse soldados tullidos, desmembrados o sus cuerpos muertos, amontonados los unos sobre los otros. Es que López conoció los horrores de la guerra en primera persona. Perdió el brazo derecho en una batalla. Como la mayoría de los cracks que hacían goles en El Gráfico, llevó adelante toda su obra de zurda.

No he sabido si este pintor ha tenido descendencia. Por el contrario, un remisero que me llevaba a trabajar al teatro del bosque las mañanas en las que llovía juraba que su abuelo había sido sobrino nieto del Sargento Cabral. Agrego a último momento un dato intrascendente a esta cronología: tres personas que conozco dicen tener un pedazo de la cadena que se utilizó en la Vuelta de Obligado.

Solemos ignorar la historia, aunque todos queremos tener una.

1901 – Venado Tuerto, Santa Fe.

El músico uruguayo Cayetano Alberto Silva compone la marcha de San Lorenzo. Esto tiene lugar ochenta y ocho años después de que se lleva a cabo la batalla. La intención original del compositor no era homenajear a la gloriosa gesta de los granaderos sino al Ministro de Guerra de ese momento, el General Riccheri (años más tarde también le pondrían una autopista a su nombre).  Este, quizás por modestia, pide a Silva que llame a la nueva marcha Don José de San Martín. A último momento, al enterarse que Riccheri había nacido en San Lorenzo, el músico ofrece ponerle ese nombre a la composición. Esto les parece adecuado a ambos y entonces se bautiza oficialmente a la marcha  con el nombre de la ciudad santafecina.

Toda esta información la obtuve de Wikipedia: El Billliken nunca fue tan profundo.

1910.

Con motivo del centenario de la creación del Ejercito Alemán se da un intercambio de marchas militares entre dicha fuerza y su par de Argentina. ¡Qué buena onda!

En ese intercambio los argentinos les brindamos la marcha de San Lorenzo, mientras que los Alemanes nos obsequiaron con algo típicamente teutón llamado Alte Kamaraden. En nuestro país a Alte Kamaraden se la conoce como Alto Camarada, lo que es una falacia, ya que en realidad la traducción correcta del nombre de la marcha debería ser Viejo Camarada. A esto lo descubrimos accidentalmente con un colega tubista, músico de la banda de la Fragata Libertad mientras tratábamos de entender las instrucciones de una cafetera eléctrica que había adquirido en su última gira europea. Está claro que el alemán no es tan simple como el italiano y el portugués, idiomas ambos que cualquier argentino domina casi perfectamente.

Pero nuestro descubrimiento pareció no importarle demasiado a nadie. Entre otras cosas mucho más importantes, nunca nos enteramos de cómo pudieron haber denominado en el viejo continente a la marcha argentina(1). Impulsado por la curiosidad proseguí investigando esa notable irregularidad en la nomenclatura de Alte Kamaraden. Según un antiguo manual supe que se trata de un error típico entre los taductores nóveles y que puede justificarse básicamente con una simple explicación que a continuación detallo:

El español es un idioma de raíz latina y, como se sabe, el alemán fue influenciado vagamente por esas mismas raíces durante el período en que el Imperio Romano limitaba al norte con Germania. Estas misteriosas transparencias pueden tender una auténtica celada al traductor apresurado: el falso cognado. En realidad el término alemán alte deviene de las mismas raíces de las que surge su correlato en el idioma inglés, old, y no del adjetivo de la lengua ibérica, alto.

Está claro que los militares argentinos a cargo del intercambio de partituras, habiendo olvidado  preguntar el significado de Alte Kamaraden y desconociendo por completo el alemán,  propusieron una traducción basándose en el, a veces falible, “sentido común” de la milicia.

Con respecto al intercambio musical entre ambos ejércitos solamente quiero agregar que hay una gran cantidad de relatos que confirman que este tipo de transacciones eran muy frecuentes en aquella época. De todos modos las primeras noticias sobre el mismo las obtuve de un viejo archivista de la Orquesta del Museo de Ciencias Naturales. El anciano me contó repetidas veces que el score original de la marcha alemana estuvo en su poder por varios años hasta que le encontraron destino definitivo en una vitrina del aula magna de la Escuela Industrial Nro. 9 Jurgen Klinsman de la localidad de José C. Paz. Actualmente se desconoce el paradero del pentagrama original. Interrogada la Secretaria Académica del colegio sobre la situación de la partitura, dijo: (sic). ni idea.

De todos modos debo decir que nunca terminé de confiar en los relatos del viejo archivista debido a su afición a la grapa. Cada vez que me contaba su versión de la historia, la instrumentación de la marcha variaba. A veces se trataba simplemente de un cuarteto de clarinetes. Otras veces, con los ojos llenos de lágrimas y la voz quebrada, dijo que la partitura general tenía tantas líneas de bombardinos y fliscornos que cada vez que pretendían ensayarla debían reforzar las patas del atril del director.

Luego de muerto el archivista pasaron muchos años hasta que alguien más hable de la historia de esta marcha en mi presencia. El destino quiso que haya sido  yo entre tantos otros, uno de los testigos de este hecho sobre el cual, a su turno, brindaré más detalles.

(1)Según el servicio informático Google Translator(R) una posible traducción de San Lorenzo al alemán podría ser Heiligen Lorenzo.

1940. París

Hitler entra a la ciudad luz.

Se sabe perfectamente que el Führer era un amante de las artes. Hay crónicas que lo muestran como a un pintor frustrado. Muchas fueron las veces que se le negó la posibilidad de estudiar en el Instituto de Arte de Viena por carecer de talento. La obra literaria Der Engel mit der Posaune (El Ángel de la Trompeta), de Ernst Lohtar, habla de un Hitler joven pero ya frustrado por no poder dedicarse a lo que más amaba: la pintura. Quizás habiéndosele negado esta posibilidad fue que volcó su pasión en la música. Intentó aprender varios instrumentos. También estudió dirección orquestal. Probó la composición y el contrapunto. Todo se le negaba. La sordera de Hitler no podía ni siquiera compararse con la de una tapia. Hitler era más sordo que el muro de Berlín. De todos modos supo apreciar la buena música. Se sabe que idolatraba a Wagner y que tenía una inocultable obsesión por las marchas militares. En los jardines de sus varias residencias siempre había una centena de músicos dispuestos a tocar a cualquier hora del día. El líder aprovechaba esas largas sesiones orquestales y practicaba el pasaje de desfile. Muchas veces perdía el paso pero, por supuesto, nadie jamás se atrevió a decírselo.

Es una verdad incuestionable que Hitler no sólo conocía la marcha de San Lorenzo, sino que también era un de sus predilectas. Él mismo se encargó de hacer una lista de las partituras que sonarían al momento de su victoriosa entrada a la recién capitulada París. Por supuesto que San Lorenzo fue una de ellas. El destino quiso que aquella marcha argentina compuesta por un músico uruguayo sonara en el preciso momento en que él y su comitiva pasaran bajo el arco del triunfo. Esto sé que es cierto porque lo vi en Crónica TV. Salió en un documental que pasaron una vez después de la quiniela. Viendo los hechos con perspectiva, este es uno de los tantos sucesos que sin dudas han moldeado la idiosincrasia exitista del Ser argentino. Nos gusta tener que ver con todos los hechos históricos de trascendencia. No solo que nos enorgullecemos de que sean argentinos el padre del vaipas, el inventor de la birome y el autor del mejor gol de la historia de la copa del mundo, sino que también nos ufanamos de haber aportado la banda de sonido a varios sucesos de importancia entre los que se destacan, como ya dijimos, la entrada de Adolf Hitler a París y el la música de los créditos iniciales de la laureada serie Misión Imposible.

Me preguntó en este instante cómo se habrían desarrollado los hechos si es que el Fürer hubiera tenido en su mano derecha la mitad del talento que yacía oculto en la izquierda de Cándido López.

Noviembre de 1988. Pehuajó, Buenos Aires.

Desapruebo un examen de la materia música correspondiente al primer año de la carrera de perito mercantil con orientación contable e impositiva por no saber la letra de la marcha de San Lorenzo.

Diciembre de 1988. Pehuajó, Buenos Aires.

Apruebo el recuperatorio de dicho examen luego de estudiarme el texto de memoria.

Enero de 1989. Pehuajó, Buenos Aires.

La olvido nuevamente.

Mayo de 1999. La Plata, Buenos Aires.

Como músico profesional comienzo a prestar servicio en la Banda de Música de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. En una de las paredes de la sala de ensayo cuelga una gigantografía que exhibe el texto de la marcha de San Lorenzo. Solíamos utilizarla en los conciertos didácticos para hacer cantar a los pibes. Pese a la cotidianeidad de la exposición a dicho texto, a su excesivo tamaño y a los coros desaforados de los niños, sigo sin poder memorizarla.

Cada mañana cuando las ventanas se empañan del lado de adentro por el sudor de las cabezas de los escolares surgen, como fantasmas sin descanso, los mismos interrogantes de siempre. ¿Estos niños leerán el Billiken? ¿Messi o Maradona? ¿Vaipas…cómo demonios se escribe?

Invierno de 2001. Algún lugar del interior de la provincia de Buenos Aires.

Hace muchísimo frío. Estamos tocando marchas a la salida de una iglesia en el marco de las fiestas patronales del pueblo. Se comienzan a reunir curiosos a nuestro alrededor. Una mujer bastante mayor se acerca al director de la banda y le dice algo al oído. Se va. Apenas un compás más tarde el director da la orden pertinente y sobre la baldosa cambiamos de obra. La señora ha sido prisionera en un campo de concentración y todas las mañanas la despertaban con Alto Camarada. Después de sesenta años ha vuelto a escuchar esa música nuevamente. Estoy prácticamente seguro de que a ella en ese momento tampoco le importó demasiado que el nombre de la partitura hubiera sido mal traducido.

Esto sé que sucedió no sólo porque estuve ahí, sino porque fui el único que luego en el micro le preguntó al director qué era lo que le había dicho la señora al oído.

25 de Febrero de 2014. La Plata, Buenos Aires.

Estoy cortándome el pelo. Ya no toco más marchas y me encanta que me laven la cabeza.  Leo la revista Muy Interesante (la Mecánica Popular hace tiempo que ya no se consigue). Me intereso en un artículo sobre la génesis de la música uruguaya moderna. A la derecha, en un cuadrito muy pequeño, una foto me llama la atención. Leo un epígrafe minúsculo y con sorpresa descubro que se trata de Cayetano Silva, el compositor de la Marcha de San Lorenzo.

−¿Quién lo hubiera dicho? -me pregunto en voz alta. Luego vuelvo a examinar con detenimiento el retrato y lanzo una carcajada. Mario, el peluquero, me da un estate quieto en la cabeza.

−¿Qué hacés nene? ¡Casi te corto una oreja!

−¡Que querés! -le digo- ¿Vos te imaginás la cara que hubiera puesto Hitler si se hubiera enterado de que el que compuso la marcha de San Lorenzo era negro?