El Peñón de XiXi

-¡Quembé, quembé! – los escucho gritar furiosos.  Luego, sobre el tronar de las olas que se estrellan contra el Peñón logro distinguir el crepitar de la antorcha. Un humo azul y denso envuelve la pira. Grito inútilmente. Grito con todas mis fuerzas. Ya siento las lenguas de fuego lamiéndome la espalda desnuda.

Luego de doce días de agonía, Capoñato, el Jefe de la tribu más importante de la laguna finalmente moría. Había recibido una pedrada en la cabeza mientras participaba de un ritual junto con algunos dignatarios de las demás familias. Era la primera vez que sucedía algo así.

El maamaché se oficiaba para que los dioses del mar entraran a la laguna. Las cinco tribus habían vivido en torno a ese enorme espejo de agua salada desde el inicio de los tiempos. Durante siglos de devenir las olas habían horadado un enorme pasaje en la pared de piedra que los separaba del mar. Justo frente a esa entrada, como un guardián, se alzaba el Peñón de XiXí. A la distancia me recordaba a la giba de un dromedario. En sus terrazas desnudas era que los dioses protectores de las aldeas se entretenían viendo a estos hombrecitos jugar su juego sagrado.

Capoñato  utilizaba estas prácticas más allá de lo deportivo e incluso de lo religioso. Eran la excusa perfecta para reunirse con los demás jefes y concertar sobre los asuntos de su tierra. Estos curiosos hombres dedicaban un buen rato a arrojarse la pelota los unos a los otros -en realidad lo que se arrojaban era una piedra redondeada a la que llamaban totúmulo- luego se retiraban a los edificios principales y pasaban varias horas debatiendo y filosofando sobre los destinos de sus pueblos. Finalmente comían, bebían y gozaban de las jóvenes más hermosas de la aldea. Capoñato brillaba en estos encuentros no tanto por sus habilidades atléticas aunque si como estratega político. Su figura superaba muy ampliamente la media intelectual de los habitantes del lugar.

El maamaché era siempre una fiesta pero esta vez algo había salido mal y uno de los jugadores había destrozado la nuca de Capoñato  con el totúmulo. En el transcurso de los días varios brujos y curanderos desfilaron por la aldea para intentar salvarlo pero pese a las trepanaciones y otras prácticas desesperadas nunca lograron despertar al líder.

Siempre me interesé por aquellas tribus que aún se hallaban aisladas del mundo moderno. En un principio suponía que en realidad las poblaciones de pigmeos que habitaban la laguna marina de Xanambó, al noroeste de Ecuador, no existían, que simplemente eran un mito. Pero cuando mi editor me comentó que existía la posibilidad de abrir un canal de comunicación con uno de los clanes para hacer un relevamiento de sus costumbres no dudé un instante en ponerme a su disposición.

Las cinco tribus que vivían en torno a la laguna mantenían sus costumbres precolombinas prácticamente intactas. Debido a que ocupaban un territorio selvático virtualmente inexpugnable y alejado a miles de quilómetros de la ciudad más próxima habían podido llevar un estilo de vida pacífico y natural como casi ningún otro pueblo del planeta. Se los consideraba un fósil social viviente, sobre todo teniendo en cuenta que habían desarrollado una subsistencia ordenada, respetándose a ellos mismos y a su entorno.

Una vez en el avión que me llevaba hacia allá repasé mentalmente el itinerario. Serían varias jornadas de marcha dura hasta llegar al lugar. De todos modos nuestro contacto no nos daba garantías de que pudiéramos tener éxito. Fueron muchas las expediciones que debieron regresar con las manos vacías pues los nativos no les permitieron quedarse. Ni siquiera el mismísimo Charles Darwin logró hacerlo cuando a principios de siglo intentó fondear su barco en la laguna. Entre los aventureros y los científicos circula un mito que dice que en realidad Darwin huyó de allí luego de que los indígenas intentaran hervirlo vivo. En un principio supuse que esto no era posible. Poco y nada sabían estos pueblos del fuego. Es más, sus especialidades eran rústicas comidas basadas en frutos de mar macerados en vinagres y jugos de lumpamiel. Hoy tengo evidencias para pensar que en realidad todo aquello podría haber sido cierto.

Eventualmente el líder Capoñato  aceptó tenerme un tiempo bajo su tutela. Apenas llegué al final del interminable sendero que me condujo al poblado, él en persona se acercó a recibirme. Lo primero que hizo fue tomar mis manos y examinarlas con cuidado. Pronunció una serie de palabras por ese entonces incomprensibles. Hoy sé que dijo que yo era el portador del fuego y esas palabras, aunque olvidadas por un tiempo, fueron definitivas en esta historia.

Aunque la hospitalidad era una de sus principales virtudes eran reticentes a practicarla con el hombre blanco; aun así decidieron que me recibirían por cuatro quebecs, o sea casi un año. Pese a la cordialidad de la bienvenida debí entregarles mi cámara para poder quedarme. Por lo demás solamente se me permitía anotar algunas cosas en un cuaderno aunque de todos modos decidí simplemente confiar en mi memoria para no entorpecer mi relación con los indígenas. Me limité a escribir palabras sueltas que me ayudaran a comprender mejor el dialecto suave y dulzón con el que se comunicaban allí.

El clima en la aldea se enrareció apenas corrió la noticia de la muerte del líder. Supuse que convocarían a algún consejo de ancianos o algo así pero las horas pasaban y todos permanecían inmóviles en torno al cadáver. Por precaución me retraje todo lo que pude. Pese a que a duras penas podía comprender el idioma noté que había una enorme sensación de desconcierto aún entre los más encumbrados consejeros. Aunque siempre se mostraron pacíficos y amables conmigo ahora dudaba si eso en realidad obedecía a su bonhomía o a mi buena relación con el líder muerto. Las costumbres locales eran decididamente contrarias a los forasteros.

Nadie durmió aquella noche. Finalmente, al día siguiente, con la llegada del líder del poblado contiguo surgieron novedades. Un chamán que lo acompañaba dijo saber sobre antiquísimos relatos que afirmaban que si un jefe moría durante el maamaché se lo debía trasladar al Peñón de XiXí luego de tres días de honras fúnebres. Ante la incredulidad de su audiencia ensombreció la voz y agregó que su cuerpo debería arder allí mientras se ponía el sol. Solamente de ese modo su espíritu descansaría en paz.

Todos permanecieron en silencio. La revelación del chamán les resultó por lo menos inquietante. Jamás habían cremado un cuerpo y menos aún al de un líder tan carismático y trascendental como Capoñato. Luego de un rato decidieron convocar al brujo más anciano de la tribu, Beretrino Traca. Su palabra sin dudas traería solaz.

El viejo llegó luego de unos minutos que parecieron eternos. Entró escoltado por varios hombres. Algunos de ellos lo ayudaron a sentarse en el suelo. Mientras entraba en trance los larguísimos mechones de pelo blanco que colgaban de su cabeza barrían la arena del suelo con cada vaivén. De pronto se quedó inmóvil y permaneció así por largo rato.

Luego de hartarse de esperar en silencio uno de los nobles presentes se atrevió a decir en voz muy baja que le parecía descabellado quemar el cuerpo de Capoñato. Animado por este comentario, otro más opinó lo mismo. Solamente pensar en eso les resultaba inadmisible. Un camposanto bastante precario situado a unos kilómetros de la aldea recibía a los muertos comunes mientras que a los nobles los depositaban en los subsuelos del sumunel, una especie de templo bajo construido casi al ras del suelo y que se hallaba más próximo al poblado. No encontraban razón para romper esta tradición.

Finalmente comenzaron a discutir de nuevo. El aire se volvió a llenar de palabras oscuras. De pronto se escuchó un alarido que los hizo enmudecer. Beretino Traca había salido del trance y se erguía entre todos ellos con una vitalidad inusitada.

-El fuego consumirá a Capoñato  al anochecer del tercer día. Esa es la voluntad de los dioses del mar- dijo con una voz cavernosa y profunda.

-¿Pero cómo vamos a hacerlo? Nadie se atreverá –dijeron casi a coro algunos de los que lo rodeaban.

-Tine, tine, depica tine – dijo el anciano girando la vista hacia donde estaba yo- Tine, tine, depica tine. –Insistió nuevamente. Luego, con la ayuda de un jovencito, volvió a sentarse.

El visitante ayuda, pensé yo. Eso era lo que decía Beretino Traca. Ahora todos me miraban en silencio.

-Tine, tine, depica tine-  dijo uno de ellos, y se me acercó casi hasta que pude sentir su respiración nerviosa y efervescente sobre mi rostro. Otra vez comenzó el griterío.

Tardé bastante en darme cuenta a que se referían. El visitante ayuda, pensé, y un escalofrío me heló la espalda. Finalmente me rodearon por completo. Ahora todos repetían las palabras del viejo. Inmediatamente dos de ellos me tomaron de los brazos y me sacaron fuera de la choza. Casi a la rastra me condujeron hacia donde se encontraba el cadáver del líder.

El cuerpo de Capoñato  yacía desnudo boca arriba sobre un catre en una de las recámaras del jaumín donde vivían su esposa y sus otras concubinas. No era la primera vez que yo entraba ahí. Solíamos compartir allí las tardes de lluvia. Él me citaba para beber té de jajala mientras me contaba sobre las tradiciones de su pueblo. Luego de un rato se retiraba y yo me quedaba con una de sus amantes quien estaba a cargo de enseñarme su dialecto y aprender el mío. Era notable la naturalidad con la que la mujercita estaba aprendiendo el español. Al poco de empezar con nuestros intercambios ya podíamos mantener conversaciones rudimentarias pero sumamente entretenidas. Era muy joven e increíblemente hermosa. Su nombre era  Vilipán, que en XiXítán significa una entre todas.

Aquel hombre muerto justo allí frente a mí y toda esa gente a mis espaldas configuraban una situación incomprensible en aquel momento. No podía dejar de mirar el enorme chichón que le sobresalía del costado de la cabeza.

Tine, tine, depica tine –me dijo consternado uno de sus consejeros mientras me señalaba el cuerpo. –Quembé, quembé -me repetía con insistencia. Luego volvieron a tomarme de un brazo y me condujeron a la recamara contigua donde descansaban la esposa y las amantes de Capoñato. Vilipán se puso de pie y me invitó a sentarme entre ellas. Pese a la penumbra de la choza pude notar que su aflicción no era fingida y sumía del mismo modo a las cuatro mujeres.

-Quieren que los ayudes a quemar el cuerpo -me dijo- Tu sabes cómo hacerlo. Eso dicen los dioses- afirmó. La voz de Vilipán era lo único que podía oírse en la lúgubre recamara.

-Yo soy solamente un fotógrafo –intenté explicarles en vano; aunque sabía bien que mi profesión no significaba nada para ellos. –Respetaba mucho a Capoñato también voy a echarlo de menos, pero no encuentro el modo de ayudarlos. No sé cómo cremar a un muerto. Vilipán, ayúdame por favor. No sé cómo hacerlo –le supliqué finalmente tomándola de las manos con desesperación. Jamás antes me había atrevido a tocarla hasta ahora.

-Tú sabes. Eres el indicado. Lo dicen los que vinieron antes… y lo dijo él mismo. Sabían que tú vendrías. Ya has visto esto antes –me respondió mirándome con una infinita ternura a la vez que con delicadeza corría su mano de la mía -debes intentarlo pues una vez muy lejos de aquí ya viste el fuego-concluyó.

Me hundí sobre mi mismo mientras la mirada oscura de Vilipán me envolvía. Cerré los ojos y pensé en qué sería de mí ahora. Toda esta situación podía tornarse peligrosa si persistían con la descabellada idea de que yo podía cremar al muerto. Luego de mucho tiempo volví  a recordar las palabras con las que me recibió Capoñato cuando llegué a la aldea. ¿Sería posible que todo esto fuera más que una coincidencia? ¿Y si lo que dijo el líder fuera cierto? De pronto recordé algo. Mi expresión debió cambiar pues cuando volví a abrir los ojos vi en sus rostros una expectativa renovada. Vilipán sonrió.

En uno de mis primeros viajes a África pude presenciar cómo la Cruz Roja cremó a una pareja de recién casado muertos de una extraña fiebre que se los llevó en unos días. Recuerdo que los recostaron sobre una especie de camastro construido con troncos y luego de cubrirlos con aceites y más troncos y ramas los hicieron arder durante horas. No sé si lo que hicieron aquella vez puede considerarse una pira funeraria pero al fin de cuentas pude verlo y fotografiarlo. Cerré los ojos nuevamente  y pensé en aquella fotografía. Recordé que inclusive logré venderla bastante bien y se publicó en alguna revista. Era de noche. Ahora el recuerdo era un poco más claro y todo aquello comenzaba a revelarse nuevamente. Al fin y al cabo no podía ser tan difícil construir una pira funeraria. ¿Si los de la Cruz Roja habían podido hacerlo por qué yo habría de fallar? Cuando abrí los ojos nuevamente me encontré con la mirada desconsolada de la viuda. Sin saber muy bien que era lo que hacía asentí con la cabeza. Un instante después estallaron en vítores y me condujeron nuevamente al exterior de la choza.

Desde ese momento Vilipán no se separó de mi lado y me servía de interprete dondequiera que fuera. Lo primero que hice fue decirles que necesitábamos conseguir mucha madera. Esto no era un problema debido a que los bosques de tates y manguales abundaban. También pedí que recogieran unas algas que crecian junto a las rocas y las pusieran a secar sobre la arena. Una vez mustias ofrecerían un colchón áspero y crujiente el cual imaginé que ardería con mucha facilidad. Teníamos dos días de trabajo arduo. Las honras fúnebres ya habían comenzado y de a poco empezaban a llegar los jefes y nobles de las otras aldeas. Mientras tanto nosotros acopiábamos los materiales necesarios en un rincón alejado de la playa.

Finalmente tuvimos todo lo que necesitábamos. Algunas mujeres sumamente voluntariosas habían trenzado varios metros de xintijali, que era una especie rastrera de hojas largas que serviría perfectamente para unir los troncos de la pira. Ahora lo que restaba era resolver como llevar todo aquello al Peñón de XiXí. Si bien la laguna era mansa, las barcas de las que disponíamos nunca habían transportado más que pescadores. Resolvimos el asunto uniéndolas de a dos en dos. Una vez que nos hicimos de todo lo que necesitábamos, incluidas tres enormes ánforas de aceite, partimos hacia el Peñón.

El viaje fue mucho más duro de lo que esperábamos. Lo que normalmente no llevaría más de una hora de remo constante terminó extendiéndose por más del doble de ese tiempo. Apenas estuvimos boyando junto a uno de los flancos del Peñón sentí un estremecimiento en todo el cuerpo. Nuevamente todo aquello me pareció una locura y lamenté que en realidad las tribus de la laguna de Xanambó no hubieran sido solo el invento de algún naturalista trasnochado.

Nunca creí que el Peñón pudiera ser tan grande. Lo que de lejos parecía una forma roma y gentil, de cerca presentaba filos y bordes por donde se lo mire. Las paredes de roca negra amenazaban con destrozar las barcas al más mínimo encontronazo. Los botes subían y bajan sobre las olas, el Peñón parecía respirar.

Lentamente algunos de los hombres que nos acompañaban treparon a la roca y comenzaron a posicionarse para iniciar la descarga. Llevar los troncos y el aceite hacia la terraza que elegimos pare erigir la pira consumió ocho horas completas. Pese a que los hombres estaban exhaustos volvieron a asegurar los botes y luego comenzaron a trabajar bajo mis órdenes. Por primera vez en mucho tiempo deseé haber tenido mí cámara conmigo. Desde la altura del Peñón podía ver la laguna a un lado y la inmensa bastedad del océano Pacífico al otro. La pared rocosa que separaba a todos aquellos seres dulces y taciturnos del furor del océano había estado allí desde siempre y les garantizaba la vida de quietud y contemplación que llevaban. A varios cientos de metros de la entrada abierta por las marejadas, el Peñón se encargaba de derrotar las olas que intentaban pasar desmoronándolas en dos ríos de espuma que se internaban como una lengua blanca y bífida hacia el interior de la laguna. El agua en la playa, en su quietud, ignoraba la batalla eterna que se libraba mar arriba. Desde esa altura la extraña configuración geográfica del lugar tomaba otra perspectiva. La laguna de Xanambó era un sitio prácticamente imposible y como tal había moldeado la existencia de todos esos seres de un modo sumamente singular.

Junto a nosotros viajaron varios consejeros. Aún estando en los botes decidimos colocar la pira en  una de las terrazas laterales desde la cual podía verse la totalidad del paisaje. Mientras algunos de nosotros construimos la parte inferior, los demás ensamblaron la tapa y prepararon el relleno de algas para los huecos que pudieran quedar. Finalmente nos aseguramos de proteger las ánforas de aceite y el resto de los materiales que habíamos dejado allí para la ceremonia final.

Luego de casi un día de trabajo ininterrumpido volvimos a las barcas. Increíblemente nadie había resultado herido. Los dioses nos favorecían. Era la primera vez que me veía forzado a dejar atrás mi rol de espectador en ese pequeño universo prestado. Por primera vez podía experimentar la enorme gratitud que me profesaban todos esos desamparados.

Cuando volvimos la aldea ebullía de actividad. El funeral estaba en su plenitud. Los poblados vecinos habían quedado casi desiertos y todos rendían tributo al malogrado Capoñato.

Pese al cansancio decidí dirigirme hacia donde exhibían el cuerpo. Los restos del líder descansaban sobre una litera adornada con todo tipo de flores y a su lado se apostaban seis guerreros. El olor era nauseabundo. Capoñato  llevaba muerto casi dos días. Afuera los hombres se apiñaban en racimos y no dejaban de beber guiñote. Desde los caminos que conducían al pequeño poblado no cesaban de llegar las comitivas de las demás aldeas. Estaba intentando calcular cuántos se agolpaban allí cuando Vilipán se me acercó y me ofreció un cuenco con bebida. Apenas tragué un sorbo sentí como me ardían hasta los huesos. Vilipán sonrió.

-Fue un día largo –le dije mientras me enjuagaba el sudor de la frente con el antebrazo. Ella asintió con la cabeza y bajó la mirada. La vi alejarse entre todos aquellos seres diminutos y me pregunté qué sería de ella de ahora en adelante.

El sol de la mañana me sorprendió durmiendo en la arena. No podía recordar bien como era que había llegado hasta ahí. Probablemente había bebido más de la cuenta. A lo lejos alguien gritó mi nombre. Era Papacho, uno de los locales que habían ayudado con la construcción en el Peñon. Era por mucho el más fornido de todos ellos. Medía casi lo mismo que yo y sus brazos forjados en el acarreo de troncos triplicaban fácilmente el volumen de los míos. Con mucha dificultad me dio a entender que esa misma tarde trasladaríamos a Capoñato. Apenas hubiera bajado el sol debíamos proceder con la cremación. Otra vez volví a experimentar el enorme peso de la responsabilidad que me habían asignado, aunque esta vez luego de un momento me sentí aliviado pues todo estaba saliendo mejor de lo que imaginaba. Decidí mantenerme alejado de todos por unas horas pero me fue imposible. Unos minutos después se me acercó Vilipán y me entregó un karpac reluciente. Me explicó que una de las doncellas lo había confeccionado para mí mientras estábamos en el Peñón. Se me quedó mirando. –tirica mia karpac –me urgió. Quería que me cambiara ahí mismo. En vano intenté pedirle que aunque sea mirara para otro lado.  –tirica mia karpac –volvió a repetir con insistencia. Encogiéndome de hombros le di la espalda y me desnudé completamente.

El karpac es la prenda más común entre los nativos, pero como yo era ligeramente más alto que ellos, la falda que se suponía debía cubrirme hasta las rodillas apenas llegaba a la mitad del muslo. Giré hacia Vilipán mientras que con dificultad intentaba bajar un poco aquel extraño vestido.  Vilipán rió a carcajadas y me pidió que la siga.

Al caer la tarde se había reunido una verdadera multitud en torno a la choza del difunto. Sin dudas yo era el primer hombre blanco que podía arriesgar una cifra sobre la cantidad de habitantes que tenía la laguna. Uno de los consejeros se acercó y me dio a entender que el final del funeral era inminente. Mis hombres aguardaban en la costa con todo listo para trasladar el cuerpo. Pese a que el desfile del cuerpo de Capoñato por los lugares sagrados de la aldea sería un acontecimiento histórico para la tribu, decidí que iba a perdérmelo pues mí lugar estaba en la playa, donde me necesitaban en los preparativos finales.

Cuando llegué a los botes pude ver que la laguna estaba extrañamente encrespada. Las lenguas de espuma que surgían de los lados del Peñón llegaban casi hasta la costa. Un viento frío había comenzado a soplar desde el océano y los pescadores que iban a acompañarnos estaban un poco nerviosos pues no solían a navegar de noche. Debíamos prepararnos para partir apenas llegara el cuerpo del muerto. El bote que iba a trasladarlo estaba cubierto con flores y una larga soga de xintijali lo unía a otro bote ubicado varios metros más adelante. Capoñato viajaría solo hacia su última morada. Debí caminar un buen trecho con el agua hasta la cintura para alcanzar mi lugar en la embarcación. La laguna parecía un caldo caliente y espeso.

Finalmente el cortejo llegó a la playa y en medio de lamentos y letanías depositaron el cuerpo del líder entre las flores que cubrían el fondo de madera. Dos soldados movieron gentilmente la embarcación de atrás hacia adelante hasta liberarla de la arena húmeda. El bote fúnebre se bamboleó suavemente sobre la superficie hasta quedar completamente inmóvil. El cuerpo de Capoñato, envuelto en una mortaja de telas ásperas, estaba por iniciar su último viaje. Los hombres comenzaron a remar muy lentamente mientras desde la costa seguían llegando el pesar de su gente.

Mientras atravesábamos el crepúsculo en medio de un silencio cerrado pude ver en aquellos hombres las mismas miradas de desconcierto que se intercambiaban el primer día en que navegamos al Peñón. Nuevamente se daban lugar a dudar si era que estaban haciendo lo correcto. Yo en cambio sentía una seguridad desconocida hasta entonces. Estas gentes habían confiado en mí y de algún modo ya me sentía parte de ellos.

Mientras nos acercábamos al Peñón los hombres que había dejado allí el día anterior preparaban los aparejos para subir el cuerpo. Habíamos previsto que lo envolverían en telas al momento de sacarlo de su choza del mismo modo en que solían hacerlo con todos los difuntos. Además, en el bote que lo transportaría habíamos dejado oculto bajo las flores un arnés construido con unas cañas delgadas pero muy fuertes que nos permitirían izar el cuerpo hasta lo alto. Todo funcionó tal cual lo esperabamos y justo cuando el sol comenzaba a ponerse depositamos el cuerpo de Capoñato sobre la pira.

Luego de una última oración cubrimos el cuerpo con las algas y los aceites que teníamos allí arriba y lo tapamos con la madera que restaba. Pedí a todos que se movieran hacia atrás pues ignoraba la magnitud de las llamas que pudieran producirse. A un costado el muchachito que sostenía la antorcha que habíamos traído encendida desde tierra miraba todo aquello con los ojos abiertos de par en par; sus piernas temblaban como dos juncos. Finalmente se la entregó a uno de los nobles que nos habían acompañado. Todos oraban en voz muy baja. Yo me moví discretamente a un costado. Desde donde estaba ahora podía oír perfectamente como abajo, luego de una caída de varias decenas de metros, el mar se estrellaba contra las rocas. El hombre que portaba la antorcha me buscó con la mirada y se me acercó. Todos hicieron silencio.

–Ahora comprendemos por qué te aceptó. Eres el portador del fuego –me dijo a la vez que me entregaba la antorcha. Lo miré incrédulo. Se corrió a un costado y me señaló la pira. Por un instante me quedé inmóvil. Ya estaba todo dicho y hecho, solamente faltaba encenderla. Me acerqué lentamente. Me temblaba todo el cuerpo y debí respirar profundamente varias veces para calmarme. Una vez que  estuve frente a la estructura de madera comprendí que luego de aquel momento ya nada sería igual. Lentamente introduje la antorcha entre los troncos. Casi inmediatamente las algas comenzaron a crepitar mientras soltaban un humo negro y dulzón. Apenas di dos pasos hacia atrás el aceite se inflamó y la pira quedó envuelta completamente por las llamas. Debí girar sobre mi mismo para evitar todo aquel calor.

Así, mezclada con el humo que subía, sentí que se me iba la vida tal cual la había conocido hasta ese momento. Cuando levanté la vista vi algo inolvidable. Infinitas llamas, una junto a la otra, comenzaban a encenderse siguiendo la línea costera de la laguna. De pronto ante nosotros se desplegaba un semicírculo de fuego gigantesco. Sentí a todas las almas de esos pueblos de seres pequeños y gentiles arder junto al cuerpo de su más amado líder. Era la mejor fotografía que jamás hubiera podido tomar.

Luego de un instante sugerí salir de allí. Comenzaba a sentirse el olor desagradable de la carne quemada. El descenso a los botes fue rápido. Mientras nos alejábamos volví la vista al Peñón. La niebla que venía del mar a duras penas nos dejaba ver las llamas de la pira que ardía como un cigarro en medio de la oscuridad. Luego de un momento ya nada se vio. Solamente podía oír el crujir de los remos contra los flancos ásperos del bote. El agua nos envolvía muda.

–¿Volveremos por las cenizas? –le pregunté al noble que me había cedido la antorcha. Respondió que no. El viejo hechicero había dicho que el viento debía llevárselas y que a partir de ese momento el Peñón les sería un lugar vedado. Su voz sonaba lejana en medio de la noche. Aunque estaba sentado frente a mí no llegaba a verlo. La niebla nos rodeaba por completo.

Recordé la última vez que pude hablar con Capoñato. Fue quizás dos o tres noches antes de su muerte. Me dijo que a veces convenía vivir el presente como si fuera un recuerdo. El pasado es el único tiempo real, decía, y cuando quieras corregir lo que ya no has hecho será demasiado tarde. Si hoy te ves como en un recuerdo de lo que vendrá, entonces tendrás la posibilidad de corregir el rumbo y vivir una vejez sin arrepentimientos, como la mía. El viento, que los conocía a todos ellos desde siempre, empezaba a traernos los ecos de los festejos que comenzaban en aquella tierra todavía invisible.

Debí tomarme del brazo de uno de los remeros para no caer de boca cuando el bote quedó atrapado en la arena de la costa. Aún con las palabras del viejo en mis oídos volví la vista al Peñón pero no pude ver nada. La noche no dejaría escapar un solo destello esta vez.

Un grupo numeroso vino a recibirnos. Se los veía alegres. Bailaban y cantaban antiguas danzas. Se sentían a gusto de celebrar la vida de Capoñato. Vilipán apareció entre todos ellos y me tomó de la mano. Me condujo hasta donde estaba la viuda del líder. La mujer me regaló una enorme sonrisa de gratitud. Antes de pedirnos que fuéramos a bailar el kelke real en honor a su marido muerto le dijo algo al oído a Vilipán. La joven me pidió que la esperase un momento. Cuando volvió traía consigo mí cámara. Tuve que inclinarme un poco para que pueda colgarla en mi cuello. La miré a los ojos y debí contener mis deseos de abrazarla. Vilipán se veía radiante. Jamás había podido apreciar su belleza como aquella noche mientras girábamos y girábamos a la luz de las miles de antorchas que atiborraban la playa.

El tiempo pareció detenerse. Pese a recuperar mí cámara decidí no tomar fotografías esa noche.

Vilipán me condujo al corazón de la celebración y permaneció siempre conmigo. Bebí todo tipo de alcoholes e infusiones. Los más deliciosos manjares iban y venían entre las pipas de jilote y minilo. Hombres y mujeres bailaban danzas en torno a fogatas que llenaban el aire de chispas. Los niños correteaban entre todos ellos persiguiéndose los unos a los otros. Las ascuas no tenían descanso y revivían en llamas en la medida que las alimentaban con madera nueva. Me vi arrastrado por un frenesí que hasta entonces me había sido desconocido. Todos me sonreían y me tomaban de las manos. Y los ojos de Vilipán, negros como la noche misma, me abrazaban cada vez que se cruzaban con los míos.

No sé bien cuando fue que perdí totalmente el gobierno de mis sentidos. Todo era confusión, tanto como lo es ahora. De pronto me vi arrastrado entre las chozas más alejadas del poblado. Vilipán caminaba adelante, sus dedos enredados en los míos. Luego de andar un momento más entramos a una cabaña donde nos esperaban dos jovencitas completamente desnudas. Sus cabelleras largas y negras centellaban a la luz tenue de un candil del mismo modo en que chispeaban las fogatas de la playa. Instintivamente me dejé caer sobre un ote que ocupaba el centro de la estancia. Vilipán se desnudó lentamente. Su piel era dorada y suave como un desierto. Se movió lentamente hacia mí pero apenas estuvo cerca la tomé de un brazo y colocándola bajo mi cuerpo la poseí casi ferozmente. Una vez que hube saciado aquel deseo que parecía ser interminable caí extenuado sobre ella. Las otras dos mujeres se acercaron lentamente y con paciente exactitud me acariciaron hasta que perdí la conciencia. Al otro día, cuando desperté, pude ver que Vilipán ya no estaba. Apenas intenté levantar la cabeza una de las muchachitas me obligó a volver al camastro con un movimiento suave y gentil. Otra vez volví a dormirme y me perdí en un devenir de sueños y alucinaciones.

Apenas puedo respirar. Desesperado intento mover los troncos que me rodean pero es imposible. El golpe en la cabeza debió destrozarme el cuello porque definitivamente no puedo sentir las piernas. Sofocado intento tomar una bocanada de aire fresco pero lo único que logro es llenarme los pulmones de humo caliente. Ya no hay nada más que hacer.

Otra vez volví a despertarme sobresaltado pero ahora solamente me acompañaba Vilipán. Verla allí me reconfortó profundamente. Con una enorme sonrisa me ofreció un trozo de xinsulitama recién recolectada de la laguna. Su sabor entre salobre y amargo siempre me recordaba al de las lágrimas. Me entretuve un buen rato acariciando su piel joven hasta que me incorporé y salí del jaumín. La luz del mediodía me encegueció por un momento.

El poblado retomaba la actividad. Los pescadores iban y venían cargando sus aparejos listos para internarse nuevamente en la laguna. Giré la vista hacia el Peñón pero su cima apenas sobresalía entre la niebla que aún persistía a lo lejos. Luego de un rato volví a entrar.

En esos días comenzaría a definirse el futuro político de la aldea. Capoñato no había dejado herederos y otra vez los viejos serían consultados para definir la situación. Por un momento fantaseé con que de nuevo la providencia pudiera sorprenderme y tuviera acceso también a algo de su poder. Todo aquello era imposible aunque no debía desdeñar de mí suerte; me había quedado con la más hermosa de sus amantes. De pronto recordé que  no faltaba mucho tiempo para que mi estadía en aquel paraíso perdido llegara su fin. Había recogido suficientes experiencias como para escribir un libro, sobre todo con lo sucedido luego de la inesperada muerte de Capoñato. Si era lo suficientemente discreto, ahora que había recobrado mi cámara, podría documentar todo lo que había visto como nunca nadie había podido hacerlo antes. Súbitamente me invadió una enorme desazón. Pese que hasta quizás pudieran darme un premio por mi aventura llegaría el día en que todos mis pequeños amigo debieran quedar atrás. Extrañaría sus costumbres y también a Vilipán, esa especie de fruto prohibido que se me había ofrecido en su plenitud luego de que tuviera que encargarme de cremar el cuerpo de su antiguo amante.

Una vez adentro busqué la busqué en la penumbra de la choza. Estaba a un costado, dándome la espalda. Espiaba en puntas de pie a travez de una ventanita encajada en una de las anchas paredes de barro de la choza. De pronto giró alarmada y en voz baja me dijo que espere ahí, que ella se encargaría de todo. Desde afuera comenzaban a llegar voces cada vez más fuertes y cercanas. No lograba entender lo que decían y decidí hacerle caso a Vilipán pero apenas intentó salir, dos de los hombres que entraban la apartaron violentamente de su camino y comenzaron a increparme a los gritos. Era la primera vez que los nativos tenían este tipo de reacción hacia mí. Vilipán había caído a un costado e intentaba levantarse cuando por la puerta avanzó hacia nosotros Papacho. Estaba furioso. Su piel morena se veía erizada. Tampoco pude comprender que me decía. Utilizaba palabras que yo nunca había escuchado antes. Vilipán, comenzó a llorar. Intenté acercarme a ella pero la joven dio un paso atrás y luego de un instante corrió fuera de la choza. Quise seguirla pero Papacho me tomó de un brazo. Hasta ese momento no había visto que en su otra mano sostenía una especie de bastón que utilizaban para moler potomo. El golpe fue certero y me derribó irremediablemente.

Algo había salido mal la noche de la cremación. No sabría decir que fue y ahora ya no tiene sentido pensar en eso. La hija de un pescador había encontrado el cuerpo de Capoñato en la costa. Estaba semiquemado y los peces que habitaban la laguna no habían sido precisamente respetuosos con lo que quedaba de él. Cuando volví en mí pude ver los despojos del anciano en todo su esplendor. Me sostenían por los brazos y bajaron mi rostro hasta que quedó justo encima de la cara mutilada del viejo. Apenas si pude reconocerlo en ese estado. De mi cuello aún colgaba mí cámara. Pronto vendrán a buscarme de la revista y todo esto se aclarará, pensé. Sin dudas Vilipán va a ayudarme. Luego me soltaron y noté que mis piernas ya no me respondían. Me desplomé sin remedio y volví a perder el conocimiento.

No sabría decir cuanto tiempo pasó hasta que me desperté nuevamente. Ahora mi cámara descansaba sobre mis muslos desnudos. Me quedé mirándola por un instante. Aunque casi no podía girar la cabeza pude oír como las pequeñas olas de la laguna golpeteaban el flanco del bote. Pronto todo volvería a la normalidad. Sin dudas navegábamos hacia el océano abierto donde mi gente estaría esperándome en otra embarcación mucho más grande y segura. Allí iban a atenderme apropiadamente. Otra vez intenté levantar la vista y volví a sentir un dolor punzante y profundo en la nuca. Los dos nativos que remaban justo delante de mí me miraban con desprecio. Con mucho esfuerzo tomé la cámara con una mano y alcancé a realizar un par de disparos. Uno de ellos, visiblemente molesto dejó su puesto en los remos y de un tirón me la arrebató y la arrojó al fondo del bote.

A un costado navegaban también varios botes más, algunos de ellos atados de dos en dos. Iban cargados de maderas, algas y una enorme ánfora como la que habíamos utilizado para llevar el aceite que hizo arder a Capoñato. Adelante, como el testuz del diablo, comenzaba a verse la cima redondeada del Peñón de XiXí.

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