Vacío

No había sido una muerte limpia. Nadie le avisó. Tampoco la amenazaron pero  de algún modo supo que venían por ella. Me queda claro que los que la hostigaron y la persiguieron fueron varios. Primero tuvieron que acorralarla y luego, como pudieron, la mataron.  Es un hecho que la suya no ha sido una muerte limpia.

La imagino oliendo a la parca en el aire. Los seres sensibles como ella pueden hacerlo. Ya no era joven pero eso les importó poco. En otras épocas los más viejos quedaban exentos de un final como éste, pero eso ya es historia antigua. Hoy no hay códigos. ¿Qué necesidad había de tanto ensañamiento, de tanto dolor?

A las claras veo que no es el trabajo de un experto. No me han dejado demasiado sobre qué trabajar pero sé bien que hay pocas maneras de llevar adelante semejante mamarracho. Un garrote, un martillo quizás, pero no puedo afirmarlo aún. Podría ser también un arma de fuego. Yo mismo lo he hecho así alguna vez. Una .22. Hoy es mi último día en las calles pero todavía puedo recordar aquellas épocas en las que aún no era policía. Por entonces utilizábamos mucho la .22. No me avergüenzo en decirlo. Yo también fui mano de obra desocupada y como siempre me gustó el dinero fácil, de tanto en tanto me encomendaban algún trabajito de estos. Era joven. La sangre nunca me asustó y en el galpón del Tano siempre había necesidad de gente con pulso firme y sin remordimientos. En esa época usábamos la 22 casi todos los días. Después venían los camiones del Ruso y se llevaban los restos. Luego solamente debíamos guardar silencio. Si alguien preguntaba algo, todo aquello jamás había sucedido. Es que operabamos en la clandestinidad y sabíamos muy bien como cuidarnos los unos a los otros. De todos modos esto que estoy viendo ahora no tiene nada que ver con aquel lejano pasado, con aquella manera casi artesanal de hacer las cosas. Imagino un hombro flaco, sin carácter, un brazo enclenque, una mano temblorosa, fría, dubitativa, y luego si, la pistola. El .22 mata siempre pero hay que saber usarlo. Es una bala pequeñita. Parece mentira que un plomo tan minúsculo pudiera hacer tanto daño. Una bala de .22 hace que el .45 se vea como la bala de un cañón. Cuando me enlisté trabajábamos con el .45, pero para hacer estos trabajos siempre se usó el .22. Es que es un calibre implacable. Una vez que entra hace mucho daño. La .45, la .9, el .38, todas esas son capaces de romperte un hueso, pero si no tocan nada firme pueden pasarte de lado a lado sin que ni siquiera lo notes. En cambio la .22 una vez que entró comienza a revolvérsete por dentro y les juro que ya no sale. Por algo entre nosotros la llamamos cariñosamente la paseandera. Créanme cuando les digo que esa pequeña sabandija es capaz de hacer mucho pero mucho estropicio. Tampoco hace casi nada de ruido. Ni siquiera es necesario un silenciador, basta con envolverla en el  diario dominical y apenas si escuchas un estruendo no mayor al de un martillazo sobre el asfalto. De todos modos con ella no necesitaron nada de esto. Estaba todo controlado. Nadie se iba a alarmar por la detonación. La experiencia me dice que aunque la remataran a quemarropa, en estos casos nada tiene que ver el calibre, la empuñadura o la precisión. A esa distancia la diferencia la hace lo que te corre por las venas. Seguramente apuntaron a la cabeza pero fallaron. Quizás un movimiento involuntario fue lo que le valió la saña. Y digo involuntario pues ella estaría aterrada y lo único que pudo haber hecho en su pavura fue mover un poco la cabeza a un lado para desviar la vista del ánima de aquel cañón que la miraba fijo, como si fuera un cíclope  con su único ojo metálico, oscuro y estriado. ¿Qué habrá sido lo último que vio?

Esto es durísimo. De todos modos sé bien como abstraerme. No hay que conjeturar antes de echar mano a toda la evidencia posible. Ahí es cuando uno deja de descubrir y aquí todo se trata de eso, de descubrir. El que busca encuentra, el que no, quizás descubra. De a poco comienzo a repasar mentalmente la situación. Busco la mecánica del hecho. Necesito tener aunque sea un justificativo, una razón única y plausible ante tanta desprolijidad. Establezco un orden de prioridades y comienzo a avanzar primero por los senderos menos probables. Estudiaré antes que nada la hipótesis del .22. Trataré de desandar el camino de la bala. Está claro que debieron ser varios disparos, pero, ¿Por qué? Muchas veces este tipo de proyectil se entierra caprichosamente bajo la piel y sigue el trazado del cráneo, pero sin perforarlo. Pudo haber sucedido eso. Lo he visto infinidad de veces y está estrictamente relacionado con el ángulo con el que se realiza el disparo. Si sucedió eso, luego del primer tiro fallido, luego de sentir el golpe en la cabeza y que el calor del hilo de sangre que brota desde el orificio de entrada encharque los parpados y baje por la cara, habrán venido las convulsiones y una feroz patada al tablero de la lógica. En ese instante uno no puede encontrarle una explicación a por qué se sigue vivo. Entonces sobreviene una descarga de adrenalina tal que posiblemente uno muera de un síncope o algo por el estilo. Nadie oye el sonido de la bala que lo mata. Ella lo había oído y ahora un ardor extremo le quemaba la cabeza por dentro. No se imaginan la temperatura que puede alcanzar un proyectil en movimiento. Piensen en una brasa del tamaño de una uña enterrada entre la piel y el hueso y que les corre por la tapa de los sesos desde la frente hasta la nuca haciendo un surco entre el cráneo y el cuero. Luego viendo que pese al impacto la víctima está más viva que nunca, tiene lugar una balacera desprolija y definitiva. Quizás seis o siete disparos. A esta altura ya se pierde la ventaja de la distancia porque está claro que por más entregada que esté la victima, un mandato de primitiva conservación la impele a intentar escapar a como dé lugar. Creo que el asesino debió vaciar prácticamente todo el cargador sin discriminar aquellas zonas del cuerpo que nada tienen que ver con lo vital. A simple vista, más que la sangre, lo que veo es la impericia, la ineptitud y hasta un morbo totalmente fuera de lugar en una situación así.

Ella los vio venir. Solo la he visto muerta y desmembrada pero  aún así sé que los vio venir. Imagino sus ojos enormes y desesperados. Sin dudas intentó huir. Defenderse, lo dudo. No logro concebir que tipo de resistencia pudiera haber opuesto a sus agresores un ser con una naturaleza tan mansa. Ya lo dije: era grande. Sin dudas se entregó pero para ella no fue un descanso. No murió en paz como deberíamos hacerlo todos. Por el contrario, lo hizo aferrada a la vida con todos los músculos de su cuerpo. Se fue con los nervios crispados y en estado de alerta.
Estaba sola pero a buscarla vinieron varios. Sé bien que a esos trabajos no los hace un solo hombre. Imagino las risotadas nerviosas de los secuaces mientras éste inútil no atinaba a terminar con la faena. Una asimetría fatal. Llega un punto en que me cuesta discernir cuál de todos es el más animal. ¿Quién es la bestia capaz de hacer una cosa así? Concluyo categóricamente que éste monstruo no es un profesional. Incluso pudo tratarse de un bautismo de fuego. Un novato pudo haber manchado sus manos con sangre por primera vez aquí a modo de rito iniciático, o lo que es aún más terrible, meramente como una práctica o como una prueba de valor a la espera promisoria de futuros trabajos.

No puedo quitarle los ojos de encima. Me quedo inmóvil y la contemplo. Aún está tibia. Aún hay algo de tensión en las fibras. Insisto: quien hizo esto no tiene perdón de Dios. Vuelvo a contemplarla, de un lado y del otro. No me atrevo a tocarla. Veo las quemaduras. Son profundísimas. ¿Cómo es posible? Los indicios muestran a las claras que fueron parte de una vejación post mortem. Ojalá pudiera entender desde lo humano todo lo que me dicen las evidencias. Ya ni siquiera puedo soportar el olor. Hago un último intento pero se me revuelve el estómago de tan solo pensarlo.

Debo hacer un alto y poner la cabeza en blanco nuevamente. Me estoy involucrando demasiado y no veo las cosas con claridad. Me tomo un respiro. Frente a mí se acaba de acomodar el planimétrico. Come una empanada como si nada de todo aquello que tenemos delante existiera. Este hombre está mal, pienso. En realidad todos nosotros debemos tener algún tornillo flojo como para hacer este trabajo. Continúo mirándolo mientras termina de masticar. Me muestra una sonrisa estúpida de feliz cumpleaños. Una porción de relleno intenta escapársele por un costado de la boca, justo por el vano de una muela ausente. Inclemente, vuelve a empujar el amasijo de comida y saliva otra vez hacia adentro con la punta de uno de sus dedos pálidos y cadavéricos. Justo por la ventana que está detrás de él veo cómo comienza llover. Un hombre barrigón cubierto con un delantal blanco profusamente manchado en sangre se acerca pesadamente y cierra una persiana oscura y desvencijada con un movimiento cansino pero preciso. Ahora la lluvia redobla sobre la chapa como si se tratase de un lúgubre tambor militar y  no hace más que terminar de crisparme los nervios.

De a poco siguen entrando policías al lugar. Uno a uno se acercan y me saludan. Ni siquiera les contesto. Tengo las mandíbulas totalmente trabadas y no puedo abrir la boca ni siquiera para insultarlos. Aunque no les diga nada, estos inútiles saben bien que los aborrezco con toda mi alma por haberme traído a este sitio inmundo.

Contengo la respiración por un momento y reordeno mis pensamientos para tratar de abordar nuevamente el hecho. Me enfoco otra vez en el arma. Cómo dije, también pudo tratarse de un garrote, o quizás un martillo. ¡Al diablo con todo esto! Ya no puedo más. Con la palma de la mano golpeo de lleno la mesa que tengo delante y me pongo de pie. Repentinamente todos hacen silencio y me miran. Ya estoy furioso y es inocultable. Quizás nunca podré resolver este dilema pero sé bien quienes son los principales responsables: esos malditos de asuntos internos. Uno de ellos ve cómo lo miro fijamente y apenas con el codo, alerta al que tiene al lado. Sé que ellos están detrás de todo esto. Me ven y hacen silencio. Tiene que haber sido idea de esos chivatos, no me cabe la menor duda, nunca han entendido nada de la calle, siempre juzgándolo todo desde la comodidad de sus escritorios. Un trueno hace temblar los cristales de las ventanas y acentúa aún más el tenso silencio que nos rodea. Afuera la lluvia arrecia y las luces parpadean con cada relámpago. Los pocos que me conocen de siempre saben bien de lo que soy capaz. No se atreven siquiera a levantar la vista del suelo. Uno a uno los escruto en silencio. Repaso sus expresiones y no puedo evitar pensar en la mirada de ella, tan redonda, tan mansa, tan sumisa. ¿Por qué tuvo que terminar así la pobre? El novato de mi división hace un esfuerzo enorme por contener una risita estúpida y nerviosa. Lo ignoro pues entiendo que aún ni siquiera ha dejado el cascarón y yo, en fin, yo ya estoy de salida en este negocio. Finalmente, harto y  asqueado, meto mi mano dentro de la gabardina. Ahora todos siguen mis movimientos. El comisionado intenta llevar su mano a la cintura pero con un gesto implacable le niego esa posibilidad. Mientras lentamente vuelve a poner las manos en su sitio arrojo frente a él un puñado de billetes. Luego, sin decir palabra, camino de espaldas hacia la salida. Lo hago muy lentamente y sin sacarles los ojos de encima. El tiempo que me tardo en llegar a la puerta parece una eternidad. Me detengo junto a la pared y sin girar busco a tientas el picaporte. Comienzo a abrir muy lentamente pero de pronto una ráfaga de viento me arrebata la manija y la tormenta gana el interior del lugar intempestivamente. Ahora la persiana de chapa negra parece explotar y se golpea violentamente contra la pared exterior. Nuevamente la lluvia se cuela a raudales en aquel despreciable sitio mientras que el viento, como un río desmadrado e invisible, nos rodea y se lleva tras de sí todo lo que puede tomar a su paso. Nadie siquiera pestañea. Esta vez el barrigón de blanco apenas se limita a observar lo que sucede recostado sobre una vieja y sucia poltrona a la vez que le hace un gesto a otro siniestro personaje que viste su mismo atuendo y se encuentra a la par de nuestro grupo. ¿De dónde salió este tipo? me pregunto mientras lo veo que finalmente avanza hacia la ventana arrastrando los pies pesadamente. Todo sucede casi en cámara lenta. Ya casi he traspasado la puerta cuando uno de los más veteranos de  los nuestros intenta acercarse a mí por un costado pero el comisionado lo detiene tomándolo de un brazo.  Un momento después ya estoy en la calle. Me siento liberado aunque totalmente insatisfecho. Una cortina de lluvia gris se descarga lentamente sobre la ciudad. Se me antoja que altísimo nos envía toda esa agua para que lavemos nuestros más horribles pecados. Mientras cierro mi abrigo hasta el último botón elevo entre dientes una antigua oración que decía mi madre cada vez que llovía. Hoy la absolución parece el más lejano e impropio de los estados para mí alma descarriada.

Tendremos un invierno frío, quizás como aquellos de antes. De todos modos esto ya no me preocupa demasiado. Al fin de cuentas a partir de mañana sólo será cuestión de pasar las tardes junto al fuego del hogar en compañía del perro. Estoy yéndome para siempre. Ellos lo saben. Es inútil pensar en segundas oportunidades cuando uno ha visto algo así. No volveré a pisar este lugar nunca más Todos conocemos el viejo adagio: El que se quema con leche… en fin… ya no hay vuelta atrás.

Me alejo sin volver la vista. Hundo las manos en los bolsillos y escondo las orejas bajo las anchas solapas de mi vieja gabardina como si fuera una tortuga senil y perezosa. Bajo la axila siento a mi compañera haciendo bulto. Ese pedazo de metal ha estado ahí por treinta años, y, ¡Oh sí!, las veces que la he sacado a ver la luz no ha sido en vano. Se ha llevado ya tantos al otro lado que casi he perdido la cuenta. Otro espacio que mañana quedará vacio, pienso mientras cariñosamente la aprieto bajo el brazo como si se tratara de una criatura. La palabra vacío me duele en el pecho como un disparo al corazón. De repente, siento un súbito impulso de volver pero una gélida racha de viento me toma por la espalda y me recuerda que ya todo acabó. Varias gotas heladas se me clavan en los pliegues de la calva como si fueran unos clavos inclementes que acaban de cerrar mí propio ataúd. Otra vez vienen a mí aquellas imágenes tan crudas y desgarradoras, otra vez siento que se me retuercen las tripas. Vuelvo a pensar en esos animales. Ahora terminarán con todo aquello en silencio, luego alguno se atreverá a abrir la boca y dirá a los demás que no me hagan caso, que ya estoy viejo, que ya se me va a pasar, comenzarán a bromear y finalmente se habrán olvidado prácticamente por qué es que en definitiva habían terminado en ese lugar de porquería. Me parece que hasta si puedo verlos un rato más tarde subiendo a sus patrullas y perdiéndose por las calles. A mí sólo me resta olvidarlo todo. No lo voy a negar, hace ya tiempo que pensaba en el retiro, pero terminar así no es digno. Como sea debo sacarme este sabor amargo de la boca.

Jamás en mi vida. Nunca jamás, luego de tantos años en las  calles me sucedió algo así. ¡Y uno que cree haberlo visto todo! Nunca estuve frente a algo tan duro y tan difícil de digerir, ni aún en las peores épocas, cuando la paga era tan mísera que debíamos aventurarnos a lugares tórridos e incalificables donde nunca sabíamos con qué íbamos a encontrarnos. Perdón que me repita, pero nunca me pasó esto antes. Nunca.

Esto es definitivo. Es lamentable tener que irse así. Yo, que siempre conocía el camino hacia aquellos sitios donde se encontraba la mejor de las mercancías. A mí, que cuando los chicos de operaciones especiales necesitaban de la buena para sus farras se acercaban sumisos a mi despacho donde siempre estaba disponible la última información sobre los mejores cortes. Yo… marcharme de esta manera. No es posible. Malditos sean todos ellos que creyeron que este lugar era lo suficientemente bueno como para llevarme a celebrar mi retiro. ¡Vaya parrilla de cuarta categoría la que escogieron! Si es que se le puede decir parrilla a un sitio infecto como éste… luego de treinta años traerme aquí justamente a mí y darme esa porquería para comer. ¿Vacio? ¿Entraña? ¿Costilla? ¡Todo parece lo mismo! ¡Todo arrebatado! ¡Incomible! ¡Ingentes trozos de grasa quemados por fuera y completamente crudos por dentro! ¿Los huesos para el perro? ¡Pero no, ni siquiera eso, hasta él se ofendería con toda aquella bazofia! No vale esa puerca carne los cuatro sucios billetes que arrojé sobre la mesa… y pueden quedarse con el vuelto… es lo último que obtendrán de mí esos malditos miserables de asuntos internos. No han aprendido nada de todo lo que les enseñé a lo largo de todos estos años, sucias ratas de escritorio. Vacío… por Dios… vacío… si no podrían reconocer la diferencia entre un becerro y una vaca ni aunque los tuvieran refregándose justo enfrente de sus narices. ¡Malditos sean todos ellos, sucias ratas de escritorio!

Anuncios

Cuatro Gotas

Mientras Rubencito me hablaba descubrí a la distancia, entre las pocas personas que quedaban en la playa, a un tipo y a un chico que jugaban a la paleta. A un lado una mujer se refugiaba del viento en una carpa de lona. Con ellos también jugaba un perro. Se ubicaba justo entre ellos. Giraba en círculos con la lengua completamente afuera de la boca siguiendo el va y viene de la pelotita por encima de su cabeza. No le quitaba los ojos de encima. Está claro que la quería. Aunque no saltaba, aunque sencillamente se limitaba a mirarla pasar, lo único que el perro quería era tener esa pelota. Giraba y giraba siempre para el mismo lado hipnotizado por aquel punto amarrillo que zumbaba sobre él como si fuera una enorme abeja prehistórica.

Es que el perro sabía algo. Ahora lo entiendo. Esperaba una señal.

Dejo al perro un momento y devuelvo mi atención a Rubencito. No ha parado de hablar desde que llegué. Estoy empezando a marearme. ¿Cuándo fue que se nubló tanto?, pienso mientras tomo un trago más. La tarde se me fue de las manos. Desde el mar sopla un viento frío que me cala hasta los huesos y he perdido un poco la noción del tiempo.

Mi nombre es Marcelo Gris y mi trabajo es determinar cómo es que funcionan las cosas… o cómo es que no. Afortunadamente este año las lluvias retrasaron un poco el inicio de la temporada.  Aún hay algunos ajustes que hacer. Faltan dos días para el año nuevo y recién hoy un mínimo puñado de intrépidos turistas se atrevió a desplegar sus rutinas en la arena.

Rubencito se encarga del deck del parador. El viejo me cayó simpático desde el día en que llegué, aunque la verdad, hoy no tengo la cabeza como para demasiada charla. Además el olor a comida que viene de la cocina me está matando.

—La gente a los baños los raya por joder –sentenció– en realidad son los tipos. Las mujeres suelen ser más despelotadas, más mugrientas si se quiere. Te usan todo el papel higiénico y lo dejan hecho un bollo a un costado del inodoro. Te tapan los desagües con toallitas y pañales. Dejan los lavatorios todos llenos de pelos, pero eso sí, lo que se dice rayar las puertas, jamás lo vi en un baño de mujeres. Los que rayan las puertas son los tipos. En realidad las escriben. ¿Te ubicás lo que te digo no? Me refiero a lo que los tipos suelen escribir en las puertas de los baños… –terminó Rubencito mientras hábilmente dejaba caer la colilla del cigarrillo  entre los maderos del piso. Casi un metro más abajo la recibía la arena húmeda.

A eso lo leí en algún lado, pensé yo. No recuerdo dónde, pero en algún lado lo leí. Es más, había alguien, creo que un arquitecto, o un diseñador, que sugería ampliar la distancia entre las puertas y los inodoros. Decía que habían hecho no sé que estudio. Aparentemente, por la distribución de los grafitis, dedujeron que los tipos escribían las puertas mientras estaban sentados en el inodoro.

Rubencito no dejaba de hablar. Volví la vista a la playa. El  padre y el chico seguían jugando. El perro continuaba girando sobre si mismo. Uno, dos, tres golpes seguidos. El perro se retorció sobre sus patas traseras. Un golpe demasiado fuerte. El hombre se estiró tratando de revertir el error pero sólo consiguió una respuesta aún más imprecisa. A su turno el niño, entre carcajadas, tiró un último paletazo de ahogado y envió la pelota definitivamente lejos. Rubencito hizo una pausa y dio una pitada. Entonces es que se devela aquello. Eso, justamente eso, es lo que sabía el perro. Esa era su señal. Ahora le toca a él hacer su parte. Libera toda esa tensión contenida y corre ciego a buscarla. Se zambulle en un médano y finalmente la encuentra. La cabeza, la lengua y la pelota, un todo de baba y arena. Rubencito retomó la conversación mientras el perro volvía al trote. Cuando llegó le entregó la pelota al chico y nuevamente los tres recomenzaron el juego.

—Es más o menos lo mismo de siempre. Vos ya sabés que es lo que escriben los tipos en las puertas de los baños. No te lo tengo que andar explicando. Vos sabés perfectamente bien que es lo que ofrecen.

Lo único que se opone a una afirmación categórica es la duda, la incerteza. Cuando se reitera sistemáticamente, fotocopia de fotocopia, esa duda, esa incerteza crece hasta tener cierta entidad propia. Se hace sumamente notoria. Comienza siendo un punto mínimo, una mácula imperceptible, pero luego se deforma con las iteraciones hasta convertirse en algo más. Gradualmente la vocal y la tilde se convierten en un signo nuevo carente de significado. Se han unido misteriosamente por la acumulación excesiva de unos detritos que no se sabe bien de donde vienen pero que se han instalado allí, entre ambas. Ahora la repetición de la incerteza ha formado un puente indigno. Aún así, todavía podemos entender el mensaje que proponen.

—En un principio pensé que era cosa de acá nada más, pero no. Por lo que vi en alguna película, afuera pareciera que también pasa.

Ambos tratábamos de redondear la idea. Hay quienes son lo suficientemente hábiles para detectar las fluctuaciones, corregirlas un poco y así hacer que el ciclo se prolongue algo más. Hay quienes son lo suficientemente hábiles para vivir de aquellas fluctuaciones.

Rubencito me ofreció un cigarrillo. Le agradecí y miré el vaso. Estaba vacío pero en la botella aún quedaba algo.

—Y te digo más: lo tengo bien estudiado al tema. No son maricones de verdad. Lo hacen puramente por joder, de aburridos que están. Siempre es el teléfono de otro, seguro de un amigo al que le quieren hacer una joda.

Lo miré sorprendido. Me llamaba la atención lo categórico de sus afirmaciones. Hablaba muy seguro de lo que estaba diciendo. Sabía de lo que hablaba. Me tomó un instante rearmar la conversación.

Entonces fue que lo recordé. Había sido en una fiesta. Era un tipo flaquito, medio paliducho, con el flequillo pegado a la frente y una polera que daba calor ajeno. Decía que había sido él el que propuso que en las obras públicas se amplíe la distancia entre el inodoro y la puerta del baño. Con un trago largo en la mano sostenía de un modo vehemente que de esa manera disminuiría el vandalismo y los tipos no escribirían más groserías ni rayarían las puertas. Ahora lo recuerdo perfectamente. Tenía los ojos saltones. Hasta se sentó en un taburete y estiró la mano hacia delante haciendo el ademán de escribir en el aire. Pobre tipo, nadie ahí lo tomó enserio. Finalmente cuando se aburrieron de escucharlo hablar, simplemente lo refutaron diciéndole que el vandalismo era inherente al ser humano y que si no escribían en las puertas lo harían en las paredes de los costados. El tipo terminó borrachísimo aquella noche. Me parecía muy curioso que Rubencito me venga a hablar de ese mismo tema justamente ahora cuando el que estaba teniendo dificultades con la bebida era yo.

—Y decime, ¿Cómo sabés eso vos? ¿No me vas a decir que…? –completé la pregunta llevándome el pulgar al oído y el meñique a la boca. Me costaba creer que aquel hombre ya mayor tuviera esa clase de vicios. —¿Los llamabas por teléfono?

—Claro –me respondió naturalmente mientras sacaba un cigarrillo del paquete y se lo llevaba a la boca– por supuesto que a alguno llamé por teléfono. No a todos… solamente a algunos. -luego hizo una pausa. Justo en ese momento sopló una ráfaga helada desde el mar. Rubencito debió abocar ambas manos a encender el pitillo. Le dio la espalda al viento y se arqueó un poco. Luego emergió triunfante  y como un mago que se desenvuelve desde debajo de su capa para traer algún misterioso objeto del más allá, me enfrentó con el cigarrillo encendido. Con una pitada furiosa inflamó la brasa anaranjada que brilló contra las nubes negras del horizonte.

— Siempre preferí llamar los más atrevidos… a los más groseros. –finalizó él con el cigarrillo entre los dientes y ambas manos en los bolsillos de las bermudas. Volví a mirar hacia la playa quizás un poco incomodo. El perro regresaba al trote una vez más con la pelotita en la boca. Un segundo más tarde se paró junto al hombre y pese a que el tipo le pidió que la deje el perro no hizo nada. Inútilmente, intentó quitársela de entre las fauces con la paleta. El perro retrocedió un paso. Solo cuando el tipo cesó en sus intentos el perro la soltó a sus pies y volvió a colocarse expectante entre los dos jugadores. Así, el ciclo recomienza. Fotocopia de fotocopia, pensé yo. De todos modos esta vez no fue así. En ese preciso momento ambos se volvieron hacia la mujer en la carpa. Ella les ordenó algo. Finalmente el pibe arrojó la pelota a un lado y se tumbó en la arena a su lado. Casi instantáneamente el perro salió disparado. No tardó demasiado en regresar  a su círculo en la arena. Esta vez la pelota no había ido demasiado lejos. Inútilmente busco a los otros dos. Como no los encontró, también se tumbo de costado a mordisquear su tesoro. Luego de unos instantes de juego solitario dejó la pelota a un lado. Finalmente se levantó, olisqueó el aire que venía del mar y se fue trotando.

En realidad el perro nunca quiso la pelota. Apenas si la deseó mientras no pudo tenerla, pensé.

—¿Y si la deseaba tanto, entonces por que cada vez que la tenía volvía a llevársela al tipo? –me preguntó Rubencito desafiante. Lo miré. ¿Cómo carajo sabés lo qué estoy pensando?, pensé sorprendido a la vez que sobresaltado.

—No se asuste jefe… está pensando en voz alta –me respondió como si efectivamente pudiera leerme la mente– y no me diga nada –continuó mientras seguía fumando– si el perro les devuelve la pelota es porque los necesita para no tenerla.

Rubencito era uno de los empleados más antiguos y a la vez uno de los que más curiosidad me generaban. Era un tipo grande ya, bastante mayor que el resto. No era usual que alguien de su edad tomase trabajos de temporada. Trabajaba casi todo el tiempo afuera, en el deck. Tenía la piel curtida de tantos años al sol. Se autodefinía como un perro de playa.

—Che Rubencito ¿Y cuándo fue que hiciste este estudio sobre los grafitis en los baños? –dije, haciendo un par de comillas en el aire.

—Yo siempre trabajé acá afuera, pero el verano pasado para llevarme unos pesos más limpiaba los baños a la noche. Ahí noté lo de las inscripciones. Yo a eso ya lo había visto en otros baños. Si te fijás bien en los baños de las estaciones de tren todas las puertas están repletas de inscripciones y números de teléfono. Daría la sensación que todos los tipos que van a un baño público se la comen. Vos viste las barbaridades que escriben estos tipos. Yo pensaba que era por la clase de gente que iba a esos lugares. Pero no. Vos sabés que me equivocaba. Acá me sorprendí. Viste que este es un lugar bastante careta. Acá vine otro tipo de gente. Lo que menos me iba a imaginar era que acá también pasaba lo mismo. Así que me empezó a picar la curiosidad hasta que un día no aguanté más y llamé por teléfono. Quería saber hasta donde ofrecían lo que ofrecían. Así fue la primera vez.

—¡No! ¡No te lo puedo creer! ¿Llamaste de verdad? Pensé que me estabas jodiendo ¿y que te dijo el tipo? –pregunté genuinamente sorprendido.

—Y no… nada ¿Qué me va a decir? Se cagó de risa. Después de ahí cada vez que aparecía un teléfono nuevo llamaba para ver que onda.

—Me estás jodiendo ¿Y? ¿Me vas a decir que nunca te tocó un puto en serio? ¿Nunca  ninguno quiso verte personalmente?

—No. Nunca –juró Rubencito besándose el índice de la mano derecha mientras hacía una crucecita en el aire- la mayoría decía que seguramente se trataba de alguna joda que les hizo algún compañero de trabajo, o del fútbol. Hasta prometían vengarse che.

—Pero Rubén… –le dije tratando de unir todas las piezas- decime cómo hacías. Uno no llama a un tipo directamente y le pregunta si es cierto lo que está escrito sobre él en la puerta del baño de la estación ¿o sí?

—Claro que no. Primero les hacés un entre. Hay que tener un poco de tacto. Hay que saber preguntar. Pero que te voy a contar yo a vos de eso. ¿O me vas a decir que vos no sabés jugar a ese jueguito?

—Si… pero no –hice una pausa mínima y continué casi instantáneamente- esto es distinto. Igual no te me vayas del tema. Decime ¿Llamabas de tu propio celular? ¿No te daba miedo que los tipos después te volvieran a llamar o que trataran de localizarte?

—¡No! ¿Sos loco? Además yo no tengo celular. Nunca tuve –exclamó Rubencito dando una pitada larguísima- pero esperame un minuto que ya te sigo contando. Si no saco las bolsas ahora, se me pasa el camión. Dicho esto Rubencito descartó la colilla aún encendida y salió al trote rumbo a los contenedores.

El cielo estaba cada vez más encapotado. Traté de mirar la hora pero me di cuenta quehabía dejado el reloj en el hotel. Está atardeciendo. Ahora el viento soplaba del mar y traía las risotadas veladas por la distancia de unos muchachones que intentaban meter una red más allá de la rompiente. Con cada ola el agua helada los hacía retroceder y ellos vociferaban todo tipo de improperios.

Tengo que hablar con esta mina, pensé Me hice el propósito de llamarla apenas llegase a la habitación. Quizás que ya se le pasó. Igual tengo que hacer tiempo. La fresca seguramente me va a aclarar un poco las ideas. ¡Dios mío como tengo la cabeza! ¿Qué carajo están cocinando ahí? El olor a pescado me está matando. Traté de recordar lo que me había escrito. Sonaba a un telegrama de despido. En sí no era más que eso. Todo vuelve, pensé mientras tomaba lo último que quedaba en la botella. Al fin y al cabo a mí más de una vez me tocó hacer el trabajo sucio. Muchas veces me contrataban para despedir a alguien, u hostigarlo hasta que renuncie. Todos sabemos algo, me dije a mi mismo. Y esto es lo que yo sé hacer: tomar decisiones por los demás. Pues bien. Ahora habían decidido por mí. De todos modos no se rompió demasiado la cabeza. No dijo nada que yo no hubiera escuchado antes. Habló de las ausencias, los viajes, los horarios, el reloj biológico, mis vicios, cómo si ella no los tuviera. Pero pará…  también dijo algo nuevo. ¿Qué era? Eso hasta ahora no lo había escuchado nunca. Ah, si… ya me acuerdo. Dijo que aunque yo era un distinto ¿un distinto? ¿Qué carajo es un distinto? O sea, que aunque yo era eso, un distinto y eso era lo que la había enamorado de mi, ya no se lo bancaba más.

—No falla nunca -dijo Rubencito. Había llegado de repente y me sobresaltó.

—¿Ya sacaste la basura? –le pregunté.  Observé que traía un celular en la mano.

—Si, si –respondió sin quitarle la vista de encima all aparato. Luego comenzó a limpiarlo con el revés de la musculosa.

—¿Pero cómo? ¿No era que vos no tenías celular?– dije.

—No es mio –respondió tranquilamente mientras lo examinaba de un lado y del otro- son cada vez más grandes pero la gente aún los sigue tirando a la basura -continuó diciendo mientras  lo apagaba y le quitaba la batería. Luego guardó todo con cuidado en uno de los amplios bolsillos de su bermuda.

Lo miré extrañado. Este tipo es una caja de sorpresas, pensé. Aún no podía hacerme una idea clara sobre sus motivaciones.

—Fijate –dijo señalando hacia el fondo vacío del deck– allá, yendo para el baño, fijate bien. Intentaba mostrarme un enorme contenedor de basura. Una especie de buzón. Una boca ancha y levadiza se abriría para dar paso a las bandejas plásticas. Una vez que se volcaba todo en su interior la bandeja podía depositarse en una mesita al costado. Cada tanto Rubencito debía devolver las bandejas a la barra y luego retirar la bolsa de basura.

—La gente tira los celulares al tacho y ni siquiera se da cuenta. Ahora vienen cada vez más finitos y se les van entre las servilletas y los envoltorios de las hamburguesas. Y eso que viven pendientes de los aparatitos che, pero igual los tiran. Yo ya se bien como es. A esto también lo tengo bien estudiado. Generalmente les pasa a las mujeres que vienen solas con tres o cuatro pibes. Los nenes las vuelven locas. Llega un momento que están tan podridas que apenas terminaron de comer juntan todo y se van. Ahí viene que entre que cuentan que no les falte ningno o que los pibes no se olviden nada van y ellas mismas tiran los celulares a la basura. Incluso a veces son los pibes mismos. Para mantenerlos entretenidos, o cuando vienen con bebes en brazos mandan a los más grandes a tirar la basura. ¡Cuando es así directamente los pibes suelen tirar inclusive hasta la bandeja!

—¿Y vos qué? ¿Revisás todas las bolsas de basura? –me apuré a preguntar.

—¡No! ¡Ni loco! –me interrumpió- en temporada no hay tiempo para eso. Hoy podemos charlar tranquilos porque está nublado y hace frío. Fijate que no hay casi ningún turista en la playa.

Instintivamente volví la vista hacia los jugadores de paleta. Ahora juntaban sus cosas. Mamá renegaba porque apenas salió, el viento le voló la carpa.

—¿Además cómo se te ocurre que me voy a poner a revisar la basura? ¿Qué pensás? ¿Qué soy un croto? –sentenció Rubencito.

Inmediatamente comenzó a explicarme.

—Mirá. El tema es así. Yo entro al deck a retirar las bolsas cuando calculo que están llenas. Mientras tanto me paro por allá –dijo señalando a un costado, hacia la escalera que daba a la playa. La pareja y el niño se veían claramente. Caminaban inclinados viento en contra. La señora se detenía el piluso con una mano y con la otra luchaba con una reposera plegable.

—En la medida que los tachos se llenan los descargo y llevo las bolsas para atrás. Yo nada más espero que venga alguna mujer con pibes, así como te dije hoy, con tres o cuatro. Desde donde estoy yo la verdad es que no alcanzo a ver si es que tira o no el celular. Además también tengo que estar vigilando las bolsas de abajo, las de la playa. Si cambio la bolsa y digamos que pasó solo una mamá con chicos ni me caliento. Ahora, si en cambio fueron tres o cuatro, ahí sí. A esa bolsa la separo del resto. La dejo a un costado. No la ató muy fuerte. Le hago un nudo flojito, y la dejo boca abajo, o sea, con el nudo para el piso ¿Me seguís?

—Perfectamente –contesté interesado.

—Después, voy cada tanto y si no hay nadie mirando, agarro la bolsa y la sacudo un poco, así, para todos lados –dijo Rubencito ilustrándose a si mismo con movimientos breves y vigorosos. Eso mismo lo repito seis o siete veces por día- concluyó agitado mientras dejaba la bolsa imaginaria en el suelo.

—Entonces… a ver… dejame ver si te entendí bien.  –retomé– primero retirás la bolsa en la que te parece que puede haber algo. La cerrás pero flojita. La apartás y la dejás boca abajo. Y después, cada tanto, vas y la sacudís. ¿Correcto?

—Claro. Los celulares son cada vez más finitos, pero siguen siendo pesados. Son bastante más pesados que el resto de los desperdicios. Con las sacudidas caen al fondo de la bolsa, que en realidad no es el fondo porque como ya te dije la bolsa ahora está al revés.

—O sea que lo único que te queda, antes de deshacerte definitivamente de la basura es volver a abrirla y ahí te hacés con el botín –exclamé iluminado.

—École -respondió él satisfecho.

—¿Y siempre hay alguno?

—Y no. A veces no. Muchas veces no encontrás nada, pero otras veces he encontrado hasta tres. Si, tres. Eso fue lo máximo que encontré en un día –reflexionó Rubencito pausadamente mientras miraba hacia el mar.

Me quedé mirándolo en silencio. El hombre había terminado su historia. Me había mostrado su tesoro, lo que sabía, lo que había descubierto. Estaba satisfecho, podía verlo por como había cambiado su expresión durante la explicación. Ahora sus ojos celestes brillaban un poco más. Eran diminutos y casi se perdían entre los profundos surcos de sus párpados.

—Che Rubencito decime una cosa ¿Vos sabés bien quien soy yo? Vos sabés por que estoy acá ¿Verdad? Y por qué hace unos días que me estoy reuniendo con todos ¿No? ¿Recordás que me entrevisté con vos allá adentro? –le pregunté señalando con la mirada al comedor.

—Si Claro. Algo nos dijo el encargado. Sos de la capital, de una consultora, o algo así. –respondió mientras buscaba cigarrillos. Ya no le quedaban más.

—Así es –le respondí pausadamente– básicamente vengo a poner un poco de orden antes de que empiece la temporada. Hice una pausa y volví a mirarlo a los ojos. Ni se inmutó. El viento volvió a soplar del lado de la cocina y otra oleada de olor a bichos de mar me revolvió el estomago.

—Decime –proseguí– sabiendo eso… ¿Por qué me contaste toda esta historia tuya de los celulares. Ese asunto es delicado Rubencito…

—¿Y qué querés que haga? –me interrumpió abriendo los ojos desmesuradamente. Luego volvió las palmas al cielo plomizo. —¡Ya te dije que yo no tengo celular papá! ¡Nunca tuve! ¿Con qué te crees que he llamado a los tipos que dejan el número en la puerta de los baños?  De alguna manera me tenía que sacar la duda ¿No? –dijo y se quedó mirándome fijo por un instante. Una vez más el viento barrió el deck de lado a lado dejando tras de si una finísima capa de arena que lo cubrió todo.

De repente comenzó a reírse a carcajadas. Le tomó un momento recomponerse. Volvió a mirarme, ahora su expresión ya no era tan severa. Aquellas risotadas le habían llenado los ojos de lágrimas.

—Imaginátelo como un experimento Marcelito. Como esos que hacés vos. ¿O lo que hacés vos no son experimentos? Vos venís una vez al año. ¿Qué podés saber de nosotros en una semana? –preguntó mientras se acercaba un poco. Ahora continuó hablándome en voz baja, casi al oído. —Vos lo sabés mejor que yo. Todo es cuestión de saber preguntar. De todos modos está todo bien papá. Vos me preguntás cómo es la historia esta de los celulares porque vos vivís de eso… ¿o no? Vos vivís de los defectos, de las fallas del sistema. Bueno amigo, yo te respondo de la misma manera porque yo también vivo de eso.

Luego volvió la vista al mar. El viento había cesado un poco y el agua era  una raya pálida que se cortaba contra el cielo moribundo. En la playa ya no quedaba nadie. Cayeron cuatro gotas frías como clavos. Los muchachos seguían puteando a la rompiente.

Me levanté aún medio mareado. Me despedí de Rubencito con un abrazo. Le dejé mi atado de puchos. Solamente fumo mientras trabajo, y aquí… aquí ya no quedaba más que hacer. Rubencito volvió a despedirse y me recomendó que si volvía por allí no deje de pasar a verlo. Luego bajó por la escalerita que daba al mar y se perdió de vista.

Salí tiritando del lugar. El senderito de madera que me conducía a la calle ahora se veía iluminado por la luz tenue de una fila de lamparitas clavadas en la arena. A un costado vi a la familia de la playa. Intentaban tomarse una fotografía en uno de esos cartelones en los que uno mete la cabeza por un agujero. Mamá ahora era una sirena y el pequeño un marinero. Al perro no se lo veía por ningún lado. Perro de playa, pensé yo.

Llegué a la calle y me detuve un instante. Trataba de planear un poco mis movimientos. Volví a recordar al arquitecto aquel de aquella fiesta. En definitiva no estaba tan equivocado. Fotocopia de fotocopia… pensé.  Finalmente… todos sabemos algo.

 

 


Mal Genio

Ayer fui a capital en tren. Hacía años que no me subía al Roca. Luego de un viaje bastante anestésico bajé en Constitución. Apenas toqué el andén la masa de gente que dejaba la formación me arrastró hacia la calle. Afuera el sol caía a plomo y el asfalto transpiraba viboritas de aire caliente. En la esquina de la estación la muchedumbre se amontonó ansiosa esperando su turno para poder cruzar la avenida. Abajo, los pies semiderretidos temblaban al paso del subte, arriba, el humo de los taxis y los micros lo velaba todo. Agobiado por el calor y la opresión bajé la vista al suelo. Fue entonces que a un costado vi algo que me llamó la atención. Un objeto amarillo allí al borde de la alcantarilla. No sé que era, pero contrastaba inmóvil sobre la enorme reja metálica. Con dificultad me moví de costado entre la gente. Recién cuando le estuve encima supe de que se trataba. Era una vieja lata de lubricante. Me la quedé mirando mientras hacía equilibrio casi en puntas de pie sobre el cordón de la vereda. Con esa perspectiva, esa altura y un abismo podrían ser prácticamente lo mismo. Los micros me pasaban casi al borde de la nariz y el calor no dejaba mucho espacio más que para la mera supervivencia. Un instante más tarde volví a sentir en la espalda  la presión del apuro ajeno; el semáforo daba verde. Lentamente comencé a avanzar, pero antes, a último momento, pateé la lata arrojándola unos metros más adelante. Ahora vuelvo a preguntarme por qué lo hice. Quizás fue para salvarla de una caída segura hacia las tripas de la ciudad. Quizás simplemente para resistirme un poco a tanto letargo caldoso. La lata rebotó en los tacos de una vieja que al instante se dio vuelta indignada. Me hice el desentendido mientras desviaba la vista al cielo. En la cornisa de un conventillo gris un angelito manco se daba aires de item decorativo flanqueado por yuyos oportunistas y claveles del aire. La vieja puteó al vacío y retomó la marcha totalmente descreída del mundo. Yo seguí caminando como si no hubiera pasado nada. Justo entonces siento que alguien habla a mis espaldas.

— Eh… amigo.

Me di vuelta pero no pude ver a nadie. Luego, unos metros más adelante, volví a escuchar lo mismo. Sabía que se dirigían a mí.

— Eh amigo… acá… en la lata.

Esta vez sí pude verlo claramente unos metros más atrás flotando entre la gente. Muy lentamente avanzaba hacia mí. Esquivaba a los unos y a los otros. No sabía qué ni quién era. Había salido de la lata amarilla; la traía pegada tras de si. Miré hacia ambos lados. La estación seguía sangrando gente como una bestia herida de muerte. Mientras tanto él continuaba moviéndose. No me quitaba los ojos de encima. Se detuvo justo frente a mí con aire desafiante. La muchedumbre nos flanqueaba como una correntada marrón. De todos modos parecía como si solo yo pudiera verlo. Abajo, la lata tintineaba sobre las baldosas cuadriculadas mientras iba y venía entre todos aquellos pies. De un orificio triangular, cerca de la tapa, brotaba él. ¿Un genio? supuse sin fe. Crecía como el humo de un cigarrillo, de menor a mayor.  Se elevaba lívido por encima del cansancio de  toda aquella marea humana. La verdad que no tenía nada que ver con los genios de las películas. Por el contrario, era tan prosaico que me resultaba bastante intimidante. Seguramente era un genio de por acá nomás. Supongo que se dio cuenta que lo estaba mirando de arriba a abajo. Me apuró:

— Eh gato… ¿Qué mirás así…? ¿Qué querés?… salí de una lata de lubricante… ¿Qué te esperabas? ¿A Lawrence de Arabia?

No supe que decirle. La verdad me asusté un poco. Lo debe haber notado pues cambió la actitud instantáneamente e intentó tranquilizarme.

— Amigo… está todo liso… no te asustes… cambiá la cara papá… A veces me pongo un poco loco, sabés. Igual tranquilo, que no te voy a hacer nada. Dale, rescatate… parece que hubieras visto un fantasma… ¿Cómo se nota que vos no vivís en una lata de aceite multigrado fabricado por una multinacional vampira y chupasangre? Te parecerá muy cheto esto de ser un genio pero la verdad es que es tremendo vivir así ¡Esto si que es peor que un monoambiente contrafrente en los monoblock del costado de la autopista! Igual loco me caés bien… ¿Sabés lo que hacía que no me pateaban la lata? ¿Sabés lo que es toda una temporada ahí guardado? Hace una eternidad que estoy a la sombra. Pero bueno, todo eso ya es historia antigua. He venido solo a satisfacerte. Pedí un deseo loco… dale… pedí un deseo que te lo cumplo rainau… jejeje… viste… a mi no me habrán dibujado en Disney, pero si me pinta, te hablo en  inglés salamín… dale loco… no me hagas poner de la cabeza y pedime un deseo… dale.

— ¿Pero cómo? ¿No son tres? –le pregunté como para ganar un poco de tiempo. Me sentía sencillamente apabullado.

— ¿Lo qué son tres? -repreguntó el aparecido ya un poco fastidiado.

— Los deseos… son tres los deseos. Cuando frotas la lámpara y aparece el genio te concede tres deseos –afirmé.

—Pero vos sos más boludo que un camión cargado de toros. ¡Vos sos de los que les dan la mano y te agarran el codo! Así que querés que te cumpla tres deseos… sos zarpado de atrevido loco… hoy por hoy ni tu hada madrina en tanga te cumple tres deseos cabeza de tacho. Eso era antes. ¿Tenés idea las cosas que pide la gente hoy día? ¿Por qué te crees que los reyes magos no existen más? En realidad lo que es existir… existen… pero ya no pueden laburar más. Se pusieron viejos y no se supieron adaptar a los vaivenes del mercado moderno. Después de laburar más de dos mil años se los morfó la globalización. Ojo que la culpa también la tienen los tipos como vos. ¡ja! ¿Te acordás del uno a uno? ¿Y del famoso deme dos? ¡Después de todo eso vos me venís a pedir tres! ¡¿En qué cabeza cabe?! Y para colmo cada vez menos genios quedamos. Y ni si te ocurra nombrarme al gordito ese en el que estás pensando. Ese si que no existió nunca. A ese lo inventó otra multinacional pero para  venderle gaseosas a la gente. Todo bien igual… no me quiero ir por las ramas. Te lo vuelvo a repetir, vos  me pateaste la lata y acá estoy yo para cumplirte lo que me pidas. Me liberaste y ahora tengo una deuda de honor para con tu persona así que si sos tan amable predisponte a desear algo que te lo cumplo ipso facto. Eso si, metele antes que pierda la paciencia. Pensá bien loco… pensate un deseo bien piola que te lo cumplo ya.

— Esteeee… no sé… que sé yo… si me apurás así no sé que pedirte – Le contesté indeciso.

—¡Uh gordito! Cómo se nota que a vos te va bastante bien… dejate de viri viri y pedí algo la puta madre. Mirá que estoy perdiendo la paciencia –me amenazó mientras súbitamente se elevó sobre mí  con las manos en la cintura. Me quedé mirándolo con la cabeza totalmente inclinada hacia atrás.

— Este… bueno… ya sé… ya sé que es lo que te voy a pedir. Quiero tener una idea interesante para escribir un cuento esta misma noche cuando llegue a mi casa –le dije iluminadísimo.

—No ves que es cómo yo digo. Sos un pelotudo importante querido. No entendés nada de la vida… –resopló a la vez que juntaba las manos y miraba al cielo meneando la cabeza. Luegó bajo otra vez y me miró a los ojos. Se acercó aún más. Continuó hablándome al oído –Pleno siglo 21, pateas una lata de aceite en Plaza Constitución,  se te aparece un genio, se han detenido las horas, ha obrado un milagro moderno, sos el ungido, el elegido, el único, sos… sos… sos el objeto de mi furtiva predilección y a vos lo único que se te ocurre pedir, lo único que querés, lo único que te sale decir es que deseas una buena idea para escribir un cuento. Se ve que sos un tipo bastante ocupado vos… creo que no sos más pelotudo porque no te alcanza el tiempo –concluyó. Dicho esto, y así como había aparecido, el genio de la lata de aceite simplemente se desvaneció ante mi vista. Yo entre tanto seguía ahí sin entender demasiado la situación. Me quedé un momento más parado en medio de la vereda recibiendo de tanto en tanto algún empujón porteño. La lata seguía ahi a un costado, inmóvil. Me agache y la levante del suelo. Era una lata común y corriente. La examine con cuidado y finalmente la sacudí un poco. Nada. Lentamente comencé a caminar de nuevo y unos metros más adelante la arrojé a un tacho verde.

Me quedé pensando en lo que había pasado. Al fin de cuentas este tipo tenía toda la razón del mundo. No hace falta ser un genio para darse cuenta que soy bastante pelotudo. Mirá que andar pidiendo historias por ahí con las cosas que le pasan a uno.


El Sueño del Pibe

Si, ya sé que te lo dije mil veces. El fútbol se juega de a once. ¿Pero qué querés que haga Gladys? Llovió una semana seguida y el medio de la cancha parece una pileta. Si no esperamos a que se seque bien la pelamos toda. Vos sabés que yo no me hallo en cancha chica, no es lo mismo. No te queda otra que pegarle para adelante y al fútbol también se juega para los costados. Con lo que corre la pelota en la alfombra sintética, dos pases al costado y se te terminó la cancha. Vos sabés que a mi no me gusta pero a los muchachos no les puedo decir que no. ¿Además sabés como nos picaba el culo para volver a jugar contra los del frigorífico? ¡Que les voy a decir que no… por algo tengo la de capitán! Además jugábamos a la noche, después de trabajar. ¿Te acordás que vos me dijiste que te ibas a lo de tu vieja? ¿Qué iba a hacer yo en casa sólo? Igual yo sé que vos me entendes Gladys. Yo sé que vos no te vas a enojar conmigo por una cosa así.

Bueno, te la hago corta: llegué temprano, como para entrar en calor viste. Calculale media hora antes. Después si no me pasa la de la otra vez: me rompo y tengo que estar inactivo un tiempo. Yo no puedo estar sin pisar el césped Gladys. Vos me comprendés. Yo sé que vos me comprendés. Salí de casa concentrado. Para mí todos los partidos son un clásico. Como te dije, faltaba un buen rato todavía. Tenía tiempo. Para ir poniéndome en clima, apenas subí al auto, me puse algo de música bien arriba. Busqué el cassette que me grabó el coso ese amigo tuyo, el que trabaja en la radio. ¿Cómo se llama ese tipo? Che… el petiso… ese que para ahí a la vuelta, ahí, cerca del el kiosco de tu tío. Bueno, ese…  me grabó un cassette de Queen. Uno con los mejores temas. Ya me lo sé de memoria de tanto que lo escuché. Cuando llegué a la cancha justo empezaba el tema este… ¿Cómo es?… el de los campeones. Se me pone la piel de gallina Gladys cuando escucho ese tema. Ese o el de Valeria Lynch… ese … bueno, no me sale, soy un animal para cantar, vos lo sabés. No me hagas cantar Gladys. Hacé memoria. Ese, el de la película… la del mundial de México. ¿Te acordás? ¿Cómo no te vas a acordar si la vimos como veinte veces? ¿Te acordás que cada vez que alquilábamos la videocasetera yo la traía? Esa y la de Tristán. Siempre las mismas alquilaba yo. ¡Cómo se calentaba tu viejo cuando le caía con las películas de Tristán! Cuestión que me quedé un rato tranquilo en el auto escuchando la música. Los demás todavía ni habían llegado. Tenía un tiempito como para mí. La concentración es clave Gladys. Ya te lo dije varias veces pero vos no me querés creer, la concentración, para MI,  es CLA VE. Hay que mirar un rato para adentro antes de jugar. Hay que quedarse en blanco Gladys, hay que dejarse ir.

Un rato mas tarde empezó el partido. No te quiero aburrir demasiado con los detalles, pero fue parejísimo. Les hicimos uno de entrada pero nos empataron enseguida. Después les hicimos dos, uno atrás del otro. Nos empatan de nuevo y no va que el pelado Sosa nos hace uno en contra. Lo queríamos matar al pelado. La quiso rechazar y le salió al arco. Lo volvimos a empatar y después de ahí en adelante uno y uno hasta que quedamos siete a siete. Ahí se trabó el partido. Faltando cinco minutos todavía seguíamos igual. De los siete nuestros yo había hecho cuatro. ¿Yo qué te voy a decir? Venía haciendo un partidaso. Para adelante. Bien parado en el medio y siempre con el equipo al hombro. Ordené la cancha. Puse lo que hay que poner, viste. Un par de veces lo tuve que ubicar a uno de esos salames que creen que se las saben todas. Ojo. No te vas a pensar que le pegue de entrada. No, no. Viste que yo soy cañonero. A mi me gusta el gol, pero ojo que te bajo a marcar siempre. Me tiro hasta el medio campo sin ningún problema. A mí no me cuesta nada. A mí no se me van a caer los anillos por bajar un poco a marcar Gladys, eso si que no. Y ahí es donde te das cuenta que clase de gente es un tipo, cuando lo marcás. Ahí lo mirás a los ojos y ves lo que le pasa por adentro.Te juro que te podés pensar que conocés a alguien de toda la vida, pero hasta que no lo marcás ni cerca estás de saber quien es. Y claro, estos pibes como no saben quien sos a veces se pasan de vivos. Al principio los probas, viste. Una vez los dejás. Te la muestran. Como te ven más grande se piensan que no tenés reflejos y te tiran un caño. Yo los mido, viste. La primera vez pasa, la segunda ya te hago sentir un poquito más el rigor de la pierna, y sí, si no entendiste la tercera vez te juro que te quedan marcados los rombos del alambrado en medio de la jeta de como te pongo la pata. Pero así aprenden. Se creen que porque se probaron en las inferiores de algún club ya está, ya llegaron. No señor. Lleva un tiempo esto. Si te gusta el durazno hay que bancarse la pelusa Gladys. Y bueno, como te decía, al final se puso peludo el asunto. Faltando nada para terminar, en medio de una jugada donde me voy sólo y quedo frente al arquero, de nuevo me pasa lo mismo de la otra vez. En el mismo lugar che, en la misma pierna. El mismo tirón. Lo miro a mi representante ahí al costado, al Pachi, ¿Te ubicás? el que se comió la docena y media de empanadas él sólo en el cumpleaños de la Norma. Viste que me quiere llevar a jugar a la liga de Magdalena. Él va a todos los partidos de allá. Él quiere que me cuide, que entrene más. Está con que yo sí o sí tengo que jugar en un equipo de esos. Empanadas de carne eran, me acuerdo… con papa y pasas de uva… las había hecho la tía de la Norma, la Isabel. Y este que se come una docena y media él sólo… nunca más lo llevo a un cumpleaños al gordo. Tiene más hambre que maestro de escuela. Igual te digo, se está poniendo medio pesado ya con eso de la liga. Pero bueno, el tipo sabe ver el fútbol, y mal que me pese le tengo que hacer caso. Cuestión que me hace seña de no va más, así, viste. Yo lo veo cuando todavía estoy en el piso. Me levanto de nuevo y medio rengueando le voy a explicar que estoy bien, me le acerco, pero el Pachi es bicho che, se las sabe todas, al toque se da cuenta que por más que yo quería caminarle derecho pisaba mal. Me dice que se me terminó el partido. No puede ser le digo. Me acerco más y le hablo al oído. Si salgo justo ahora puede pasar cualquier cosa. Además no había suplente. Cuestión que no le gusta nada la situación pero el tipo sabe el amor que le tengo yo a la camiseta. A la final me deja seguir pero con una condición: que me vaya al arco. Me cagó. No quedaba nada de tiempo. Me cortaste las patas le digo. Y ahí me guiña un ojo y me cuenta que había hecho un arreglo para probarme la semana que viene. Que era una sorpresa. Que no me había querido decir nada porque recién se enteraba. Y la verdad que tenía razón en lo que decía, me tenía que empezar a cuidar un poco. Al fin y al cabo el pobre infeliz ya se había hecho tres viajes en lo que iba del mes y no me había pedido ni siquiera un peso para el gas.  Y vos viste como está esa ruta. Un desastre de los pozos que tiene. Cuestión que me voy al arco como para que se quede tranquilo. Se había puesto un poco nervioso. ¡A ver si todavía le daba un bobaso!

Bueno, resulta que sigue el partido. Estaban jugando cada vez más fuerte, la verdad: se estaban cagando a patadas. Aunque nosotros tampoco corríamos como cuando empezamos, de a poco los fuimos metiendo cada vez más en el arco de ellos. Se conoce que ya no podían más. Son pibes, todos jovencitos, pero se cansan viste… como cualquier cristiano. Cuestión que empezaron a ir para atrás. Perdieron la pelota en la mitad y como mucho probaban de contragolpe, eso si, después casi que no bajaba ninguno a marcar . En una de esas el colorado lo ve al Sarna que se va sólo por la punta y se la tira en profundidad. Sosita y el otro que nunca se como se llama lo acompañaban por el medio, venían solos, sin marcas. Tendrías que haber visto al arquero: a los manotazos como ciego nuevo. Parecía que estaba dirigiendo el tránsito. Y es claro, era él contra tres y los compañeros suyos que parecían que andaban a gas. Ninguno atinaba a nada. Igual el Sarna se manda un cagadón. Se la comió el bestia. Le sobraba espacio para jugar al medio y que cualquiera de los otros dos la empuje adentro. El José tambien venía entrando sólo por la otra punta. Cuatro eran eran ahora, cuatro contándolo al Sarna. Pero no, el animal le pega al arco con todo lo que tiene. No te podes imaginar el bombazo que le tiró ¿Qué te digo un bombazo? un misil le tira el hijo de mil puta, pero con tanta mala leche que la clava en el travesaño y la pelota rebota y le queda servida en la mitad de la cancha al punta de ellos. Ahí pareció que se despertaron  che. Se me vinieron encima como chancho al maíz. El Sanagoria y el Carmen ya se habían quedado sin piernas y no reaccionaron entonces estos les comieron la espalda. Se terminaba el partido, calculo que no quedaría ni un minuto. Siete a siete íbamos. Lo miro al que la traía, un urso. Un negro de los de allá atrás, del barrio Monasterio. Si me lo hacía nos volvían a ganar, y esta vez en nuestra propia cancha. Calculo que calzaría el 47 el tipo ese. Tenía semejante pedazo de pata que se mandaba a hacer los botines a una fábrica de ropa militar en Bernal . Yo igual tranquilo. Algo del arco entiendo. Lo miro fijo al negro. Venía fuertisimo pero se ve que también estaba bastante cansado. Este era de los que más habían corrido. Pura fibra el tipo, pero no juegan a nada con la pelota en el pie. Lo sigo mirando. Veo que vacila y mira a los costados. Los compañeros lo pasaron por las puntas y se la empezaron a pedir a los gritos. Me daba la sensación que a esta altura el tipo no sabía que hacer. Yo ahí me empiezo a adelantar. Lo sigo mirando fijo. Lo perforo con la mirada. 47 calzaba el negro che… 47. Te juro que por un momento pensé que la perdía. Hizo dos o tres pasos cortitos y la pelota casi le queda atrás. Entonces che la adelanta un metro, agacha la cabeza y me encara al medio. Ahí aprovecho y achico los espacios lo más que puedo. Los otros dos estaban desesperados. Le gritaban. Estaban más solos que el uno. Se la pedían. Sacudían los brazos. Pero el negro nada,  ya estaba ciego y sordo. En ese momento el tipo es como un doberman a las doce de la noche. No reconoce a nadie. Se le borra de la mente la cancha, los compañeros, la pelota, todo se le borra Gladys. La situación es simple: él y yo entramos a un túnel, él por una punta y yo por la otra, va a salir uno sólo. Yo sé que esto va a terminar mal. Va a haber fricción. Vamos a hacer ruido. Si vos vieras el tranco que tenía el tipo ese. Levantaba las rodillas hasta por acá cuando corría. Pero ya está, no queda otra, no lo pienso más: le hago la de Cristo. Me le planté ahí… de rodillas casi… lo esperé. Una estaca yo. El centro de gravedad bien pegado al pasto plástico. Los brazos abiertos de par en par, a la altura del hombro. Por eso le dicen la de Cristo Gladys. Un Cristo arrodillado Gladys, eso es lo que yo era en ese instante. La cabeza apenas tirada para atras, los ojos como el dos de oro. Te juro que no me moví para ningún lado, nunca. Ni pestañeé. Le dejé toda la responsabilidad a él. Así funciona. Y se sabe que cualquier tipo de esos, aunque calce 47 no puede hacer nada con un Cristo de rodillas adelante mirándolo a los ojos. Cuestión que se abatató Gladys y claro, como venía embaladísimo y no podía frenar casi me pasa por arriba. Igual a mi lo único que me importaba era la pelota. De repente la siento ahí, entre las rodillas. Entonces si le junte un poco los muslos, la dejé caminar por encima de las piernas y cuando la sentí en el pecho la abrace. Después, así como estaba, de rodillas, me hice un ovillo y me tapé la cabeza con las manos. La peloa era mía y la escondí del mundo Gladys… la dejé a oscuras.

Para esto el negro casi se mata. Venía fuertísimo. Apenas si me salta. El animal me pasa por arriba de la cabeza y cae de trompa. Ahí nomás empezó a los gritos. Quería penal. Yo no le di tiempo a nada. Para cuando quiso cobrar me paré como un resorte y salí disparado con la pelota al pie. La llevaba propiamente lo que se dice atada. A veces el ful o el lateral no es del que le corresponde por ley sino del más pillo, del que la agarra primero. Esas son las cosas que no entiende la gente. Esas son las cosas lindas que tiene el fútbol Gladys. Vos te reís cuando te digo que el fútbol es una ciencia. Cuestión que me fui para adelante como si tuviera un cuete en el culo. Ahí nomás se me planta uno.  Se la tiro de caño. Lo dejo atrás. Viene otro más. Me fue abajo fuerte pero yo la piso. Se come el amague. Pasa de largo como colectivo lleno. Engancho. Lo pierdo. En tres pasos estoy en el área y quedo de frente con el arquero. Veo todo en cámara lenta. Le amago. La piso. Vuelvo a amagar. La vuelvo a pisar. Finalmente se recuesta a un costado y yo apenas la muevo para adelante. Ya está. Me dejó todo el palo derecho descubierto. Recuesto el peso sobre la zurda y la derecha va sola. Ya era gol Gladys. No le entro fuerte, apenas con tocarla alcanza. Entonces en ese preciso momento se me da vuelta todo. Me entraron de atrás Gladys justo cuando le estaba pegando. Me levantaron como sorete en pala ancha. El salame que se comió el caño fue. No lo vi venir. Me operó ese hijo de mil putas Gladys, me operó. Forro, le gritó el Pachi hecho una fiera.  ¡Comprate una sotana! Ahí nomás todos cobraron penal. Me paré al toque. Yo en el piso no me quedo ni a patadas. Si es penal es penal, y si no no, pero yo mariconeando en el piso no me quedo Gladys. Yo soy como el Diego, como el Beto Mársico, como Patricio Hernandez. Los que tenemos el centro de gravedad bajo apenas nos caemos ya nos estamos levantando de nuevo. Y era penal de acá a la China… si me había dejado un surco en las canillas que ni te digo. A la pelota ahora la tenía el  arquero y casi que se la tuve que sacar de prepo. Me la llevé para atrás en los brazos Gladys, como si fuera un animalito. Vos sabés que yo la trato mismamente como a una criatura. Alrededor mio estaban todos a los gritos. El negro patón todavía reclamaba el penal anterior. El Carmen estaba a los empujones con otros dos. Yo tranquilo che, nada más tenía que esperar que se termine el griterío. La canilla me latía que no te das una idea. Me había dejado un surco tremendo el animal ese. De a poco todos se fueron calmando. Apenas hicieron silencio me incliné sin doblar las rodillas y aplomadísimo la puse en la mancha blanca. Luego me tiré para atrás dos pasos y la miré fijo. Es tan hermosa Gladys, tan hermosa. Esperé un segundo, tomé aire y ahora sí, la encaré. Como a una mina la encaré Gladys, como cuando te encaré a vos en el baile, de frente, pero como mirando para otro lado. El arquero elije un palo. Yo elijo el otro. El tiempo se congela Gladys. Le pego fuerte. La veo partir. Voló sobria. El arquero también voló, pero para el otro lado. La miró todo el trayecto como si mirara partir a un tren que se lleva al amor de su vida adentro. Apenas si trató de estirar un poco las piernas pero ya era tardísimo. Un arqueraso de todo modo el muchacho este. En el fútbol los penales son una muerte en cuotas Gladys. Ya no había tiempo para nada. Se le metió junto al palo, a media altura. Embarazó la red. La infló como un fantasma infla la sábana. Todavía estaba enredada entre los hilos cuando sonó la chicharra.

Ocho a siete ganamos. Cinco goles míos contando el de penal. Me parece que todavía estoy sintiendo los aplausos y las palmadas de mis compañeros. Me quisieron levantar pero les dije que no. Eso a mi no me va. Lo mismo que festejar los goles uno arriba del otro. No, de ninguna manera. Eso sí, los saludé a todos. Uno por uno los saludé. A los rivales también, al arquero antes que nada, después busque al de los botines militares. Inclusive, a pedido del Pachi le dediqué un momento a la gente que se había juntado. No eran muchos. Diez o quince. Después cierro un poco los ojos Gladys. Estoy ahí parado en el medio de la cancha. Me concentro en los sonidos, estoy con los ojos cerrados, siento el olor. El olor del fútbol es único Gladys. Yo sé que vos me escapás cuando llego de jugar, pero ese olor no lo sentís en otro lado nunca. ¿Viste cuando al Vasquito Irigoiti se lo llevaron a probarse a España? Dale… no me pongas cara de que no lo conoces al Vasquito. Es ese que trabaja con ese otro que no me acuerdo como se llama… que es vigilante che… el flaco alto. Bueno, lo primero que dijo el Vasquito cuando llegó de vuelta fue que le había llamado la atención que el fútbol allá tiene otro olor. Dijo que era como más limpito. Allá los vestuarios tienen azulejo por todos lado y mucha madera. Dice que en los veinte días que estuvo en España no vio un solo envase de aceite verde. Bueno cuestión que me quedé parado ahí al medio pensando en esas cosas. Respiraba fútbol Gladys. Había un par que le cantaban no sé que cosa al colorado Sanagoria. Lo querían hacer calentar. Yo en silencio los sentía clarito en el eco del galpón. Me quedé con los ojos cerrados hasta que se apagaron las luces. Me recosté en el medio de la cancha. Ahora el Sanagoria los puteaba a ellos. Les tiró un pelotazo. Todos se cagaban de risa. Pobre colo… como se calienta. De fondo se escuchaba a Victor Hugo relatando no se que partido. Ya se había terminado el cassette de Queen, ese que me grabó el Jhonatan… ¡Ahí lo tenés! ¡Jhonatan se llama el coso de la radio, el que me grabó el casete! Bueno, cuestión que abro los ojos de nuevo y ahí estoy. Sólo. En el auto. Jugaban Deportivo Español y Argentinos Juniors. Miro la hora. Las diez y veinte. Me había quedado dormido Gladys. Apagué la radio y me bajé del auto medio atolondrado. Entonces desde lejos los veo a los muchachos salir de la canchita. Uno, dos, tres. Los conté a todos. De los que habían ido no faltaba ninguno. Salió el Lumbriz, salió el José, Sosita, el Cuerno. Hasta el Carmen había ido. Y mirá que cuesta hacerlo ir al Carmen a jugar a la pelota. De pibe lo volvían loco pobre. Carmen es nombre de mujer. Igual él insiste que los padres son paraguayos y que allá en Paraguay Carmen es nombre de tipo. La mujer no lo deja ir a jugar al Carmen, la Alba, lo tiene cagando pobre… es más rápida la Alba esa… si yo te contara… le conozco cada agachada. . Cuestión que la verdad, había faltado yo nomás. ¡Ahí está, ya me acordé! El Gastón es el que trabaja con el Vasquito! Bueno…te sigo contando…El Pachi también estaba ahí. Por como gesticulaba parecía que les daba explicaciones. Después se ve que se calentó porque dio media vuelta  y salió caminando al tranco largo para la otra esquina. Los muchachos se quedaron en la puerta cagandose de risa y comiendo semillitas de girasol. Uno, que no alcancé a distinguir cuál era, le tiraba bolillas de paraíso. El Pachi… otro que se calienta como la puta que lo parió. La verdad que por un momento dudé que hacer. Casi me arrimo, pero finalmente hice lo que es debido. Lo único que se puede hacer en estos casos. Me volví a subir al auto y me vine para casa sin decir nada. Recién me llamaron. O sea, me llamó el Pachi. Quería saber que había pasado. Me preguntó por qué no había ido. Los pibes estaban re calientes. Hasta me reclamó mi parte del alquiler de la cancha, lo había tenido que poner él. Para colmo les habían llenado la canasta de nuevo. Y vos imaginate Gladys. No le pude decir la verdad. ¿Cómo le iba a decir que me había quedado dormido en la Chevy? Justo a él que me vuelve loco con este tema del profesionalismo. Porque no hace falta jugar en River para actuar como un profesional, no señor. Eso me lo enseñó él. Ves: yo le debo mucho al Pachi. Quién te dice que al final se me de y termine jugando en la liga de Magdalena. Bueno, como te decía Gladys, tenía que encontrar algo para decirle. Tenía que haber una versión oficial de todo este asunto. Algo que este coso después les pudiera contar a los muchachos sin poner en tela de juicio mi conducta deportiva. No les podía decir la verdad así como así Gladys y este tipo estaba cada vez más impaciente asíque le dije lo primero que se me vino a la cabeza… capaz que si lo hubiera pensado dos veces… que sé yo… capaz que me salía otra cosa. No me gusta mentir Gladys. Y menos que menos al Pachi que ya es un hombre grande. Yo se que vos me vas a entender mi amor. Vos sabés lo que significa el equipo para mí me vas a perdonar por faltar a la verdad. Yo sé que vos siempre me entendes. Y bueno…a lo hecho pecho Gladys…

No quedaba otra…

Les dije que no fui a jugar porque un rato antes del partido, cuando volví a casa del laburo, te encontré a vos, mi vida, revolcándote con un vecino todo a lo ancho de la cama grande.

 


Zona de Confort

Sin cambio no hay mariposa me dijo el kiosquero… ni tampoco cigarrillos.


Modelito

Los hermanos Esposito hicieron Naranjo en Flor. Con mi hermano una vez hicimos un avioncito.


Proporciones

Estos cuentos y mis buenas intenciones son como un iceberg navegando un mar de fuego: solamente se ve el diez por ciento de lo que no he quemado.