3 de enero

Recién salíamos del cine y ya estaba totalmente arrepentido de haberla invitado. No había parado de hablar un minuto. Solamente dejó de cuchichear para responder los seis o siete mensajes de texto que le entraron durante la película. Me jodo, pensé. Invitar a alguien al cine es como invitarlo a cagar a tu casa. No tiene sentido: hay cosas que es mejor hacerlas sólo.

−¿Podes guardarme un secreto? -me preguntó mientras cruzábamos la plaza rumbo al café del pasaje.

¿Qué remedio?, pensé, si ni siquiera vas a esperar a que te conteste para empezar a hablar. Dicho y hecho, empezó a hablar. Comenzó con un “para que entiendas”, lo cual parecía justificar que el relato vuelva atrás en el tiempo casi a cuando el primer pez decidió salir del agua. ¡¿Con tanto prolegómeno, cómo saber hasta donde se extiende lo secreto del relato?! De todos modos si he aprendido algo en la vida es que la mejor manera de callar algo es olvidándolo, especialmente si esto sucede mientras te lo están contando. Para colmo estoy entrando en una edad en la que no me puedo dar el lujo de recordar muchas cosas nuevas. Daría la sensación de que de un tiempo a esta parte cada vez que tengo que aprender algo nuevo debo olvidarme primero otra cosa que ya sabía de antemano.

Entramos al café y ella todavía no estaba ni remotamente cerca de llegar al meollo de la cuestión. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Necesitaba poder mirar para afuera. Un instante después ya teníamos al mozo encima. Yo pedí lo de siempre y ella un gaseosa light. Si bien el relato ya se acercaba amenazadoramente a la revelación final, yo aún no podía vislumbrar que sería aquello tan comprometido que iba a confiarme. Lejos, más allá de la plaza, tras la línea de edificios, se adivinaba el resplandor de los relámpagos. Se venía el agua.

−¿Me lo prometes? –me preguntó de repente, sacándome de mis cavilaciones.

−¿Qué cosa? –le dije, un poco a la defensiva.

−¡Que no le vas a contar nada a nadie! –reprochó ella.

−¡Pero sí! Ya te dije que sí…. –insistí, volviéndole la vista. La tormenta estaba cada vez más cerca.

−No bobo, no me dijiste nada… dame bola, un ratito nada más, dejame que te cuente –me dijo dulcificando un poco el tono. Luego hizo silencio y me mostró una sonrisa delicadísima. La verdad me desarmó un poco. Era linda, muy linda. Ahí recordé por qué la había invitado al cine. Inmediatamente retomó la conversación y yo me agazapé esperando a que llegue mi momento. Un remolino de viento barrió la vereda de punta a punta y enarcó un poco hacia adentro el enorme ventanal que daba a la avenida. Me acordé de mi hermano. Hacía muchísimo que no lo veía. Como pasa el tiempo, la puta madre, me dije a mi mismo. Ella hizo silencio y cuando volví a mirarla me encontré de frente con sus ojos grises, casi transparentes. Había llegado el mozo. Dejó sobre la mesa mi gin tónic y su gaseosa. Apenas él se retiró, ella continuó con su historia. Me dejé llevar por el hilo de su voz aniñada mientras sorbía lentamente el primer trago de mi bebida. Del otro lado de la calle, justo frente a nosotros, una parejita se sentaba en un banco de la plaza. Se me antojó que desde la vereda de enfrente, nosotros ahí, pegados a la ventana, nos veríamos como las burbujas transparentes de mi bebida. Dejé el vaso de trago largo sobre la mesa y con el reverso del dedo le di un golpecito en el costado. Un ramillete de burbujas se soltó del fondo y ascendió hasta la superficie. Minúsculas gotitas, mínimas y efervescentes, estallaron silentes. Fue entonces que recordé algo. Algo de muy atrás y de muy adentro. Algo que nos sucedió hace bastante más de treinta años a mi hermano, a mi viejo y a mí en un viaje a la costa.

Estábamos recién llegados a la casa de unos familiares a los que visitábamos religiosamente todos los veranos inmediatamente después de las fiestas. Apenas bajamos las cosas del auto y nos acomodamos un poco, mi viejo nos pidió que lo acompañemos al supermercado de la otra cuadra. Íbamos a comprar algo para el almuerzo pues ya era casi el mediodía y habíamos viajado toda la mañana. El día era inmejorable. Llenos de entusiasmo salimos en ojotas los tres a la calle. La peatonal rebullía de gente. Aquello era una mezcla de veraneantes que volvían de la playa para almorzar en el centro y de las gentes que vivían allí, quienes intentaban continuar con su trajín diario entre todos aquellos relajados forasteros.

Caminábamos entre todos ellos mirando vidrieras. Identificábamos los negocios clásicos que abrían todas las temporadas y tratábamos de recordar qué era que había el año anterior en los sitios que nos parecían nuevos. Veníamos muy entusiasmados por las vacaciones que recién comenzaban. Ir a visitar a los tíos de la costa era una experiencia inigualable, especialmente para mi hermano que era él menor de la familia y éste era uno de sus primeros viajes al mar. El era muy chiquito, y cuando digo esto me refiero a su edad y a su talla. En ese entonces tendría quizás seis o siete años recién cumplidos pero su cuerpito menudo representaba siempre un poquito menos.

Finalmente llegamos al supermercado. El local era bastante amplio y adentro se repetía la misma situación de la vereda: mujeres y hombres, con sus pareos ellas, con sus mallas holgadas ellos, desplazándose tranquilamente de góndola en góndola mientras se aprovisionaban de víveres. El ambiente olía a bronceador. Junto a una gigantesca pirámide de latas de gaseosa que llegaba casi hasta el techo habían instalado un puesto donde obsequiaban muestras gratis de protector solar y diversos productos para la playa. Como pudimos comenzamos a avanzar entre la gente. Yo me empeciné en llevar el carrito pero mi papá no me lo permitió. Moverse por esos pasillos tan concurridos requería de carácter. Luego de un rato de cargar mercadería debimos detenernos tras un señor mayor que trataba de descifrar el precio de una lata de arvejas a la que sostenía con su mano derecha mientras forzaba el brazo al límite de su extensión, las gafas en la punta de la nariz. Así nos tuvo un buen rato esperando pues –absorto en su tarea− no había notado que bloqueaba totalmente la circulación de aquel pasillo. La gente en la cola comenzaba a impacientarse. No falta prácticamente nada, dijo mi papá y se quedó pensando por un momento, luego se volvió a mi hermano y le pidió que fuera corriendo a buscar algo para tomar mientras nosotros íbamos directamente a la caja a hacer la cola. Inmediatamente, mi hermano se escabullo  por entre las piernas del anciano y un instante después desapareció entre la gente.

Luego de unos segundos más, por fin este buen hombre se decidió a llevar la lata que tenía en la mano y otra vez la fila que se había formado detrás de él comenzó a moverse. Avanzamos penosamente por ese pasillo hasta que unos metros más adelante pudimos salir del embrollo hacia uno de los laterales. Fue ahí cuando oímos un estruendo proveniente de la entrada del local. Era un sonido raro. Cosas que caían. Un siseo. Golpes. Pasos atolondrados. Corridas. Carcajadas. Más cosas cayendo. Un zumbido incesante. Otro estruendo como el primero, aunque esta vez acompañado por exclamaciones de todo tipo. Por delante nuestro pasó corriendo un empleado del supermercado. Lo seguían dos más y luego otros dos. Continuaban cayendo cosas y ese zumbido tan extraño no paraba de crecer. Naturalmente nos apresuramos en dirección a la turba que ya se había amontonado unos metros más adelante. No fue hasta que estuvimos a unos pasos que finalmente pudimos ver lo que había sucedido: La pirámide de latas de Coca Cola que se erguía junto al puesto de bronceadores se había desplomado completamente. Parecerá desatinada la comparación, pero recuerdo que veinte años después, cuando vi por televisión la caída de las torres gemelas, lo primero que se me vino a la mente fue aquella pirámide de latas viniéndose abajo.

En la medida que golpeaban el suelo, algunos de los envases lisa y llanamente explotaban. Otros apenas si se rompían y empujados por un chorrito de espuma marrón y globosa,  giraban sobre si mismos como si fueran autitos chocadores. Algunos aceleraban hacia delante hasta que algo los detenía y otra vez cambiaban de rumbo. Ya casi no quedaban latas en pie. Las que habían caído al principio se desangraban lentamente encharcando el piso cerámico mientras que las recién caídas, con sus bríos casi intactos, realimentaban una reacción en cadena tan constante como inexorable. Finalmente sólo unas pocas quedaron en pie. No soy bueno con los números, pero seguramente más de mil latas yacían en el hall de ingreso del supermercado en medio de un charco marrón y pegajoso. No sé si será porque la mayoría de los que estaban allí venían de la playa, pero la reacción final de la gente fue aplaudir. Finalmente, por una puerta totalmente espejada, apareció una mujer. Había llegado corriendo y estaba totalmente desencajada. Avanzó lo que pudo hacia la rivera de la laguna y comenzó a insultar a dos o tres empleados que le quedaron a mano. Alternativamente miraba el líquido gomoso que lentamente se colaba bajo las góndolas, se tomaba la cabeza y le gritaba a sus subalternos. Jamás volví a ver a alguien con la cara tan de color  bordó.

Fue entonces que lo vimos. Mi hermano estaba ahí, a un costado, justo por detrás de está mujer iracunda, invisible a los ojos de todos, inmóvil, imperturbable, como siempre, con esa expresión que sólo nosotros conocíamos. Apenas nos bastó mirarnos a mi padre y a mí para saber que era lo próximo que debíamos hacer.

No estuvimos más de dos minutos en la vereda cuando lo vimos salir del supermercado. Pobrecito, le costó un poco deshacerse de la multitud que, en sentido contrario, intentaba entrar a ver el estropicio. Apenas libre hizo una mínima carrera y como si nada llegó hasta donde estábamos nosotros. Sin decir una palabra mi papá le tomó la mano y en silencio comenzamos a caminar hasta que encontramos otro lugar donde hacer las compras. Esa noche, mientras comíamos enormes trozos de sandía lo vimos todo en el noticiero local. Efectivamente habían sido más de mil latas. Ni siquiera nos miramos. No fue necesario aclarar que aquel sería nuestro primer gran secreto.

 

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