El Cuento del Tío

A Marcelo Quintana, por enseñarme que el humor es una manera valida de vincularse y de expresar afecto y respeto.

El tío Evaristo era un viejo jodido. Siempre fue un tipo difícil y para colmo, cuando era joven, se quedó rengo en un accidente de moto. Fue una noche volviendo del campo. Recién al otro día lo encontró un paisano tirado en el fondo de una cuneta al borde de un camino vecinal. Hacía ya casi un día que estaba tirado ahí, entre la podredumbre.

Jamás en su vida fue al médico. Luego del accidente una de las piernas le quedó bastante comprometida y ya nunca más pudo caminar con normalidad. A partir de entonces en el pueblo comenzaron a decirle el rengo y como era de esperar se volvió casi intratable.

Pese a todo el tío Evaristo tenía un sentido del humor muy particular. A eso lo aprendí tarde, con el paso del tiempo. Durante gran parte de mi niñez lo odié ciegamente. La verdad tengo que reconocer que un poco de ese odió me lo inoculó mi vieja. Ella tampoco lo quería. Se tenían un desprecio mutuo, cordial y silencioso. Así y solo así era que se vinculaban. Ninguno de los dos desperdiciaba cualquier oportunidad para malograrle el día al otro.

–Bueno… una cosa menos-  dijo el tío en voz alta cuando salían del cementerio el día que enterraron a mi abuela. Si bien ella lo tenía entre ceja y ceja desde el mismísimo momento en que lo conoció, esas palabras desencadenaron una sucesión de ataques y contraataques que se iteraron por más de cuarenta años. Nunca eran golpes mortales, pero eso sí, certeros. Su guerra de guerrillas consistía en molestar al otro casi hasta su límite pero dejándolo con vida para que hubiera lugar a nuevos y cada vez más sofisticados ardides.

En este instante me viene a la cabeza el incidente de los huevos fritos. Aquello me reveló por primera vez la naturaleza bizantina de esa contienda. Sucedió la vez que se cayó del techo de mi casa. Había subido a acomodar la tapa del tanque que cada tanto se corría con el viento. El agua empezaba a salir con porquerías y mi viejo estaba afuera por lo tanto no hubo más remedio que pedirle ayuda a él. ¡Que golpazo se pegó, pobre viejo! Todavía no entiendo como no se mató. Lo escuchamos rodar por el techo. Luego pasó como una exhalación por la ventana de la cocina que daba al patio. Cayó de espaldas en el piso de cemento. Cuando llegamos a ver qué le había pasado estaba culo para arriba buscando la boina entre los malvones del cantero. Aunque tenía un huevo enorme en la nuca nunca acusó recibo del golpe. Mi vieja se apiadó de él y esa noche lo invitó a cenar. Justo ese día volvía mi viejo después de un mes de trabajar afuera. Cuando ya estábamos casi todos sentados a la mesa el tío Evarísto levantó su vaso y lo miró a contraluz con desprecio. Finalmente lo cambió por el que había a un costado, en el lugar de mi papá. Ya de grande se abandonó pero todavía en esa época tenía la maldita costumbre de escrutar los cubiertos antes de comer. Mi vieja tenía la casa siempre impecable y cada vez que él hacía eso a ella se le subían los colores a la cara y le comenzaba a palpitar una venita acá, en la sien. Esa vez ella estaba de espalda pero supongo que de alguna manera percibió lo que él acababa de hacer. Cuando le trajo el plato con los huevos supe que algo iba a suceder. Sin decir una palabra lo dejó caer delante de él y se le sentó enfrente. El tío era de los que le agregan sal a la comida sin siquiera probarla. Por un instante se quedó mirando fijamente el plato y dejó escapar bien por lo bajo un par de palabrotas en vasco. Luego, con sus ojitos saltones, oteó la mesa buscando el salero. Mi vieja, visiblemente fastidiada, se levantó a buscar la sal. Cuando volvió intentó dársela en la mano.
-Dejala ahí-. se limitó a decir él, señalando con desprecio hacia el mantel. Sabiéndolo muy supersticioso, más de una vez intentó tomarlo por sorpresa pero el viejo era muy astuto y siempre advertía la maniobra con anticipación.

Ya estaba todo listo y empezamos a comer. Como de costumbre el viejo comenzó a sacudir el salero sobre el plato pero esta vez del recipiente no salió nada. Parecía estar tapado por la humedad. Otra vez farfulló algunas palabras tan ásperas como ininteligibles a la vez que golpeaba el fondo del recipiente con la palma de la mano. Apenas si cayeron unos pocos granitos. Inmediatamente lo volvió a golpear pero con un poco más de fuerza. Ahora la tapa metálica se desprendió completamente y toda la sal cayó sobre el plato. Los huevos quedaron totalmente cubiertos por una montañita blanca. Mi vieja, sin desviar la vista de su plato, apenas dejó asomar una sonrisa entre dientes mientras el tío bajaba a todos los santos del cielo para putearlos a los gritos.

Más allá de la influencia que pudo tener en mí esa pequeña guerra fría que había entre ambos, yo tenía mis propios y muy íntimos motivos para haberle dedicado los pensamientos más abyectos que un niño pudiera tener. De todos modos ahora que yo también soy viejo y que puedo ver las cosas desde otro punto de vista me doy cuenta que para el tío Evaristo aquellos comentarios filosos, las pequeñas maldades que solía hacer y ciertos malos hábitos que jamás se molesto en cambiar, eran de alguna manera su único modo de expresión.

Era muy mentiroso. Vivía inventando historias. Le encantaba bolacearnos a nosotros, los más chicos. A un primo segundo mío que nos había venido a visitar por primera vez le hizo creer durante todo el verano que cuando él era joven había trabajado en el astillero y que como ni siquiera había baños y los jefes les estaban todo el día encima tenían que  correr los barcos con la mano para poder mear en el agua. Cada vez que lo veía le contaba lo mismo y mi primo, de altanero y desconfiado que era, no sabía si creerle o no. Resulta ser que parte de lo que contaba efectivamente era cierto. Cuando era joven había trabajado en el astillero. Aún le quedaban algunos amigos allí y cuando los visitaba aprovechaba para acercarse hasta los amarraderos y se quedaba por horas junto a los barcos que esperaban reparaciones. Me sorprendió mucho con el afecto que lo despidieron los empleados más jóvenes el día que lo enterramos.

En medio de una de las tantas siestas lánguidas y repetidas de aquel verano en que mi primo se vino al pueblo le dijo que tenía ganas de ir a mear al astillero. Lo subió al manubrio de la bicicleta y tomó por la calle de tierra que conducía al río. Cuando llegaron no había casi nadie. Al regreso mi primo nos contó azorado como lentamente se fueron acercando a una mole que estaba amarrada en una de las dársenas. Todo el borde de la plataforma estaba flanqueado por cubiertas en desuso que servían para amortiguar el roce constante entre las embarcaciones y el muelle. Luego, muchos metros más abajo, el río, negro y alquitranado, se revolvía en lentas volutas oscuras. El viejo se acercó despacio al mastodonte y le apoyó una mano en el costado como quien acaricia a un elefante. Se tomó su tiempo. Miró hacia un lado y el otro varias veces. Finalmente, enarcando las cejas con aspereza, se recostó un poco sobre la enorme pared metálica. Inmediatamente el barco comenzó a moverse. Apenas se hubo separado unos centímetros del muelle el viejo sotreta se desprendió la bragueta y con las piernas bien abiertas meó por el hueco durante un minuto que pareció interminable. Abajo, el sonido cristalino del agua alborotaba crecía en ecos metálicos y se perdía en el calor insoportable de la tarde. Luego, haciendo equilibrio al borde del muelle, se subió el cierre del pantalón con la mano libre. Finalmente se corrió hacia atrás y clavando sus uñas gruesas, filosas y renegridas en uno de los remaches del casco, volvió a traer la nave a su posición inicial con la misma naturalidad con la que cualquier hijo de vecino le baja la tapa al inodoro. Mi primo no podía creer lo que había visto. Luego de limpiarse las manos en el pantalón, de un tirón lo tomó del brazo y lo arrancó de su embeleso para llevarlo casi a los empujones hacía donde habían dejado la bicicleta. A la noche, cuando durante la cena mi papá le contó que esa era una broma que solían jugar en el astillero a los incautos, mi primo se puso rojo de rabia. De todos modos, esa vez, lejos de molestarme, me regocijé un poco. Mi primo se lo merecía, pero esa es otra historia.

Como dije, era bravo el viejo. Y rápido. Era filosísimo para ponerle motes a la gente. Cuando me hice adolescente comenzó a llamarme piano embrujado y tengo que confesar que nunca me pude enterar por qué. El viejo me vivía jodiendo con eso. Se mataba de risa solo cada vez que me lo decía. Hasta para morirse fue hincha pelotas. Nunca supe cuantos años tenía cuando se fue, pero era viejísimo. Sus últimos años los pasó  en un local en el que había funcionado una mercería. Allí vivía él en medio de una austeridad monástica. Todas las comodidades que tenía se reducían a un baño minúsculo, una cocinita apenas oculta tras un biombo, un ropero prácticamente vacío, una mesa, una silla y un catre sin patas en un rincón. Nunca había trabajado más de lo necesario pero había podido jubilarse. Con eso podía costearse ese reducido espacio el cuál se hallaba siempre sumido en la penumbra. Recuerdo que al principio, cuando recién se había mudado allí, algunas veces solía levantar la pesada cortina metálica del frente. Luego de un tiempo dejó de hacerlo, finalmente la cortina se anquilosó y quedó permanentemente inmóvil.

Lo encontraron muerto luego de unos días. De casualidad se asomó una viejita que a veces le hacía los mandados y lo vió en el suelo, desparramado sobre el biombo. Nunca supimos que pasó. Solamente sé que estaba caído boca abajo, con la cabeza atrapada entre la cocina y el ropero. Cuando lo fueron a buscar para velarlo se dieron cuenta que la camilla no pasaba por la pequeña puertita de la cortina metálica y tuvo que venir un herrero a abrir un boquete más grande. Lo vi cuando se lo llevaban tapado con una sábana. Me dio mucha tristeza porque para esa altura yo ya era casi un hombre y hacía tiempo que lo había perdonado.

….

Mi primer amor fue la señorita Claudia, mi maestra de segundo grado. Me había enloquecido su pelo largo hasta la cintura. Cuando caminaba entre los pupitres inundaba el aire con perfume a chicle de tutti fruti. En realidad todos estábamos enamorados de ella. Una vez mi compañero de banco apareció con la novedad de que la noche anterior se le había caído un diente. Lo tenía en una cajita de fósforos y se lo mostraba a todo el mundo. Ese día, cuando lo exhibió ante la señorita, ella lo examinó detenidamente sin sacarlo de la cajita, luego lo dejó sobre el escritorio y tomando a mi compañero por el mentón le pidió que sonriera. Él, extasiado, le regaló una enorme sonrisa a la vez que metía la punta de la lengua en el pequeño huequito negro que le había quedado en la boca. A partir de entonces no pude esperar en paz a que se me empezaran a aflojar los dientes de leche. Estaba decidido a llevarlos a la escuela uno tras otro para impresionar a mi maestra.

Finalmente el milagro comenzó a suceder. Un mañana noté que uno de ellos se movía. Horas y horas me pasé mirándole el pelo mientras escribía en el pizarrón. Con la lengua movía el diente flojo de aquí para allá y soñaba con ofrendárselo en una caja de fósforos el día que finalmente se cayera.

Los días pasaron con una tremenda lentitud hasta que una mañana de sábado, apenas desperté, noté que lo que yo tanto esperaba sucedería de un momento a otro. Debía conseguir urgentemente una cajita de fósforos para preservarlo. Corrí a pedirle una a mi mamá pero me dijo que era imposible. La única caja que había en casa en ese momento, además de ser enorme, estaba recién comprada, por lo tanto llena. Si la quería iba a tener que esperar. Me quedé pensando un momento mientras miraba como abultaba la caja roja sobre la mesada de granito. De alguna manera debía solucionar aquello. Seguramente el diente no tardaría más de un día en desprenderse. Mi vieja, apurada como todas las mañanas, me apartó a un lado y salió de la cocina por la puerta que daba al patio.

-¿Para qué quiere la caja de fósforos sobrino? dijo de pronto una voz a mis espaldas. El tío Evaristo estaba sentado junto a la heladera. Yo ni siquiera lo había notado.

-Para el diente tío –le respondí pensativo- Para llevarlo a la escuela.

Se me quedó mirando. Supe que tramaba algo, pero nunca me hubiera imaginado que podía ser capaz de hacer lo que me hizo.

-Mirá, yo tengo una- dijo mientras revolvía uno de los bolsillos de su bombacha de campo- Ves, acá está.

Recuerdo que el corazón me dio un salto cuando vi la cajita. Era exactamente igual a la de mi compañero de banco. Apenas me estiré para alcanzarla la volvió a guardar.

-Yo te la voy a dar, pero con una condición…

-¿Cuál?- le pregunté receloso.

-Es simple: yo te doy la cajita pero vos me tenés que dejar sacarte el diente.

-¿Qué?- le pregunté incrédulo mientras me retiraba un paso.

-Que te doy la caja pero si me dejas que te saque el diente. Lo único que tenés que hacer es traer el costurero de tu vieja y quedarte piola- dijo tranquilamente.

Justo en ese momento mi mamá volvió a entrar a la cocina y ambos guardamos silencio. Me quedé mirándolo. No sabía qué hacer. Pensé que el viejo estaba loco, pensé en contárselo a mi mamá, pensé en la señorita Claudia.

Apenas mi vieja volvió a salir de la cocina fui corriendo a buscar lo que me había pedido. A tientas pasé las manos sobre la máquina de tejer hasta que encontré la caja de madera donde mi mamá guardaba los hilos y las agujas.

-Quédese tranquilo sobrino- me dijo cuando le di las cosas- le prometo que no le va a doler.

Casi litúrgicamente desenrolló un trozo de hilo blanco y le hizo un nudo flojo justo al centro. Me pidió que me acerque y que abra bien la boca. Obedecí aterrado. Pude sentir el roce de sus dedos ásperos en la barbilla mientras acomodaba el lacito justo alrededor de ese mínimo istmo de carne que unía al diente con resto del cuerpo. Sin siquiera prevenirme tiró de ambos extremos en seco. Sentí un brevísimo sacudón e inmediatamente me llevé las manos a la boca. El me tomó de los hombros y por un instante nos miramos fijamente. Comencé a sentir el sabor dulzón de la sangre que lentamente brotaba del hueco que había dejado el diente. Con la punta de la lengua me cercioré de que ya no estuviera ahí. Él tenía una expresión brillante en la mirada, como si hubiera vuelto a ser un niño otra vez. Finalmente buscó en uno de sus bolsillos y extendió su mano árida con la cajita de fósforos. La verdad que ya ni me acordaba cómo había comenzado todo aquello. De pronto me di cuenta que algo andaba mal. Me imaginé el rostro de desazón de la señorita Claudia. El corazón me apretaba la garganta y no pude contener el llanto ni un segundo más: el diente no estaba, me lo había tragado.

-No llores. No es nada- me dijo con una sonrisa ladeada y socarrona. Aún me sostenía de un hombro y me miraba fijamente a los ojos. En ese instante se me aflojaron las piernas y en contraposición a su cara añeja y arrugada solo pude a ver el rosto ensombrecido de mi maestra.

Lo odié con toda mi alma.

-Soltame viejo hijo de puta- le grite furioso- Me hiciste tragar el diente –le reproché dejando de llorar súbitamente. La furia del momento me dió una sensación de dignidad que creo nunca volví a tener en mi vida. Estaba rojo de rabia y me dolían los puños de tanto apretarlos.

– No se preocupe hijo –me dijo tratándome nuevamente de usted- le voy a dar la revancha–

Lentamente volvió a tomar la bobina de hilo. Esta vez desenrollo un trozo un poco mas largo, le hizo un nudo en la punta y se lo ató a los incisivos. Antes de dármelo lo probó con un par de tirones fuertes. Me dijo que un hombre que se equivoca tiene la obligación de dar revancha.

-Ahora te toca a vos. Me vas a arrancar un diente por lo que te acabo de hacer. Ojo por ojo ¿Me entendés? No se preocupe que me lo merezco sobrino…tiene razón… soy un viejo hijo de puta- remató.

Otra vez el corazón comenzó a latirme como si tuviera un pájaro atrapado entre las costillas.

-Vamos, tire, hágase hombre -me azuzó.

Nuevamente pensé en ella y sentí un calor intenso y profundo que me subía en oleadas desde la entrepierna hasta la nuca. Respire profundamente y pese a que era un asco de mocos y lágrimas, por un instante sentí con una nitidez embriagadora aquel perfume a chicle de tutti frutti.

Di un tirón tan fuerte, con tanto odio y con tanto dolor que terminé caído de espaldas en el piso. Los dientes del viejo volaron por el aire y fueron a parar debajo de la mesa. Sentí un asco inenarrable, una repulsión extrema. Mientras tanto él se retorcía a un costado.

Luego de un segundo comenzó a reírse a carcajadas dándome la espalda. Finalmente comenzó a girar lentamente y quitándose las manos del rostro me reveló sus encías babosas y desnudas.

Así fue como me enteré que el hijo de mil putas del tío Evaristo había usado dentadura postiza toda su vida.

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